25 enero 2017

Domingo 29 enero: Homilías varias 2


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1.- SER CRISTIANO NO ES GUARDAR LA ESTÉTICA

Por Javier Leoz

1.- En los domingos pasados contemplábamos todavía las imágenes de la Navidad; un niño que nacía en medio de pañales, adorado por pastores, reverenciado por reyes y bautizado –como punto de salida- en el Jordán.

Los cristianos, cuando nos reunimos los domingos en el nombre del Señor, es porque queremos conocer y llevar a la práctica el programa de Jesús. No lo hacemos ni porque seamos buenos (tampoco tan malos) ni mucho menos porque seamos santos (aunque Dios nos llama a la perfección). Miremos un poco el círculo del cual se rodeó Jesús y, posiblemente, caeremos en la cuenta que no precisamente fueron gente aparentemente extraordinaria y de una sensibilidad espiritual exquisita. Eso sí, luego el trato con el Maestro, cambió y mucho las cosas en ellos.

2.- El mensaje de las bienaventuranzas supone no quedarnos delante del monitor de la fe absortos, perdidos en las escenas o como meros espectadores en el patio de butacas en el que, muchas veces, se convierte los bancos de nuestras iglesias. Cada domingo, al sintonizar con el programa de Jesús, intentamos asumir unos valores que a las claras nos presenta en las bienaventuranzas.


Ahora, cuando vemos cómo Jesús crece, que ya no llora, sino que habla y se sienta enseñando como un Maestro comprendemos que esto va en serio. Que la vida de un cristiano no queda reducida a un figurar como acompañantes de Jesús (ni tan siquiera imitadores) sino conscientes de lo que dice y de los efectos que produce el “pertenecer” a esa gran audiencia del programa de Jesús. La estética, en el mundo de la fe, nunca puede estar por encima de la esencia, el contenido o la identidad de un cristiano.

3 .La gran bienaventuranza que Jesús nos desea es precisamente el ser felices siguiendo estos puntos que, en más de una ocasión, acarrean incomprensión, crucifixión y soledad.

No resulta cómodo salir a la gran pantalla del mundo proponiendo recetas que resultan incomprensibles, chocantes y amenazantes a una realidad acostumbrada a la dureza y a la soberbia, a la violencia o a la apatía general.

Puede ser, que para más de uno, lo que para nosotros sea una bienaventuranza sea todo lo contrario.

Por lo menos, y hoy más que nunca, intentaremos con la “contraprogramación evangélica” ofrecer un poco de originalidad y de salvación a muchas personas que lloran, sufren, son perseguidas por sus nobles ideas, pregonan la paz según Dios o simplemente van en otra dirección muy distinta a los que intentan programar la vida de los demás con el “todo vale y todo cuela”.

4.- LLÁMAME BIENAVENTURADO, SEÑOR

Si soy capaz, con el lápiz  de mi vida,

de dibujar tu rostro allá  donde yo me encuentre.

Si, por la caridad, traduzco  en práctica

lo que en lenguaje y palabra  puede sólo quedarse.

Si soy capaz de iluminar  tantas situaciones de mi mundo

con tus promesas,  indicaciones y actitudes.



LLÁMAME  BIENAVENTURADO, SEÑOR

Si, la felicidad, la  encuentro en la paz y no el odio

Si, en la pobreza, alcanzo  el exponente de mi riqueza

Si, en la sencillez,  encuentro el secreto de mi vivir

Si, en la mansedumbre, veo  mi fortaleza



LLÁMAME  BIENAVENTURAD, SEÑOR

Cuando me veas llorar  agarrado al madero de la cruz el otro

y no reírme de la mala  suerte que le acompaña

Cuando me revele ante la  injusticia, el hambre

o la incertidumbre del que  busca dignidad

Cuando mi corazón no sea  discordia sino concordia

y, ante todo, un surtidor de  misericordia



LLÁMAME  BIENAVENTURADO, SEÑOR

O, lo que es lo mismo, feliz  por ser diferente:

Limpio de corazón, antes que  roto en las entrañas

buscando la paz, y huyendo de  contiendas y peleas

Incomprendido por defender a  la verdad

antes que ensalzado por  encubrir la mentira

Valiente ante calumnias e  injurias

y haciendo frente a las  falsedades que aturden



LLÁMAME  BIENAVENTURADO, SEÑOR

Cuando me veas alegre por tu  causa

y, contento, por darte lo  mejor de mis años.

Cuando me veas decidido por  tu reino

y sembrando ilusiones en mi  camino

Cuando cierre los ojos a  este mundo

y, al contemplarte cara a  cara,

pueda decir que “ser  bienaventurado”

es no caer en la falsa  telaraña

de las felicidades, huecas y  baratas,

que el mundo o la sociedad  nos da por ciertas.

Amén.

2.- EL DESEO DE SER FELIZ

Por José María Martín OSA

1.- "Buscar a Dios su justicia". Al profeta Sofonías le tocaron años difíciles. Israel y sus jefes iban tras alianzas con Egipto que garantizasen su seguridad contra Asiria. El rey de Judea, Amón, fue asesinado por unos oficiales partidarios de la alianza con Egipto. Josías, que tiene entonces ocho años, sube al trono. Es en esa época cuando profetiza Sofonías. Y anuncia un día terrible, "el día del Señor”, para aquellos que no confían en Dios y sí en tratados políticos. Por eso, para que la desgracia no se abata sobre ellos, llama a los "humildes" a la conversión. Los humildes se oponen, en Sofonías, a todos los que encuentran su fuerza en ellos mismos: los dignatarios, los ricos, los que no les importa Dios. Pero el profeta habla claro: la única actitud posible para mantenerse es "buscar a Dios su justicia". Encontramos aquí un eco del sermón del monte.

2.- Elegir el camino auténtico. "Unos turistas querían llegar pronto a un castillo, en la ladera de una montaña. Había varios caminos, todos ellos bastante largos, salvo uno que era un atajo muy corto, aunque extremadamente duro y empinado. No había manera de detenerse a comer o descansar, y la soledad era muy grande, porque casi nadie se atrevía a recorrerlo. Todos menos uno eligieron los caminos largos y fáciles. Pero eran tan largos que se aburrieron y se volvieron, sin llegar a su meta. Otros se instalaban a la sombra, a dormitar y charlar, y se quedaron ahí definitivamente. El que subió solo, por el atajo, paso toda suerte de dificultades, y en el momento en que le pareció que no podía más, se encontró ya en el castillo. Fue el único que llegó".

Esta parábola es un reflejo de nuestra vida como cristianos. Si optamos por el camino fácil nunca llegamos a ser de verdad cristianos comprometidos con el mensaje de Jesús. Nos quedamos en el camino, sin decidirnos a optar radicalmente por El. Las Bienaventuranzas nos recuerdan que somos ciudadanos del cielo. Para llegar a la cima tenemos que escoger el camino directo, el mismo que eligió Jesús.

3.- Esforzarse por conseguir la felicidad. Acercarse a las Bienaventuranzas produce siempre alguna inquietud, porque parece imposible vivir así y compartir la claridad de Cristo al pronunciarlas con toda rotundidad. Sin embargo, es un ideal por el que tenemos que luchar. Todos queremos ser felices y merece la pena esforzarnos por obtener el premio, como subraya San Agustín:

“No puede encontrarse, en efecto, quien no quiera ser feliz. Pero ¡ojalá que los hombres que tan vivamente desean la recompensa no rehusaran la tarea que conduce a ella! ¿Quién hay que no corra con alegría cuando se le dice: «Vas a ser feliz»? Mas ha de oír también de buen grado lo que se dice a continuación: «Si esto hicieres». No se rehúya el combate si se ama el premio. Enardézcase el ánimo a ejecutar alegremente la tarea ante la recomendación de la recompensa. Lo que queremos, lo que deseamos, lo que pedimos vendrá después. Lo que se nos ordena hacer con vistas a lo que vendrá después, hemos de realizarlo ahora”. (San Agustín, Sermón 53, 1-6)

4.- Estos serían los bienaventurados de nuestro tiempo:

Las personas pobres de espíritu, que viven sencillamente y no corren angustiadas tras la riqueza, el poder y la gloria ni ponen el placer y el bienestar como metas supremas de la vida.

Las personas sufridas, no violentas, que tienen criterios cristianos y los mantienen, pero no los imponen a gritos ni con las armas porque saben que todos los seres humanos hemos nacido del mismo Padre Dios.

Las personas limpias de corazón y de mirada limpia que como no tienen doblez en sus vidas no creen que exista en la del prójimo. Que no se mueven por la envidia u orgullo. Y son fieles a su propia conciencia.

Las personas misericordiosas, dispuestas siempre a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, al juicio misericordioso.

Las personas que han llorado sin que las lágrimas hayan dejado rencores en su vida.

Las personas que tienen hambre y sed de justicia y que, por eso, no les gusta su mundo pero, como es el suyo, no lo odian sino que lo aman e intentan cambiarlo. Y trabajan voluntariamente por el bien de los demás.

¡Qué bien recoge el espíritu de las bienaventuranzas la hermosa oración de San Francisco de Asís!:

Señor,  haz de mí un instrumento de tu paz.

Donde  haya odio, que yo ponga amor.

Donde  haya ofensa, que yo ponga perdón.

Donde  haya discordia, que yo ponga unión.

Donde  haya error, que yo ponga verdad

Donde  haya duda, que yo ponga fe.

Donde  haya desesperanza, que yo ponga esperanza.

Donde  haya tiniebla, que yo ponga luz.

Donde  haya tristeza, que yo ponga alegría

Haz  que yo no busque tanto

El  ser consolado como el consolar,

El  ser comprendido como el comprender,

El  ser amado como el amar.

Porque  dando es como se recibe.

Olvidándose  de sí mismo

Es  como se encuentra a sí mismo.

Perdonando  es como se obtiene perdón.

Muriendo  es como se resucita para la vida eterna.

3.- DIOS TIENE PREFERENCIA POR LOS POBRES Y HUMILDES

Por Gabriel González del Estal

1.- Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Esta idea, que Dios tiene preferencia por los pobres y humildes, es el tema central de las tres lecturas de este cuarto domingo ordinario y del mismo salmo responsorial. En el texto de las Bienaventuranzas, según san Mateo, a los pobres y humildes se les llama <pobres en el espíritu>. No hace falta explicar que <pobres en el espíritu> no tiene nada que ver con los pobres de espíritu, es decir, con los apocados, los cobardes, los doblados, los que renuncian al esfuerzo y a la lucha para mejorar. <Pobres en el espíritu>, dice san Agustín, son los humildes, los que no ponen su confianza en sus propias fuerzas, ni en la ayuda que le van a dar los hombres, sino que saben que su única verdadera y definitiva ayuda es el Señor. Para convencernos de esta preferencia de Dios por los pobres en el espíritu nos basta fijarnos en el comportamiento de Jesús con los pobres, los pecadores, los marginados de la sociedad en la que él vivió, los más débiles. Jesús amó a los pobres que eran humildes, a los pobres en el espíritu, y les prometió el Reino de los Cielos; Jesús amó a los sufridos y les dijo que ellos heredarán la tierra; Jesús amó a los que lloran y les dijo que ellos serán consolados; Jesús amó a los que tienen hambre y sed de justicia y les prometió que ellos quedarán saciados; Jesús amó a los misericordiosos, y a los limpios de corazón, y a los que trabajan por la paz, y a los que son perseguidos por causa de la justicia, y a todos ellos les prometió el Reino de los Cielos. Lo que no debemos hacer los cristianos nunca es considerar estas Bienaventuranzas de Jesús en un sentido solamente vertical, porque eso sería hacer de las Bienaventuranzas “opio del pueblo”, en lenguaje de Marx. Decir a los pobres que se resignen y se conformen con su pobreza aquí en la tierra, que sólo confíen en Dios, porque Dios les va a dar felicidad y plenitud en la otra vida, es convertir la religión en opio del pueblo. Jesús quería que los pobres y humildes fueran felices también en esta vida, por eso, los cristianos debemos predicar también las Bienaventuranzas en sentido horizontal: debemos luchar para que en esta vida los pobres en el espíritu tengan todo lo que necesitan para vivir con dignidad. Todos somos responsables, en algún sentido, de la pobreza, la desigualdad y la injusticia del mundo. Si yo lucho contra la pobreza, la desigualdad y la injusticia en este mundo, estoy contribuyendo a que este mundo sea un poco menos malo. Pongamos nuestra confianza en Dios, seamos humildes y, al mismo tiempo, trabajemos para que este nuestro mundo sea cada día un poco menos malo. Eso deben decirnos a nosotros, los cristianos, las Bienaventuranzas que predicó Jesús desde la montaña.

2.- Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El profeta Sofonías vivió tiempos difíciles, en los que los gobernantes oprimían a los más débiles. El profeta le dice al pueblo que no se desanime, porque el Señor les va a auxiliar. Ellos, el pueblo, deben confiar en el Señor, pero sabiendo que confiar en el Señor supone y exige vivir según una determinada ética, defendiendo siempre la justicia, la bondad y la verdad. Esa debe ser nuestra actitud como cristianos: confiar en el Señor, pero haciendo por nuestra parte todo lo que esté en nuestras manos para que triunfen la justicia, la bondad y la verdad. Lo que hizo, en definitiva, Jesús de Nazaret.

3.- El que se gloríe que se gloríe en el Señor. En tiempos de san Pablo, la mayoría de los cristianos que acudían a la asamblea eucarística eran de condición social baja. San Pablo les dice que pongan su confianza en el Señor, porque todo lo bueno que tienen es un don de Dios. En nuestras asambleas eucarísticas, hoy día, hay personas de todas las clases sociales. Lo que nos diría hoy a nosotros san Pablo es que todos nos comportemos como hermanos, intentando vivir en auténtica fraternidad cristiana. Que consideremos la vida y todo cuanto tenemos como un regalo de Dios y que pongamos todo, incluidas nuestras vidas, al servicio del evangelio. Somos obreros de Dios y todos debemos trabajar con humildad para que el reino de Dios pueda hacerse realidad entre nosotros, tal como lo hizo, mientras vivió entre nosotros, Jesús de Nazaret, nuestro Maestro, nuestro Guía, nuestro Salvador. Y, si nos gloriamos de algo, que nos gloriemos en el Señor.

4.- LA CARTA MAGNA DEL REINO DE DIOS

Por Antonio García Moreno

1. ALGO MÁS.- Buscad la justicia, buscad la moderación, quizá así podáis libraros el día del juicio de Dios. Sofonías mira a esos que son humildes, a esos que pasan desapercibidos, a esos que no suenan, esos que no brillan. Ellos serán los que se verán libres el día de la ira del Señor. Son hombres sencillos que cumplen la ley de Dios sin ostentación, sin aparato externo, hombres que buscan la justicia haciéndola una realidad en sus propias vidas.

Es lo que importa, es lo único necesario. Vivir cara a Dios, buscar en la vida sólo una cosa, hacer su justicia, cumplir su voluntad. Sin añorar el aplauso de los hombres, sin pretender su beneplácito, sin intentar obtener sus alabanzas. Hacer lo que hay que hacer, sencillamente, continuamente. Esperando del Señor la recompensa. Al fin y al cabo Él es el único que sabe pagar, el único que sabe apreciar justamente nuestro esfuerzo.

Una vez más brota del mensaje profético la promesa de una liberación, la esperanza de una restauración que reúna en un pueblo nuevo a todos los hijos de Dios, dispersos por los mil rincones de la tierra. Ese pueblo nuevo resurgirá con la llegada de Cristo. Él, como otro Moisés, librará a los suyos del peso de la esclavitud.

Ahora, tras la muerte y resurrección de Jesús, ya está formado ese pueblo. Es cierto que por el Bautismo nos integramos a Él, somos parte de la Iglesia de Cristo. Pero no hay que olvidar que el ser cristiano lleva consigo algo más. Supone una vida recta, una vida sincera. Una vida sin embustes ni hipocresías. Amar la verdad es ciertamente no decir mentiras, pero es ante todo vivir de acuerdo con lo que se cree. Por eso sólo el que es auténtico, el que es sincero, el que es honrado pertenece realmente al pueblo de Dios.

2. LAS BIENAVENTURANZAS.- El Sermón de la Montaña es considerado con razón como la Carta Magna del Reino de Dios. De hecho san Mateo, el evangelista del Reino, nos presenta este largo discurso del Señor al principio de su ministerio público, como un exordio en el que se recogen los principales puntos del mensaje de Cristo. Es cierto que en él se entremezclan diferentes temas, pero en todos ellos hay un espíritu común, un mismo latido de sencillez y de humildad, de alegría y de paz.

Ante esta página evangélica que presenta las bienaventuranzas, lo primero que hay que decir es que son palabras que Cristo dirige no sólo a los discípulos sino también a las muchedumbres que, como se dice al final del Sermón, escuchaban con admiración las palabras del Rabí de Nazaret. Esto significa, en contra de lo que algunos opinan, que el Señor se dirige a todos cuando nos pide esa santidad y perfección que suponen las bienaventuranzas. Es decir, todos estamos llamados a ser santos. Aunque la santidad que a cada uno nos pide el Señor no tiene las mismas características, sí tiene las mismas exigencias de un grande y profundo amor.

También es preciso aclarar algunos conceptos que se contienen en este maravilloso pasaje y que no siempre se han entendido en su sentido correcto. Así, por ejemplo, se ha querido ver en la pobreza una situación meramente material, como si el Señor hablara únicamente de aquellos que no tienen nada. O también se ha dicho que la justicia de que habla la cuarta o la última bienaventuranza, es simplemente la justicia entendida en sentido estricto de justicia distributiva o de justicia social.

Es cierto que san Lucas, en el pasaje paralelo, nos refiere que Jesús dijo bienaventurados los pobres, sin más, porque vuestro es el Reino de Dios. San Mateo nos aclara el tema al decir los pobres de espíritu, o en el espíritu como traducen otros. Podemos decir, ante todo, que aunque san Mateo no nos lo hubiera aclarado, era obvio que el pobre a que se refiere el Señor es el mismo que aparece en otros pasajes de la Biblia y que se identifica con el que es humilde y lo espera todo de Dios, el que vive despegado de las riquezas y las pospone siempre al querer del Señor.

Por otra parte, la justicia también tiene su propio sentido en el lenguaje bíblico. Equivale a santidad y abarca, por tanto, además de la mera justicia, la caridad. Así dice Jesús que es preciso cumplir toda justicia, esto es, todo lo que Dios ha dispuesto. O afirma que lo único importante es buscar el Reino de Dios y su justicia. Casi podríamos decir que justicia es lo mismo que justaza. Por eso ser perseguido por causa de la justicia es serlo a causa de cumplir la voluntad de Dios, de ser justos.

5.- NO DEJEMOS PASAR LA OPORTUNIDAD DE HOY

Por Ángel Gómez Escorial

 1.- Las bienaventuranzas producen una especial atención entre los fieles. Lo he observado muchas veces. No digo yo que nunca haya cuchicheos mientras que se proclama el Evangelio en cualquier eucaristía. No, desde luego. Pero en el caso de las bienaventuranzas el silencio es total mientras la voz del sacerdote desgrana, una tras otra, las promesas que hace Jesús de Nazaret desde lo alto del Monte. Ha ocurrido hoy aquí también y acontece siempre. Son dos mil diecisiete años escuchando un mensaje enigmático en principio, pero de una belleza considerable, que como otras muchas cosas de la vida de Cristo tienden a la paradoja. Parece como si todo lo que estuviera ofreciendo fuera negativo porque nadie quiere ser pobre, ni perseguido, ni hambriento, ni llorar en espera de consuelo…

2.- Y, sin embargo, en el fondo de todas esas cosas enunciadas está la felicidad total. Hay que no reparar en los bienes y riquezas y hacerse pobre de verdad. Se ha dicho muchas veces que quien se considera pobre en el espíritu termina siéndolo en la práctica. Los perseguidos por ser justos --por su justicia— acrisolaran aún más el seguimiento al Señor que eso es la justicia que "exige" Cristo. Y a su vez, aquellos que esperan que el mundo les haga justicia la encontraran en el aliento fraternal de otros hermanos que, como ellos, esperan la llegada de Jesús y la conversión de todos los hombres. Dice también Jesús que nos perseguirán por ser amigos y seguidores de Él. Y que debemos estar contentos. Y tengo la impresión que según, cada uno, avanza en la conversión más realidad se hacen las bienaventuranzas, más se acercan a la vida cotidiana. Más cerca están –claramente— de cumplirse en nuestra vida. No debemos quedarnos en la superficie o en su especial belleza concretada en el lenguaje. Ni siquiera sentirnos satisfechos por la escena de la predicación: Jesús en lo alto y los Apóstoles, discípulos y seguidores escuchándoles sentados en la jugosa hierba.

3.- Cristo nos dio un mensaje dirigido directamente a nuestro corazón y debe ser la llave que vaya abriendo las compuertas más secretas de nuestra comunión con el Señor. Pero no es fácil ese convencimiento que inunda de luz el enigmático mensaje de las bienaventuranzas. Hemos de rezar mucho y pedir que nuestro corazón y entendimiento se abran a la eficacia vivificadora de la Palabra del Señor. Un día, no muy lejano las palabras que forman el discurso de las Bienaventuranzas tomaran vida y comenzaremos a comprender mejor lo que Jesús quiere de nosotros. Y hay ejemplos vistos con mis propios ojos. Una persona rica, sin duda, con muchos posibles, cuando el espíritu de pobreza termina adueñándose de ella se convierte en un pobre de verdad. Pierde lo reverencial ante el dinero y curiosamente llegado ese punto el dinero comienza a separarse de él y él del dinero. La limpieza de corazón que también se consigue, sobre todo, si se reza mucho, si se pide a Dios con ahínco, transforma, a la persona, asimismo, en profundidad y con signos visibles. Lo he visto, también y afortunadamente en una persona que yo conocí hace años y cuya vida cambió hasta niveles imposibles de creer poco tiempo antes. ¿Y la mansedumbre… la afabilidad permanente? Es un camino de vivir constantemente en comunión con la tierra, con el paisaje, con los hermanos, con los hechos corrientes, aparentemente poco importantes… Pero hay más personas entregadas al Reino que son ejemplos de las bienaventuranzas. Repito, es cuestión de observar con atención nuestro entorno.

4.- Nuestro mayor error sería escuchar las bienaventuranzas como un mensaje imposible, como una cuestión que, tal vez, pueda cumplirse en la vida futura o que, por otra parte, es una utopía de imposible realización. No son así. Y podemos, como decía, observar su existencia y sus efectos en la vida cotidiana, en personas que tenemos cercanas. Pero, claro, hay que fijarse un poco. No pasar de largo. Todo el contenido de las bienaventuranzas se convierte en realidad.

5.- Pero ya en el Antiguo Testamento se nos marca el camino de perfección de las bienaventuranzas, aunque muchas personas –como hoy— estaban de espaldas a ellas Sofonías habla de la búsqueda que los humildes hacen del Señor. Añade palabras como justicia, moderación. Aconseja el no contar mentiras... El texto de Sofonías configura y dirige el pensamiento para mejor escuchar las bienaventuranzas. Y San Pablo, a su vez, dibuja la sencillez de los seguidores de Cristo. Ni los sabios, ni los poderosos están en la asamblea del Señor. Y, probablemente, eso sigue ocurriendo en nuestras Iglesias. Los ricos y poderosos están de paso. No se puede profundizar en el mensaje de Cristo sin humildad, sin el reconocimiento de nuestra pobreza personal --y colectiva-- y sin, por supuesto, el deseo de ser pobres. Primero, en el espíritu; después, en la realidad.

6.- No debemos de dejar pasar la oportunidad que nos ofrece este domingo cuarto del Tiempo Ordinario. Y así “enfrentarnos” al contenido profundo de las bienaventuranzas. Hemos de meter en nuestro corazón esos mensajes que Jesús nos da. Son fundamentales para nuestro crecimiento como seguidores de Cristo y aliviadores de las dificultades que sufren los hermanos.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

ESTILO CRISTIANO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Cuando yo estudiaba primaria en los HH Maristas, aquellos buenos hermanos que nos enseñaban religión y otras muchas cosas, ¡cómo no! nos enseñaban además de las oraciones, Padrenuestro, Ave, Credo, que en mi caso no era necesario, ya que las había aprendido en familia, también, más tarde, debíamos aprender la Bienaventuranzas. Recuerdo que no me hicieron ninguna diferencia respecto a las otras que debíamos aprender de memoria. Además estaban ordenadas numéricamente, quiero decir que debíamos aprenderlas así: la primera, bienaventurados los pobres de espíritu… la segunda, bienaventurados los sufridos… etc., etc. y a mí eso no me entraba. Reconozco ahora que se equivocaban y no se lo recrimino, los Hermanos Maristas no podían hacerlo todo perfectamente bien y, dicho sea de paso, era práctica habitual de aquel tiempo en catequesis y colegios. Mi madre tampoco sabía darme razón de ello. Resultó, pues, que este texto no me suscitó ninguna simpatía.

2.- Pero, ¡Ah! Cambiaron los tiempos y a cierta edad, sin llegar a ser adulta, empecé a interesarme por algunos pensadores que estaban de moda. Pienso en Tagore y Gandhi. Citábamos frases de suyas para satisfacer nuestra sensibilidad y sus prácticas eran normas tan creíbles como los mismos Mandamientos de la Ley de Dios. Su pacifismo, tan ejemplar como la vida de los santos. Leí un día que uno de ellos, o tal vez los dos, estaban entusiasmados por el texto de Mateo que nos ofrece la liturgia de la misa de este domingo. Habían, o había, venido a Europa para conocerlos vivos, encarnados en la Iglesia y en los cristianos y la ausencia de tal testimonio entre sus fieles, les había decepcionado. Pero eran gente honesta, continuando la admiración por la doctrina, se volvieron con alguna decepción, lo comentaron en algún momento, pero no nos lo echaron en cara. Lanza del Vasto, nos lo contaba él mismo un día, le indicó Gandhi que volviera a tierras cristianas, para poner en práctica sus doctrinas pacifistas dentro del espíritu de las Bienaventuranzas. En sus comunidades llamadas “El Arca”, es lo que pretenden practicar y testimoniar. Pero de todo lo que os estoy diciendo, pienso yo, a pocos interesan.

3.- Los cristianos practicantes, piensa la gente, son aquellos que van a misa, comulgan y tal vez se confiesan. Se muestran contrarios al aborto, etc. (que nadie ignore que yo celebro misa, confieso mis pecados, y estoy contra el aborto. Pero pobre de mí si esto fuera mi único distintivo) Las bienaventuranzas, dicho en lenguaje escolar de nuestro tiempo, serían “la chuleta” que dos alumnos interesados, sacaron de los sermones que Jesús, el Señor, pronunció por tierras de la baja Galilea. Dos “chuletas” conservamos. La que es un poco más larga es la que leemos hoy. Pretender comentar todo el texto es imposible. Animaros a que os examinéis de todas os desanimaría. Os propongo que en vuestras reflexiones personales, o en vuestras reuniones de estudio cristiano, escojáis alguna y os entreguéis a ella, como yo, brevemente voy a hacer ahora.

4.- Bienaventurados los pobres, empieza. Y con ello la dificultad de entender el contenido. La pobreza es un mal y múltiples ONGs se entregan a abolirla, o por lo menos mitigarla. La primera actitud personal, el primer gesto, evidentemente, será vivir, obrar, con generosidad. Dar de lo que nos sobra, dar de lo que podamos, dar para que disminuya la pobreza. Humanamente considerado, sería suficiente. Cristianamente analizado, no lo creo yo. Hay que dar de acuerdo con lo que gastamos. Así me lo propongo personalmente. Después de los días navideños, en los que hemos gastado algo, o mucho, más de lo que nos es habitual. Uno debe sentirse obligado a entregar a los demás proporcionalmente a lo disipado. Que cada uno haga sus cálculos. Con el voto o el propósito de pobreza, uno hace lo que quiere. Con el proyecto de austeridad que uno escoja, el cambio es mucho más radical y exigente.

5.- Personalmente he sido de aquellos que perteneciendo sus mayores a la clase media-alta, le tocó pasar un tiempo de guerra civil y de postguerra, en las que faltaron alimentos, pasamos hambre de pan, por ejemplo, dificultad de conseguirlos, aunque dispusiera de algún dinero. Imposibilidad de asistir a espectáculos o de tener juguetes. Para que entendáis la situación, gobernaba el estraperlo, concepto que ahora ya ignoráis y que era una especie de contrabando interno, hoy desaparecido, excepto para el mundo de las drogas y semejantes.

6.- Pasó todo aquello para mí y para otros muchos, pero la experiencia me exige solidaridad con los que no gozan de mi estatus social. Apagar las luces, cerrar los grifos, desconectar radios o televisiones, racionar la calefacción. Lo exige la solidaridad. Nuestro planeta azul sufre escasez de agua limpia y de energía, por ejemplo. Nuestra atmosfera está expuesta a un perjudicial cambio climático. Lo exige mucho más nuestra Fe. La austeridad es una forma de imitar al Maestro. Lo exige nuestra creencia de que en el pobre está el mismo Señor, que un día nos dirá: estaba enfermo, encarcelado, descartado, arrinconado, acosado, maltratado, era pobre, analfabeto, impedido físico o mental, ¿y tú qué hiciste conmigo?

7.- Cada pobre, lisiado, impedido, hambriento o despreciado por envidia con el que nos crucemos por la calle, el mercado o por los caminos, será el fiscal del día de nuestro juicio final. No necesitamos abogado defensor para aquel momento, es suficiente que cada día paguemos la cuota de generosidad y austeridad que nos corresponde. Me había propuesto, mis queridos jóvenes lectores añadir el comentario a otra más, pero ahora pienso que lo dicho tanto si vosotros sois fieles a ello como si yo lo cumplo, es suficiente por hoy. Así que acabo.