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24 enero 2017

Domingo 29: Homilía 1

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Desde la realidad
Respiramos aires insalubres que nos envuelven, sin que tengamos apenas fuerzas para depurar e invertir la dirección de ese clima ambiental. Aires de desaliento ante la marcha de una sociedad metida en una espiral suicida de consumir a costa de lo que sea; impotencia ante las corporaciones y grupos de poder que imponen sus intereses. Crispación ante los escándalos y abusos que genera una sociedad así. Miedo ante predicciones de dimensiones catastróficas que se avecinan. Culto a los “becerros de oro”, corrupción social e indiferencia religiosa se han sucedido a lo largo del tiempo.
Ante una situación parecida Sofonías (1ª lect) profetiza el desastre e invita a la conversión. «¿De dónde me vendrá el auxilio?»

Buscad
«Buscad al Señor los humildes». Los ojos del profeta se vuelven hacia los pobres y humildes, abiertos a un Dios mayor y sensibles al hermano. Sólo los humildes, los que no confían en los poderes dominantes, buscadores de la justicia y moderación, se justifican ante Dios. Sólo ellos pueden tener acceso a él; para los que no lo son Dios es molesto. “Buscad la justicia, buscad la moderación”. Serán sólo un “resto”, pequeño y humilde, pero serán el germen de un mundo nuevo en justicia y lealtad. Los humildes de la tierra, que mantienen la Alianza en medio de las dificultades, son el quicio sobre el que se asienta nuestra esperanza.
Es duro ser pobre, honesto y humilde en un mundo en que se persigue la riqueza, el triunfo y la prepotencia. La postura de Dios es opuesta: «Dios escoge lo humilde y necio del mundo para confundir a los arrogantes y prepotentes». «Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres» (2ª lect).
También Jesús de Nazaret conoció la tensión del pueblo abatido y la experimentó tentación de imponer la justicia de Dios como Mesías poderoso. Desde su inserción en la historia concreta y la experiencia del Padre Dios convoca a la conversión. «Cambiad de actitud y conducta, que ya llega el Reinado de Dios». Cambiad de mentalidad, creed.
Dichosos
Nada desea tanto el corazón humano como ser feliz. En nuestro mundo se multiplican las ofertas más variadas para alcanzar este objetivo, y se nos ofrecen modelos que imitar. Fundamentalmente podemos reducirlos a dos líneas de actuación, ambas en perspectiva individualista: – hacer acopio de bienes materiales e invertirlos en comodidad y placer; – cuidar el equilibrio psíquico evitando todo lo que signifique molestia, y relacionarse con quienes resulte gratificante.
Jesús conoce el corazón de los hombres y el corazón del Padre. Conoce y experimenta los anhelos del hombre. Con mirada “afectada” ve la realidad de la multitud doliente. «Le traían enfermos con toda clase de enfermedades y dolores… y él los curaba. Le seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis… Al ver el gentío subió a la montaña, se sentó y se le acercaron sus discípulos».
Desde la montaña, como un nuevo Moisés, Jesús proclama la ley de la nueva Alianza, la buena noticia del Reino, la ley del amor. El antiguo decálogo en forma imperativa y de mandamientos se transforma en anuncio de dicha: Buena noticia es que Dios quiere que todos sus hijos sean felices; buena noticia es que los pobres de espíritu que no buscan riquezas, poder, intereses egoístas, satisfacciones inmediatas, están en situación privilegiada de acoger el Reino y formar parte en el reinado de Dios. “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”.
Las bienaventuranzas, obertura y núcleo fundamental del evangelio de Reino, constituyen las condiciones necesarias para acogerlo y son, a la vez, señas de identidad del discípulo de Jesús que busca fielmente el Reino de Dios y su justicia.
Inversión de valores y actitudes.
Oímos hablar, cómo no, de felicidad y de los medios para conseguirla; las insatisfacciones personales y el «malestar de la cultura» muestran que esos medios no la garantizan. La felicidad no es un efecto que se busca, sino un camino y un estado del alma; algo que se vive día a día.; “un huésped inesperado que aparece en la casa de quien no lo persigue”. Sus exigencias no se entienden más que en la perspectiva de la revelación del amor del Padre Dios y como diseño de su proyecto para el mundo.
Jesús propone una inversión de valores partiendo de tres situaciones de sufrimiento y tres acti- tudes de fondo en bien del hombre: – «Dichosos los sufridos…, dichosos los que lloran…. dichosos los que tienen hambre y sed de justicia…»; «Dichosos los misericordiosos… los limpios de corazón… los que trabajan por la paz…»
Alegría
Mensaje final. Una vez más Jesús rompe en palabras de ánimo a los que por haber adoptado actitudes y comportamientos propios del Reino de Dios («por mi causa») lo pasan mal: «Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en los cielos».
Muchos lo han descubierto y vieron transformadas sus vidas. El mismo Gandhi escribe: “El sermón de la montaña es lo que me ha hecho amar a Cristo. A medida que aumentaba mi contacto con los verdaderos cristianos, es decir, con los que vivían para Dios, vi que el sermón de la montaña era todo el cristianismo para aquel que quiere vivir una vida cristiana”.
Con temor y temblor nos acercamos a esta página del evangelio sin acabar de aceptar este anuncio gozoso de las condiciones que hacen posible el seguimiento del camino del Reino ni creemos en su capacidad revolucionaria. En nuestra pequeñez, es inevitable callar y empezar por pedir el don de entenderlas y creer en ellas. Tener espíritu de pobres, necesitados y abiertos, acogedores y humildes, libres y llenos de esperanza. La participación en la eucaristía prefigura y alimenta la bienaventuranza del Reino.
Juan Francisco Herrero García, S.J