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22 enero 2017

Domingo III de Tiempo Ordinario

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Dada la insistencia de los textos sagrados en que nos convirtamos, podría parecer que contienen una especie de obsesión conducente a convencernos de que todos somos unos empedernidos pecadores que necesitamos arrepentirnos de nuestras tremendas maldades todos los días, por miedo a las tremendas amenazas de un exigente Dios.
En un cierto sentido, -si excluimos lo de intransigente Dios- dicha interpretación podría tener algún fundamento porque, dada la fragilidad humana, más de una vez andamos por caminos que no son precisamente los evangélicos, exigiendo de nosotros una rectificación.
Como sobre esto reflexionamos suficientemente durante todo el tiempo de Adviento, en el que nos sentíamos llamados a dejar el pecado para vivir en el proyecto de Dios sobre nosotros, hoy vamos a dar un paso más en su interpretación para descubrir lo que tienen de animación hacia la consecución de nuestra perfección espiritual. A Dios, como a todo buen padre, lo que le interesa es el ilimitado progreso de sus hijos, quiere vernos en plenitud y por eso nos anima, nos exhorta constantemente a superarnos, a conseguir ser cristianos íntegros, sin fisuras, sin claudicaciones, sin vueltas atrás. Hombres y mujeres llenos de Evangelio capaces de instaurar el reino de Dios en el mundo o, como ha dicho acertadamente el papa en la E.G., de extender por el mundo un “Humanismo Cristiano” (68)

Esa es la gran conversión que nos pide y nos ofrece Jesús: que alcancemos tal grado de identificación con Él que podamos ser sus testigos en el mundo.
Nosotros, los clérigos, lo intentamos desde nuestro ministerio. Vosotros, los seglares, debéis sentidos aludidos de una manera especial cuando Jesús decía que los cristianos debemos ser fermentos que potencien la tierra, luz que ilumine a los demás, sal que sazone las relaciones humanas. 
Con vuestra presencia en el mundo en todas sus manifestaciones, familiares, artísticas, laborales, lúdicas, sociales, políticas, etc. etc. podéis ser la mano larga de Jesús con la que llegue a todos los rincones, incluso a los más recónditos, de la vida individual y social. Ya Pio XI en su carta “Quae Nobis” al Card. Bertram en 1928 definía a la A.C. como la participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia. Pio XII insistió en el apostolado seglar y, lo consagró, el Concilio Vaticano II en su “Decreto sobre apostolado seglar”
El Papa actual, Francisco escribe en la (E.G, 14) “Los cristianos tienen el deber de anunciar el Evangelio sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello” Poco después nos anima a asociarnos en comunidades de base, movimientos y otras formas de asociación, (porque) “son una riqueza de la Iglesia que el espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores” (29) 
Con vuestro cristianismo vivido intensamente en la vida familiar, no solamente convertís vuestro hogar en la primera catequesis de vuestros hijos sino que también lo ofrecéis como modelo para todo hogar.
Con vuestra responsabilidad y honradez en los trabajos intelectuales o manuales manifestáis el verdadero sentido y valor del trabajo como actos que por una parte contribuyen al desarrollo de la naturaleza y por otra son testimonio del espíritu de servicio a los demás y a la sociedad. 
Con vuestra participación en las actividades litúrgicas testimoniáis a los demás vuestra creencia en la presencia del Espíritu en el mundo. 
En vuestros juegos y diversiones podéis mostrar un modo de vivir la alegría sin menoscabo de la dignidad de la persona propia y/o ajena. 
Participando en el campo de lo político con responsabilidad, podéis ser un magnífico ejemplo de lo que es preocuparse por la cosa pública pensando en el bien común, no en el partido o en el grupo social al que se pertenece. 
En todos los campos de la vida podéis mostraros como un Evangelio vivo para cuantos os contemplen. 
Nuestro planeta tierra está necesitado urgentemente de hombres y mujeres que metidos en los quehaceres del mundo lo transformen, dando lugar a una nueva forma de vivir: vivir conviviendo de verdad
Seamos como los Apóstoles. Vosotros los seglares, no dejéis todo, como hicieron ellos. NO, al contrario, coger todo lo que constituye vuestra vida matrimonial, profesional, estudiantil, social, política, recreativa e impregnadla de Evangelio para conseguir que todo huela a Evangelio, según una acertada expresión del papa Francisco. 
Jesús ha pasado cerca de nosotros y como a ellos, aquellos pescadores, nos invita a ser pescadores de hombres; forjadores de un mundo nuevo donde la justicia, la paz y el amor lo embeban todo. Escuchémosle y sigámosle. Que pueda contar con nosotros. AMÉN
Pedro Sáez