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26 enero 2017

Dios tiene preferencia por los pobres y humildes


1.- Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Esta idea, que Dios tiene preferencia por los pobres y humildes, es el tema central de las tres lecturas de este cuarto domingo ordinario y del mismo salmo responsorial. En el texto de las Bienaventuranzas, según san Mateo, a los pobres y humildes se les llama <pobres en el espíritu>. No hace falta explicar que <pobres en el espíritu> no tiene nada que ver con los pobres de espíritu, es decir, con los apocados, los cobardes, los doblados, los que renuncian al esfuerzo y a la lucha para mejorar. <Pobres en el espíritu>, dice san Agustín, son los humildes, los que no ponen su confianza en sus propias fuerzas, ni en la ayuda que le van a dar los hombres, sino que saben que su única verdadera y definitiva ayuda es el Señor. Para convencernos de esta preferencia de Dios por los pobres en el espíritu nos basta fijarnos en el comportamiento de Jesús con los pobres, los pecadores, los marginados de la sociedad en la que él vivió, los más débiles.
Jesús amó a los pobres que eran humildes, a los pobres en el espíritu, y les prometió el Reino de los Cielos; Jesús amó a los sufridos y les dijo que ellos heredarán la tierra; Jesús amó a los que lloran y les dijo que ellos serán consolados; Jesús amó a los que tienen hambre y sed de justicia y les prometió que ellos quedarán saciados; Jesús amó a los misericordiosos, y a los limpios de corazón, y a los que trabajan por la paz, y a los que son perseguidos por causa de la justicia, y a todos ellos les prometió el Reino de los Cielos. Lo que no debemos hacer los cristianos nunca es considerar estas Bienaventuranzas de Jesús en un sentido solamente vertical, porque eso sería hacer de las Bienaventuranzas “opio del pueblo”, en lenguaje de Marx. Decir a los pobres que se resignen y se conformen con su pobreza aquí en la tierra, que sólo confíen en Dios, porque Dios les va a dar felicidad y plenitud en la otra vida, es convertir la religión en opio del pueblo. Jesús quería que los pobres y humildes fueran felices también en esta vida, por eso, los cristianos debemos predicar también las Bienaventuranzas en sentido horizontal: debemos luchar para que en esta vida los pobres en el espíritu tengan todo lo que necesitan para vivir con dignidad. Todos somos responsables, en algún sentido, de la pobreza, la desigualdad y la injusticia del mundo. Si yo lucho contra la pobreza, la desigualdad y la injusticia en este mundo, estoy contribuyendo a que este mundo sea un poco menos malo. Pongamos nuestra confianza en Dios, seamos humildes y, al mismo tiempo, trabajemos para que este nuestro mundo sea cada día un poco menos malo. Eso deben decirnos a nosotros, los cristianos, las Bienaventuranzas que predicó Jesús desde la montaña.
2.- Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El profeta Sofonías vivió tiempos difíciles, en los que los gobernantes oprimían a los más débiles. El profeta le dice al pueblo que no se desanime, porque el Señor les va a auxiliar. Ellos, el pueblo, deben confiar en el Señor, pero sabiendo que confiar en el Señor supone y exige vivir según una determinada ética, defendiendo siempre la justicia, la bondad y la verdad. Esa debe ser nuestra actitud como cristianos: confiar en el Señor, pero haciendo por nuestra parte todo lo que esté en nuestras manos para que triunfen la justicia, la bondad y la verdad. Lo que hizo, en definitiva, Jesús de Nazaret.
3.- El que se gloríe que se gloríe en el Señor. En tiempos de san Pablo, la mayoría de los cristianos que acudían a la asamblea eucarística eran de condición social baja. San Pablo les dice que pongan su confianza en el Señor, porque todo lo bueno que tienen es un don de Dios. En nuestras asambleas eucarísticas, hoy día, hay personas de todas las clases sociales. Lo que nos diría hoy a nosotros san Pablo es que todos nos comportemos como hermanos, intentando vivir en auténtica fraternidad cristiana. Que consideremos la vida y todo cuanto tenemos como un regalo de Dios y que pongamos todo, incluidas nuestras vidas, al servicio del evangelio. Somos obreros de Dios y todos debemos trabajar con humildad para que el reino de Dios pueda hacerse realidad entre nosotros, tal como lo hizo, mientras vivió entre nosotros, Jesús de Nazaret, nuestro Maestro, nuestro Guía, nuestro Salvador. Y, si nos gloriamos de algo, que nos gloriemos en el Señor.
Por Gabriel González del Estal