21 febrero 2017

Domingo 26 febrero: Homilías 3

Resultado de imagen de dios o el dinero
Cuando las personas sufren en exceso, suelen quedar mudas. La opresión las deja sin palabras. No son capaces de gritar su protesta o de articular su defensa. Su queja sólo es un gemido. Así es hoy, en el ancho mundo, la voz de millones de niños explotados como esclavos en su trabajo o la voz de millones de mujeres violentadas y humilladas de mil formas en su dignidad. Así es la voz de quienes se consumen en el hambre y la miseria.
No oiremos esa voz en la radio o la televisión. No la reconoceremos en los espacios de publicidad. Nadie les hace entrevistas en los semanarios de moda ni pronuncian discursos en foros internacionales. El gemido de los últimos de la Tierra sólo lo escucha cada uno en el fondo de su conciencia.
No es fácil. Para oír esa voz, lo primero es querer oírla:
prestar atención al sufrimiento y la impotencia de esos seres; ser sensible a la injusticia y el abuso que reinan en el mundo. Es necesario, además, desoír otros mensajes que nos invitan a
seguir pensando sólo en nuestro bienestar, no hacer caso de las voces que nos incitan a vivir encerrados en nuestro pequeño
mundo, indiferentes al dolor y la destrucción de los últimos.
Pero, sobre todo, es necesario arriesgarse. Porque, si se escucha de verdad la voz de los que sufren, ya no se puede vivir de cualquier manera. Se necesita hacer algo; plantearse cómo se puede compartir más y mejor lo que tenemos «los ricos del mundo»; cómo colaborar en proyectos de desarrollo o apoyar campañas en favor de los pueblos pobres de la Tierra.
En el modelo de Iglesia presentado por nuestra diócesis se hace esta afirmación: «La intensidad con que se viven en nuestro pueblo algunos graves problemas, no ha de impedir a nuestra Iglesia desarrollar la solidaridad con los pueblos empobrecidos de la Tierra y la colaboración con las Iglesias que sufren con ellos. No queremos mirar sólo a Europa. El Espíritu de Cristo nos interpela desde los pobres del Tercer Mundo». No son frases hermosas para publicar en un documento, sino el espíritu que nos ha de mover hoy a los cristianos del Primer Mundo.
Nada hay más importante y decisivo en la vida del verdadero discípulo ni en los proyectos de una Iglesia fiel a su Señor. Lo primero es buscar una vida digna y dichosa para todos. Todo lo demás viene después. Nos lo recuerdan una vez más las palabras de Jesús: «Buscad el Reino de Dios y su justicia,. lo demás se os dará por añadidura.»

(G)
Uno de los hechos más característicos de nuestros tiempos es la aparición constante de nuevos productos en el mercado. La competencia fuerza a los fabricantes a inundar la sociedad de artículos siempre nuevos. Ya no interesa elaborar productos que duren. Es más rentable fabricar objetos efímeros para introducir al poco tiempo modelos mejorados.
Este fenómeno aparentemente poco relevante tiene repercusiones notables en nuestro estilo de vida. De hecho, muchos viven convencidos de que han de adquirir a toda costa los «nuevos modelos» y exhibir algo moderno y original si quieren contar en la sociedad y estar al día. Son personas que se dejan influir por una publicidad que estimula el deseo de no desentonar o el ansia de sobresalir.
Pero, obviamente, para poder comprar al ritmo acelerado en que van saliendo los nuevos artículos, es necesario obtener mayores ingresos. Se cae entonces en la trampa de vivir obsesionados por ganar siempre más, descuidando otros aspectos y valores necesarios para una vida sana y feliz.
Por otra parte, se va introduciendo fácilmente la tendencia a equiparar lo nuevo con lo mejor, y, trasladando erróneamente
esta actitud al campo del pensamiento, las costumbres o la religión, se cree que la última novedad es siempre la más valiosa.
Pero hay algo todavía más grave. Casi sin advertirlo, se va imponiendo la costumbre de tirar los objetos tan pronto como han cumplido su función y, a menudo, cuando todavía son utilizables. Vivimos envueltos en una cultura del «tírese después de usado». Todo tiende a ser efímero y transitorio. Una vez de usarlo, hay que buscar el nuevo producto que lo sustituya.
Esta cultura puede estar configurando también nuestra manera de vivir las relaciones interpersonales. De alguna manera, «se usa» a las personas y fácilmente se las desecha cuando ya no interesan. Amistades que se hacen y deshacen rápidamente según la utilidad. Amores que duran lo que dura el interés y la atracción física. Esposas y esposos abandonados para ser sustituidos por una relación amorosa más excitante.
La advertencia de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero», nos pone en guardia frente a los efectos deshumanizadores de una sociedad, en gran parte, consumista y frívola que puede reducir incluso la amistad y el amor a relaciones de intercambio interesado. Quien sirve exclusivamente a sus intereses materiales terminará por no conocer el amor.