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15 febrero 2017

Domingo 19 febrero: Homilías 2


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1.- HEMOS DE LUCHAR POR SER PERFECTOS COMO NUESTRO PADRE

Por Antonio García-Moreno

1.- SED SANTOS, PERFECTOS.- Dios es el Santo. Nadie como Él es justo y bueno, distinto y singular, trascendente y diverso. Por eso los que ha elegido para formar parte de su Pueblo, los que creen el Él, han de ser santos, perfectos, hombres consagrados para servirle.

De hecho, al ser bautizado el creyente es consagrado, santificado. Todo su ser queda, en cierto modo, separado del uso meramente profano, su persona queda consagrada a Dios. De tal forma que cuanto el bautizado haga, si permanece unido al Señor por la gracia, viene a ser algo grato al Señor, algo también santo. El estar consagrado implica dedicación a Dios, y por eso mismo supone también perfección.

En efecto, cuanto se consagraba a Dios había de ser intachable, sin el menor menoscabo. Por eso la consagración supone santidad, e implica también perfección y rectitud en el orden moral. El creyente, mediante el Bautismo, es un ser sagrado, queda constituido en hijo de Dios, y como tal ha de comportarse.


Lo dirá expresamente Jesús: "Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto". El lugar paralelo de san Lucas formula de otra forma lo mismo al decir: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso". Es una aclaración muy provechosa, ya que es en la misericordia donde está el aspecto divino que podemos imitar. Hay que extirpar como mala hierba cualquier tendencia que nos incline al rencor o al odio. Más aún hay que fomentar el deseo de ayudar al prójimo en cuanto podamos, no sólo en el plano moral sino también en el material. Hay que aprender a ponerse en el lugar del prójimo, de ese que está junto a nosotros. Hay que amar al otro como a uno mismo.

En otra ocasión Jesús nos dará una medida aun mayor para la práctica de la misericordia, para vivir el amor. Como yo os he amado, nos dice, así habéis de amaros los unos a los otros. Por tanto, la medida de amor que tiene el Corazón divino de Jesús, esa ha de ser nuestra propia medida. Sólo así llegaremos a esa perfección y santidad que el Señor nos exige.

2.- OJO POR OJO, DIENTE POR DIENTE.- Este pasaje corresponde a una de las antítesis que Jesús pronuncia en el Sermón de la Montaña. Aunque es cierto que la Ley sigue en vigor, hay sin embargo un modo nuevo de vivirla, una exigencia de mayor interiorización y autenticidad en su cumplimiento. Así dirá que el mandamiento de no matar implica también un respeto hacia el hermano, hasta el punto que quien se enfade contra su prójimo, o le insulte, es reo de juicio o del fuego de la Gehena.

En el caso de la ley del Talión, Cristo abre unas perspectivas nuevas. Es cierto que el ojo por ojo y diente por diente en la ley del Talión era un modo de atemperar la venganza personal o la represalia. Se intentaba, en efecto, que quien se tomara la justicia por su mano no se excediera, llevado por su indignación ante el daño sufrido, y causara un mal desproporcionado.

Sin embargo, Cristo considera que hay que desechar todo deseo de venganza o de justa compensación por el daño sufrido. Según la doctrina evangélica, no hay que enfrentarse a quien nos perjudica, no hay que devolver mal por mal. Aunque eso sea lo normal, e incluso podemos decir que lo natural.

Jesucristo, por el contrario, desea que actuemos, no como hijos de los hombres, sino como hijos de Dios. Es decir, quiere que nos parezcamos más a nuestro Padre Dios. Y si Él no distingue entre buenos y malos a la hora de mandar la lluvia o de hacer salir el sol, tampoco quienes somos sus hijos podemos dejarnos llevar de criterios meramente humanos. Hemos de luchar por ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto, o, como dice el paralelo de Lucas, hemos de ser misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordioso.

2.- TODOS ESTAMOS LLAMADOS A LA PERFECCIÓN

Por Gabriel González del Estal

1.- Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Si nos fijamos bien en el contexto en el que Jesús dice esta frase nos daremos cuenta de que la perfección de la que aquí habla Jesús es la perfección en el amor. El amor perfecto es amar a todos, porque Dios, nuestro padre celestial ama a todos y “hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”. Sí, Jesús nos manda amar a todos, incluidos los enemigos, y a poner la mejilla izquierda cuando nos abofetean en la derecha. En esto, nos dice Jesús, consiste la perfección del amor, perfección a la que estamos llamados todos los discípulos de Jesús. ¿Es realmente posible esta perfección que Jesús nos pide? Sí, entendiendo bien lo que significa la palabra <amor>. No se trata de un amor afectivo y sensible, sino de un amor religioso, que consiste, resumiendo mucho, en querer hacer siempre el bien a los que nos ofenden y ultrajan. Es una verdad evidente y comprobable que una madre no siempre puede amar afectivamente a quien ha matado injusta y violentamente a su hijo. No le puede amar afectivamente, pero sí le puede amar religiosamente, es decir, puede desear de corazón el bien a su enemigo, y rezar por él para que se convierta y viva. Dios quiere que todas las personas se salven, que los pecadores se conviertan y vivan. Esto es lo que nosotros debemos querer para todos, incluidos nuestros enemigos, y esta es la perfección a la que Jesús nos llama. Una persona es moralmente perfecta, acabada y madura, cuando ha alcanzado la perfección a la que está llamada, la suya, de acuerdo con las posibilidades de su naturaleza. Nunca podremos alcanzar la perfección de Dios, porque la medida de Dios es infinita y nosotros somos finitos, pero siempre podremos alcanzar, con la gracia de Dios, nuestra propia perfección. A esta perfección, a la nuestra, es a la que debemos aspirar.

2.- Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo… No odiarás de corazón a tu hermano… No te vengarás, ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. También en este libro, el Levítico, la santidad tiene una relación directa con el amor al prójimo. En el tiempo en que se escribió este libro, unos 1400 años antes de Cristo, ya regía la Ley del talión, una ley que prohibía la venganza desproporcionada, sólo podíamos castigar al que nos ofendía en la misma proporción y medida en la que habíamos sido ofendidos, nunca más. Y, además, en este tiempo la palabra prójimo se refería literalmente a la persona cercana, próxima a nosotros, esto es, a nuestros parientes y personas de nuestra misma etnia o religión. Amar al prójimo como a nosotros mismos era amar a los nuestros como a nosotros mismos. En eso consistía fundamentalmente la santidad humana. Jesús de Nazaret, como hemos visto en el evangelio de hoy, amplió el concepto de amor al prójimo, y, consecuentemente, el concepto de santidad, extendiendo este amor hasta los mismos enemigos. Para los discípulos de Jesús este texto del Levítico se queda corto y estrecho: no es que Jesús haya anulado la ley del talión, es que la ha ampliado y mejorado, como se puede ver con toda claridad en la parábola del Samaritano. El Dios de Jesús es siempre, como nos dice hoy el salmo 102, compasivo y misericordioso, no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas.

3.- ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Cuando san Pablo habla aquí del templo de Dios a la comunidad de Corinto se refiere directamente a la misma comunidad cristiana de Corinto, a la asamblea reunida en el nombre de Jesús. No cualquier persona, o cualquier grupo, es templo de Dios, sino sólo aquellos en los que el Espíritu de Dios habita en ellos. El Espíritu de Dios es el Espíritu de Jesús, del Jesús crucificado, muerto y resucitado. Es “la sabiduría de la cruz”, frente a la cual la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Según la sabiduría de este mundo Pablo, Apolo, Cefas, eran distintos, pero según la sabiduría de Dios, la sabiduría de la cruz, los tres debían ser lo mismo, porque los tres hablaban no según su propia sabiduría, sino según la sabiduría de la cruz de Cristo. Que nuestra sabiduría y nuestro amor sean sabiduría de la cruz y así habitará en cada uno de nosotros y en nuestra propia comunidad cristiana el Espíritu de Dios. A esta perfección es a la que estamos llamados cada uno de nosotros.

3.- AMAR HASTA EL EXTREMO

Por José María Martín OSA

1.- ¿Amar al que nos odia? En las civilizaciones mesopotámicas se estableció la Ley del Talión para evitar venganzas desmedidas. La venganza sería proporcional al daño recibido. La prohibición del odio es un primer paso para el mandamiento del amor. Un segundo paso es la preocupación por los más cercanos, que excluye la indiferencia y se manifiesta en la corrección. A veces uno está obligado a corregir a los otros por su ministerio público, como es el caso de los profetas, otras por su status en la familia o en la tribu. Con la prohibición de la venganza se mitiga la "ley del talión", por lo menos dentro del ámbito del propio pueblo y de los parientes. Amor y perdón, dos palabras claves en el mensaje de las lecturas de este domingo. Fáciles de pronunciar, pero difíciles de practicar. Amar a los que nos aman puede ser interesado. El mérito está en amar a aquél que no nos puede devolver el amor, e incluso a aquél que nos odia. El Levítico advierte al pueblo para que deje a un lado el odio, el rencor y la venganza. Llega incluso a decir que cada uno debe “amar al prójimo como a uno mismo”. Jesús no sólo habla de amor al prójimo, también de amor al enemigo. ¿Cómo voy a amar a quien me hace daño? ¿Pide Jesús algo imposible de practicar?

2.- Jesús perdonó en la cruz. ¿Por qué perdonar a nuestros enemigos? Porque Dios es el primero que nos perdona a nosotros, porque, como proclamamos en el salmo, “el Señor es compasivo y misericordioso”. Él no nos trata como merecen nuestros pecados y derrama raudales de misericordia con nosotros. A mi recuerdo viene aquella anécdota en la que un niño, intrigado por las palabras de su catequista que le decía que Dios con su providencia infinita está siempre despierto velando por nosotros, le preguntó a Dios si no se aburría teniendo que estar todo el tiempo despierto. Dios le contestó al niño con estas palabras: “no me aburro, me paso el día perdonando”. Contrasta la “ternura” de Dios con aquella imagen de Dios “eternamente enojado”, que me parece muy poco acorde con el Evangelio. ¿Cómo puedo llegar a amar a un enemigo? Miremos a Jesús en la cruz. Dijo "Perdónalos porque no saben lo que hacen". Estas palabras sólo se pueden pronunciar cuando se ve algo distinto de un populacho excitado sádicamente. Sólo lo puede decir cuando en todos los que rodean su cruz ve hijos pródigos y equivocados. El amor al prójimo no reside en un acto de la voluntad, con el que intento reprimir todos mis sentimientos de odio, sino que se basa en una gracia: en que se me dan unos nuevos ojos para ver al prójimo.

3.- Amor gratuito. Es la mirada de amor la que puede transformar el corazón de piedra del agresor. No cabe duda de que la violencia engendra violencia y esta rueda sólo se puede parar con la fuerza del amor. Hay un lado “provocador” en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: poned la otra mejilla, rezad por los que os persiguen, amad al enemigo, no juzguéis y no seréis juzgados. El amor puede hacer que el enemigo deje de ser enemigo y se convierta en un hermano, que reconozca su mal y trate de repararlo, que cambie de forma de pensar y de actuar. Es el amor: a diferencia de la justicia, y más allá de la justicia, el amor es por esencia gratuito y no responde a ningún derecho. No consiste, pues, en un intercambio: esto por aquello. Pues el amor sólo puede revelarse sin equívocos cuando es amor al enemigo, ya que nada cabe esperar del enemigo. Esto no quiere decir, claro está, que el amor consiste sólo en amar a los enemigos; pero sí quiere decir que el verdadero amor se manifiesta en el caso extremo de amar a los enemigos.

4.- Perdonar como Dios nos perdona. El amor al enemigo es un amor que acaba con el enemigo, pero no con el hombre. Es la única fuerza que puede batirse cuerpo a cuerpo con el odio. Frente al enemigo se pueden adoptar varias actitudes: suponer que no es enemigo, imaginar que aquí no ha pasado nada y no tomarlo en cuenta, en cuyo cosa todo seguirá igual; o enfrentarse al enemigo y responder a su agresión con las mismas armas, oponiendo odio al odio, en cuyo caso siempre vencerá el odio y caeremos en la espiral de la violencia; o, finalmente, y ésta es la actitud que nos pide Jesús, amar al enemigo y hacer bien a los que nos odian, conscientes de que el mejor bien que podemos hacer al enemigo es despojarlo de sus armas para ganarlo como hombre. Al rezar hoy el Padrenuestro no seamos hipócritas. Seamos sinceros al decir “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos como lo es Dios con nosotros. Sólo así nos daremos cuenta de que lo que parece imposible es posible.

4.- CON DIOS, ES POSIBLE

Por Javier Leoz

No resulta fácil, por propia voluntad, el amor a los enemigos por parte del ser humano. ¿Responder al odio con amor? ¿A la violencia con la mansedumbre? ¿A la afrenta con la humildad? ¿Cómo llegar a ese grado de exquisitez cristiana? ¿Cómo regalar bien ante el mal? Ni más ni menos que, colocando en el centro de nuestra existencia, a Dios mismo. Él es la fuente de la bondad y, cuando Dios configura totalmente el vivir cotidiano de una persona, esa misma persona, es capaz de llegar al grado de perfección o a esa utopía que nos puede parecer el evangelio de este día. El Papa Francisco, a raíz de algunas debilidades que existen dentro de la Iglesia, afirmaba categóricamente: “Sólo se pueden entender por hacer una vida lejos de la Palabra y lejos de Jesucristo. Eso es causa de muchos males”.

1. La característica esencial de Dios es la bondad misma, el amor mismo. Y, Dios, no puede hacer otra cosa que eso: amar. Podrán muchos de sus hijos olvidarle, ultrajar su nombre y dudar de su existencia. Dios, por el contrario, responderá una y otra vez con lo que tiene y ofrece espontáneamente: amor

Dios siempre está dispuesto a perdonar. Esa es la diferencia entre EL y nosotros; por inercia y sin esfuerzo alguno, perdona, olvida y entrega amor. Nosotros, desde nuestra humanidad, dosificamos el perdón, nos cuesta olvidar y el amor lo damos también con cuentagotas. Por ello mismo, el final del evangelio de este evangelio, nos retrata: vivir con Dios significa aspirar a su perfección; ver las cosas como Dios mismo las ve y reaccionar, incluso en situaciones ilógicas y contradictorias, desde el testimonio de la fe. ¿Imposible? Con Dios desde luego que no.

2. Se suele decir que, las imitaciones, son siempre malas. Pero, la vida de un cristiano, debe ser un eco las actitudes, pensamientos, obras y deseos de Cristo. Por lo tanto, abrirnos sin desmayo y sin miedo, mirar hacia el cielo cuando se nos hace sufrir en la tierra, meditar la gran lección que Jesús nos da en la cruz (su amor universal) pueden ser perfectamente unos claros síntomas de que queremos vivir según El y que, entre otras cosas, deseamos ansiar (llevándola a la práctica) la perfección cristiana: en el encuentro con numerosos prójimos, manifestarles (y hasta asombrarles e impresionarles) por la viveza y sinceridad de nuestro amor.

3. Cinco enemigos se levantan en contra de esta aventura del amor a los enemigos y del deseo de agradar a Dios siendo, allá donde estamos, imagen de su amor: el egocentrismo ( mirarnos a nosotros mismos); el egoísmo (querernos demasiado); individualismo (vivir como si todo dependiese de nosotros); el racionalismo (pensar en lo que perdemos o ganamos, cuando prima el pensamiento antes que la fe o la religión) y la ausencia de Dios (cuando en el centro instalamos exclusivamente nuestro propio bienestar y dejamos a un lado al Señor). Frente a estos enemigos tendremos muchas armas para hacerles frente: la oración, la solidaridad, la fe, la comunidad y las promesas de Jesús que, por la fuerza del Espíritu, nos asiste hasta el día en el que vuelva definitivamente. ¿Cómo nos encontrará? ¿Luchando contra los enemigos de la vida cristiana o sometidos a ellos? ¿Amando a “los nuestros” o brindando nuestra amistad a los que piensan de distinta manera a nosotros? ¿Con las puertas abiertas a la fraternidad o con los balcones cerrados a lo que ya tenemos conquistado? Ojala que, el Señor, nos ayude a hacer de nuestra vida una ofrenda y un amor que no sea excluyente. Lo tenemos difícil pero, con El en medio, puede ser posible.

4.- ¿CÓMO ME PIDES TANTO, SEÑOR?

¿Sonreír al que deteriora e  invade mi vida,

perdonar a quien me afrenta

ayudar a quien me arruina

y asistir a quien me olvidó  un mal día?

¿CÓMO  ME PIDES TANTO, SEÑOR?

¿Amar al que tal vez nunca  me amó,

abrazar al que, ayer, me  rechazó,

llorar con el que, tal vez,

nunca yo encontré consuelo  en la aflicción?

¡Cómo, Señor! ¡Dime cómo!

Cuando ya es difícil amar al  que nos ama

Caminar con el que queremos

entregarnos al que conocemos

o alegrarnos con el que nos  aplaude

¡Cómo, Señor! ¡Dinos cómo  hacerlo!

Cuando nos cuesta rezar por  los nuestros

o prestar nuestra mejilla

a quien ya nos da un beso

Cuando es duro el ser  felices

con aquellos que con  nosotros conviven

¿CÓMO  NOS PIDES TANTO, SEÑOR?

Ayúdanos a estar en comunión  permanente con Dios

y entonces, Señor,

tal vez no nos parezca tanto  ni un imposible

ser cómo Tú eres y llevar a  cabo lo que Tú quieres:

AMOR  SIN CONDICIONES.

Amén.

5.- AMOR: ¿QUÉ ES LO QUE JESÚS NOS QUIERE DECIR?

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Echemos un vistazo a nuestro alrededor. Incluso, aquí dentro de la iglesia… Hay personas que por timidez, o soberbia, o miedo a no se sabe que contagio, ni siquiera aceptan dar la paz a sus vecinos. Y si dicho vistazo acontece fuera del templo, pues, incluso, la cosa de agrava mucho más. Caras hoscas en el metro o por la calle. Silencio sepulcral en un ascensor con las miradas puestas en el techo. ¿Esto es amor? ¿Y si somos así con los más cercanos, con los que tienen que ser nuestros amigos, nuestros próximos, que no haremos con quienes nos ofenden, nos zahieren o, incluso, nos persiguen? Es decir, si ni siquiera somos capaces de amar a los más próximos, a los prójimos, ¿cómo es posible que Jesús de Nazaret nos pida amar a los enemigos? ¿Qué nos pide? ¿Un amor imposible? No, no. Es un amor posible si nos dejamos de inundar del Espíritu de Cristo y de su amor surgido desde lo más profundo de la divinidad.

2. - El Sermón de la Montaña ha sembrado nuestra inquietud. Lo hace siempre, cada año, cuando se inicia por el sacerdote que proclama el Evangelio, la enumeración de las bienaventuranzas. Hemos oído muchos comentarios, numerosas homilías, hasta leído libros enteros dedicados a la gran proclama de Jesús de Nazaret. Pero seguimos sin entender. No son dichosos los que lloran, ni los que son perseguidos por causa de su creencia justa. No están contentos los pobres, más bien reniegan de su falta de buena suerte. ¿Y, entonces, que es lo que pasa? ¿Qué es lo que Jesús nos quiere decir?

3.- Una preocupación que siempre me asalta es si, verdaderamente, nos tomamos en serio a Jesús de Nazaret y a su Evangelio. Hay muchas formas de obviar lo que es obvio. Jesús nos dice: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”. Pero nosotros interpretamos esto como un algo figurado. O como máximo: aguantar a los que nos fastidian, a los que nos caen mal, aunque sean buenísimos. Pero no es eso. Tenemos que amar a nuestros enemigos y hemos de rezar por los que nos persiguen y nos calumnian. ¿Habéis visto algo más terrible que el efecto de una calumnia, las implicaciones de una mentira que una vez propalada por alguien nos hace mucho daño, provoca la desconfianza de los más cercanos, de la gente que más nos quiere? Sabemos que se nos ha calumniado para hacernos daño, mucho daño, para hundirnos, para perder nuestro trabajo y hasta nuestra familia. Y, sin embargo, Jesús me dice que tengo que rezar por quien me calumnia y desearle bien y paz. ¿Es soportable? Parece que no, pero… Lo peor, desde luego, es no aceptar el consejo de Jesús por su imposibilidad y dejarlo todo pasar como si no fuera con nosotros. ¿No será mejor, en el caso de la duda, que le preguntemos al mismísimo Maestro lo que podemos hacer? Y que nos ayude con su fuerza y amor a seguir el camino que nos marca. La terrible, insisto, en dejarlo pasar y así no hacer sitio en nuestro corazón al mensaje de Jesús y dejarnos vencer por lo que nos rodea. Por un mundo de egoísmo y de desamor.

4.- Y si la exigencia de Jesús para nosotros hoy es casi inabordable, decir que lo era mucho más para sus hermanos de religión de aquel entonces. Lo que entendemos como la Ley del Talión, y que aparece, por ejemplo, en el Antiguo en Éxodo 21:23-25, en Levítico 24:18-20 y en Deuteronomio 19:21, era una limitación en el exceso de venganza. Es decir, proporcionar la respuesta al mal recibido y no propasarse. Al final el “ojo por ojo” y el “diente por diente” obligaban a que el ofendido tuviera que respetar la vida de quien le había agredido, cosa que no era muy frecuente, la vida no valía mucho. Por eso los judíos se creían virtuosos en esa forma de contención. Pero Jesús no admite la devolución de la ofensa, ni siquiera limitando su efecto al, como decía, mal recibido. Todo el evangelio de Mateo de hoy y el correspondiente al domingo anterior es ir corrigiendo la ley mosaica para llevarla al principio del amor. Lo que queda por saber es si, incluso, los más cercanos, sus discípulos, entendían o aceptaban lo que Jesús decía. La lectura de todos los textos de los cuatro evangelistas nos demuestran que mucho, mucho, no le entendían; y que tuvo que llegar, primero, la Resurrección y, luego, la fuerza del Espíritu Santo para que comenzaran a hacer suya la doctrina de Jesús.

5.- Nuestro caso no es igual. La Iglesia lleva más de 20 siglos leyendo y analizando las Escrituras. Y algo, aunque sea conceptualmente, está en nosotros. Pero fuera del conocimiento de los textos, tenemos poco de lo que Jesús desea que debiéramos tener. Los enemigos son los enemigos y, ya se sabe, “al enemigo ni agua”. Pero no puede ser así. No podremos dormir tranquilos sabiendo que no aceptamos lo que Jesús nos enseña por su dificultad. Tampoco es válido decir que todo está dicho de manera figurada y que merece un análisis actualizado. La frase de “amar a nuestros enemigos es clara y sólo puede entenderse en el sentido claro que expresa. Lo demás sería mentir u ocultar el mensaje de Cristo.

6.- Puede, finalmente, que tenga algo de amor imposible lo que Jesús nos pide, que sintamos amor por nuestros enemigos. Pero ello viene a desactivar la violencia surgida de la venganza. Además el sentimiento vengativo enloquece. Eso está claro. Lo que hemos de hacer es tan sencillo como lo que sigue: leer con atención todo el capítulo quinto de Mateo y pedirle a Dios ayuda para poder desarrollarle. Pedirle que su amor nos llegue y sane nuestras heridas. Dios es amor. Y nosotros hemos de implorar que ese amor no sea un imposible para nosotros. Pedir a Dios fe en el Amor.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

DIFERENTES

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Habréis oído decir muchas veces, mis queridos jóvenes lectores: los africanos son así, o los ingleses son de esta manera, o los japoneses siempre se comportan así. Son criterios arriesgados y que no corresponden a la realidad. Alguna cosa sí que tiene en común cada cultura, no lo niego, pero a los hombres no se nos fabrica en serie y con el mismo molde. Y dentro de una cierta homogeneidad, cada individuo se distingue por su originalidad. Y cada uno es responsable de su bien hacer o mal obrar, que es muy suyo. Dios, nuestro creador, bien lo sabe y por eso sentencia desde antiguo: sed santos, como yo soy santo.

2.- Me gusta comparar la inmensidad de Dios y su misterio, con una esfera. Os habréis dado cuenta de que somos incapaces de verla en su totalidad. Se observa un trozo desde un cierto ángulo, otro desde otro lugar y, simultáneamente, otra persona está viendo otra parcela, desde un lugar distinto. Ve detalles el que está cerca, el de lejos entiende mejor su conjunto. Cuando Dios nos dice que seamos santos no nos invita a incorporarnos a un rebaño donde no se distingue una oveja de otra, en el que todo el conjunto sigue idéntico camino y mastica la misma hierba. Pese a la diferencia que hay entre los reconocidos como santos, no hay duda que una cosa, entre muchas otras, les es común: se diferencian de los de su entorno, de los del montón. Hay que adaptarse a nuestro tiempo, claman unos, hay que semejarse a Dios eterno, nos dice Él mismo.

3.- Tiene la Iglesia un libro oficial poco conocido, pero que es precioso. Se llama Martirologio Romano. Trae para cada jornada, la lista de los santos que se relacionan con cada día del año. Es esperanzador leerlo. Esperanzador y aleccionador. (1ª lectura) (Advertencia, ni todos los del “catálogo” son mártires, ni todos romanos, afortunadamente)

Me preocupaba yo hace tiempo por la perennidad de la belleza que observaba. Pensaba yo: ¿Cómo puede desaparecer el encanto de un petirrojo, o la impresionante magnificencia de la Catedral de Chartres?. Sea por destino biológico o por la inexorable dinámica de la entropía, están destinados a desaparecer. (No os preocupéis si no os maravilla, o desconocéis la preciosidad de los ejemplos que a mí me cautivan, cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas, que decía aquel. Poneos, cada uno un ejemplo que os entusiasme. Hay muchísimos en el planeta tierra, gracias a Dios).

4.- Descubrí un día que la belleza de ambos estaba incluida en el cuerpo humano. Y que el cuerpo humano es templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en sus fieles. Siento, venero y gozo de este misterio. Habitualmente: cuando observo la vitalidad y hermosura de un cuerpo joven, él o ella, adolescente. En segundo lugar y en ciertas ocasiones, cuando veo por TV ballet.

5.- En el primer caso no me atrevo ni a tocar, temo “romper” el encanto. Me limito a admirar y respetar. En el segundo caso, viendo que, aparentemente, a la belleza armónica del cuerpo, se le añade la ausencia de rigidez, de dominio de la gravedad y todo está envuelto con tanta perfección en la melodía que uno no sabe si la música tiene prioridad y los artistas acompañan o la danza es adornada por las notas de la orquesta que obedece. Me parece haber sido trasladado a realidades trascendentes. Pienso entonces en tantos seres queridos que murieron santamente y me los imagino bailando, sonriendo, felices. Es entonces el lenguaje visual del texto del Apocalipsis que leemos otros días. Lloro de emoción, feliz yo también. (2ª lectura).

6.- Al mandamiento general de amar y, consecuentemente, perdonar, le pone el Maestro unos ejemplos concretos que aparecen estos días en la lectura evangélica de la misa dominical. Tal vez a nosotros nos resulte difícil cumplir estos preceptos, pero teóricamente es posible. Hay que adiestrarse. Los deportistas lo logran, gracias a su empeño y a entrenamiento. Y consiguen resultados prodigiosos . No dejéis de acudir al “gimnasio” espiritual de la oración, y a la aceptación de los ejercicios que se proponen en la Iglesia. (me estoy refiriendo a la liturgia y los sacramentos, por si no lo habíais entendido, mis queridos jóvenes lectores.

7.- Ahora bien ¿os imagináis las normas que dicta el texto de la misa de hoy aplicadas a la situación que vive un político? ¿Es posible aspirar simultáneamente a ser santo y político? Bajo a un detalle en el que os encontraréis vosotros diariamente: el saludo. Examinaos cada uno secreta y honradamente. ¿Estáis convencidos de que el saludo es una práctica cristiana, o que debe serlo? ¿a quién saludáis? ¿a quién ignoráis? ¿a quién negáis el saludo?