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03 enero 2017

Bautismo de Jesús: Recurso

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JESÚS ES “EL HIJO”
El Ciclo litúrgico de Navidad concluye con la celebración del Bautismo del Señor, tercera “epifanía” o manifestación de Jesús, el Señor: a los pobres, a los “magos” y al pueblo entero de Israel. Pero Jesús ya no es ahora el “niño” Jesús. La relación materno-filial pasa a un segundo plano. Jesús adulto comienza una nueva relación con el Padre, profundizada silenciosamente en los treinta años de “vida oculta”. Jesús, en oración, recibe la Palabra del Padre y le llama “Hijo”.
Las miradas tiernas hacia el niño y sus palabras balbucientes han terminado. Miramos ahora al Jesús adulto, lejos del Nazaret infantil. Jesús de Nazaret acude al Jordán y se bautiza «en un bautismo general». En el silencio de la oración, Jesús se deja decir por el Padre. Es un bautismo de “conversión”, de cambio de vida, de envío y misión.
Por eso nosotros, en este día, recibimos también sobre nosotros la Palabra del Padre. Jesús es “el Hijo” y nosotros, bautizados en un mismo bautismo, somos también llamados “hijos”, revelándose así la plenitud de lo que siempre fuimos, hijos de un mismo Padre, miembros de una única familia humana,
Como gesto de esta Eucaristía queremos renovar el bautismo, pieza clave de nuestra nueva vida y camino como “hijos” en “el Hijo”. El agua bautismal será la clave simbólica –sacramental- del día de hoy.
EL GESTO
Puede realizarse como “rito inicial” en lugar del “acto penitencial”.
Monición (sentido de lo que vamos a hacer)
Al término de la Navidad, Jesús se presenta hoy ante todos nosotros de un modo nuevo. Ya no es el “niño” Jesús que hemos celebrado estos días. Es el Jesús ya adulto que se bautiza con Juan bautista en el Jordán. Su bautismo es un bautismo de “conversión” hacia una vida nueva. Jesús recibe la Palabra del Padre: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto». También nosotros hemos recibido un bautismo de “conversión”, que no es el bautismo de Juan, sino el de Jesús. Todos los seres humanos son hijos de Dios, pero el bautismo nos transforma en “hijos” en el Espíritu de Jesús, “el Hijo del Padre”. Hemos sido engendrados a una vida nueva. Por eso hoy renovamos nuestro bautismo y nuestra misión, la de ser discípulos de Jesús desde el espíritu de la Misericordia, que es el espíritu de Dios Padre.

Una familia –abuelos, padre y madre, hijos- se trasladan procesionalmente al baptisterio portando una jarra llena de agua mientras se canta alguna canción alusiva al agua del bautismo. Cada uno lleva ade- más en sus manos un ramo de hojas y unos pequeños recipientes vacíos con los que realizar después el rito de la aspersión. Al llegar al baptisterio, uno de los miembros de la familia, muy lentamente, va derramando sonoramente el agua de la jarra en la pila bautismal. El sacerdote, mientras corre el agua, recita esta oración:
Sacerdote:
Dios Padre, que te sirves de tu criatura, nuestra hermana agua,
para signi car la vida nueva
y la limpieza de quienes quieren seguir los pasos de Jesús:
Del agua nació la vida;
la tierra es un planeta azul del color del agua;
y los mares y los ríos están llenos de seres vivos.
Atravesando el agua nos embarcamos hacia nuevas rutas,
como el pueblo de Israel
que, cruzando el mar Rojo,
descubrió la libertad.
Jesús de Nazaret
se bautizó en el agua del río Jordán
en un bautismo general de Juan Bautista.
Pero, estando en oración,
recibió para todos nosotros
la Palabra del Padre:
«Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».
Y vino sobre Él el Espíritu de Dios,
que es Espíritu de Misericordia.
En ese mismo bautismo de Espíritu
hemos sido bautizados

los que nos llamamos cristianos,
discípulos de Jesús,
hijos del mismo Padre, Dios.
Que esta agua hoy también
realice en nosotros lo que significa:
una vida nueva, como la de Jesús,
un nuevo camino,

una vida de libertad
para amar y servir a todos
como amó y vivió Jesús de Nazaret,
el “Hijo de Dios”.
A continuación cada uno de los miembros de la familia toma en sus cuencos un poco del agua derramada y se distribuye por toda la asamblea aspergiendo con el agua del bautismo. Entre tanto vuelve a cantarse una canción alusiva al agua y al bautismo.
Vuelven hasta el presbiterio y colocan sus cuencos sobre el altar.
El sacerdote prosigue con la oración colecta de la eucaristía.
HIMNO A JESUCRISTO, “EL HIJO”
¡Jesús es el Hijo!
Era de su condición divina
pero no se aferró a su categoría de Dios.
Se despojó de su rango

y tomó la condición de esclavo.
Antífona cantada: ¡GLORIA, HONOR A TI, SEÑOR JESÚS! (Lucien Deiss)
Dí con el corazón: Jesús es Señor.
Di con los labios: Jesús es Señor.
Grábalo en tus entrañas: Jesús es Señor.
Cántalo con tu voz: Jesús es Señor.
Anúncialo a los cuatro vientos: Jesús es Señor.
Pregónalo con fe y gozo: Jesús es Señor.
Antífona cantada: ¡GLORIA, HONOR A TI, SEÑOR JESÚS!
Se hizo uno de tantos.
Se presentó entre nosotros como un simple hombre.
Se abajó hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo encumbró sobre todo

y le concedió el título que sobrepasa todo título:
Jesús, el Hijo del Padre.
Antífona cantada: ¡GLORIA, HONOR A TI, SEÑOR JESÚS!
Jesús es Señor:
no hay más señores;
los señores del dinero y de la salud,
de las armas y de las leyes,

del poder y de los negocios,
de la democracia y de la razón de estado,
de la carne y del templo,

todos los príncipes de este mundo,
señores de las tinieblas,

están vencidos.
Antífona cantada: ¡GLORIA, HONOR A TI, SEÑOR JESÚS!
Por eso levantamos nuestro corazón
y lo ponemos en el Señor.
Damos gracias al Señor, nuestro Dios
porque es justo y necesario.

Y por eso, unidos a todo lo creado,
cantamos hoy un himno a su gloria.