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17 diciembre 2016

UNA NAVIDAD DIFÍCIL de J.A. Pagola


Resultado de imagen de una navidad difícil

DEMASIADO bello para ser verdad. Así se nos presenta hoy el mensaje de la Navidad. ¿Cómo anunciar una «alegría grande» a todo el mundo cuando sabemos que la vida es para tantos una amenaza continua de inseguridad, de sinsentido y de miedo? ¿Cómo cantar la paz en la tierra cuando vivimos envueltos en crueles imágenes de guerra y terror? ¿Quién podrá consolar nuestro corazón del cansancio y la desilusión?
Hace unos años K. Rahner escribió algo que quiero escuchar estos días:
«Cuando al pobre corazón le parece que lo que anuncia la Navidad es demasiado bello para ser verdad, entonces la voz del corazón debe atender con más urgencia al mensaje del Niño que ha nacido hoy».
Navidad nos dice, en primer lugar, quién es Dios. Hay algo muy metido en nosotros que nos lleva a imaginarlo omnipotente, eterno y lejano. Sin embargo, Dios es diferente de lo que nosotros pensamos de él. Dios no es un invento de los teólogos; es algo misterioso e increíble que ha llevado a Dios a compartir nuestra existencia. ¿No es una suerte que Dios sea así?
Navidad nos revela, al mismo tiempo quién es el hombre. Sentimientos contrarios se entremezclan dentro de mí estos meses: decepción y confianza, pena por el ser humano y deseo grande de paz, desilusión y secreta esperanza: no puedo «entender» la lógica de los poderosos de la Tierra y me apena el silencio de los hombres de bien. Navidad nos dice que la aventura humana no es un fracaso; que no estamos solos en manos del mal; que Dios sufre con nosotros; que él nos acompaña hacia la vida eterna. Desde el desamparo del Pesebre hasta el asesinato de la Cruz, Cristo no dice otra cosa¿De quién nos puede llegar la «salvación» si no es de El?.
No es fácil pronunciar hoy esta palabra, pero tiene razón el teólogo belga A. Gesche cuando afirma que «la idea de salvación merece ser escuchada de nuevo como una de esas viejas palabras que vuelven a resonar en nosotros porque todavía tienen algo que decirnos». El mundo busca «salvación» y no sabe hacia dónde dirigir su mirada. ¿Nos atreveremos a escuchar el mensaje navideño? 

 



JESUS, APROXIMACION HISTORICA
 

El pueblo de Jesús

Nazaret era un pequeño poblado en las montañas de la Baja Galilea. El tamaño de las aldeas de Galilea, su disposición y emplazamiento variaban bastante. Algunas estaban situadas en lugares protegidos, otras se asentaban sobre un alto. En ninguna se observa un trazado pensado de antemano, como en las ciudades helénicas.
De Nazaret sabemos que estaba a unos 340 metros de altura, en una ladera, lejos de las grandes rutas, en la región de la tribu de Zabulón. Una quebrada conducía en rápido descenso al lago de Genesaret. No parece que hubiera verdaderos caminos entre las aldeas. Tal vez el más utilizado era el que llevaba a Séforis, capital de Galilea cuando nació Jesús. Por lo demás,, el poblado quedaba retirado en medio de un bello paisaje rodeado de alturas. En las pendientes más soleadas, situadas al sur, se hallaban diseminadas las casas de la aldea y muy cerca terrazas construidas artificialmente donde se criaban vides de uva negra; en la parte más rocosa crecían olivos de los que se recogía aceituna. En los campos de la falda de la colina se cultivaba trigo, cebada y mijo. En lugares más sombreados del valle había algunos terrenos de aluvión que permitían el cultivo de verduras y legumbres; en el extremo occidental brotaba un buen manantial. En este entorno se movió Jesús durante sus primeros años: cuesta arriba, cuesta abajo y algunas escapadas hacia unos olivos cercanos o hasta el manantial.
Nazaret era una aldea pequeña y desconocida, de apenas doscientos a cuatrocientos habitantes. Nunca aparece mencionada en los libros sagrados del pueblo judío, ni siquiera en la lista de pueblos de la tribu de Zabulón. Algunos de sus habitantes vivían en cuevas excavadas en las laderas; la mayoría en casas bajas y primitivas, de paredes oscuras de adobe o piedra, con tejados confeccionados de ramaje seco y arcilla, y suelos de tierra apisonada. Bastantes tenían en su interior cavidades subterráneas para almacenar el agua o guardar el grano. Por lo general, solo tenían una estancia en la que se alojaba y dormía toda la familia, incluso los animales. De ordinario, las casas daban a un patio que era compartido por tres o cuatro familias del mismo grupo, y donde se hacía buena parte de la vida doméstica. Allí tenían en común el pequeño molino donde las mujeres molían el grano y el horno en el que cocían el pan. Allí se depositaban también los aperos de labranza. Este patio era el lugar más apreciado para los juegos de los más pequeños, y para el descanso y la tertulia de los mayores al atardecer.
Jesús ha vivido en una de estas humildes casas y ha captado hasta en sus menores detalles la vida de cada día. Sabe cuál es el mejor lugar para colocar el candil, de manera que el interior de la casa, de oscuras paredes sin encalar, quede bien iluminado y se pueda ver. Ha visto a las mujeres barriendo el suelo pedregoso con una hoja de palmera para buscar alguna moneda perdida por cualquier rincón. Conoce lo fácil que es penetrar en algunas de estas casas abriendo un boquete para robar las pocas cosas de valor que se guardan en su interior. Ha pasado muchas horas en el patio de su casa y conoce bien lo que se vive en las familias. No hay secretos para nadie. Ha visto cómo su madre y las vecinas salen al patio al amanecer para elaborar la masa del pan con un trozo de levadura. Las ha observado mientras remiendan la ropa y se ha fijado en que no se puede echar a un vestido viejo un remiendo de tela sin estrenar. Ha oído cómo los niños piden a sus padres pan o un huevo, sabiendo que siempre recibirán de ellos cosas buenas. Conoce también los favores que saben hacerse entre sí los vecinos. En alguna ocasión ha podido sentir cómo alguien se levantaba de noche estando ya cerrada la puerta de casa para atender la petición de un amigo.
Cuando más adelante recorra Galilea invitando a una experiencia nueva de Dios, Jesús no hará grandes discursos teológicos ni citará los libros sagrados que se leen en las reuniones de los sábados en una lengua que no todos conocen bien. Para entender a Jesús no es necesario tener conocimientos especiales; no hace falta leer libros. Jesús les hablará desde la vida. Todos podrán captar su mensaje: las mujeres que ponen levadura en la masa de harina y los hombres que llegan de sembrar el grano. Basta vivir intensamente la vida de cada día y escuchar con corazón sencillo las audaces consecuencias que Jesús extrae de ella para acoger a un Dios Padre.
A los pocos años, Jesús se atreve a moverse por la aldea y sus alrededores. Como todos los niños, se fija enseguida en los animales que andan por el pueblo: las gallinas que esconden a sus polluelos bajo las alas o los perros que ladran al acercarse los mendigos. Observa que las palomas se le acercan confiadas, y se asusta al encontrarse con alguna serpiente sesteando al sol junto a las paredes de su casa.
Vivir en Nazaret es vivir en el campo. Jesús ha crecido en medio de la naturaleza, con los ojos muy abiertos al mundo que le rodea. Basta oírle hablar. La abundancia de imágenes y observaciones tomadas de la naturaleza nos muestran a un hombre que sabe captar la creación y disfrutarla. Jesús se ha fijado muchas veces en los pájaros que revolotean en torno a su aldea; no siembran ni almacenan en graneros, pero vuelan llenos de vida, alimentados por Dios, su Padre. Le han entusiasmado las anémonas rojas que cubren en abril las colinas de Nazaret; ni Salomón en toda su gloria se vistió como una de ellas. Observa con atención las ramas de las higueras: de día en día les van brotando hojas tiernas anunciando que el verano se acerca. Se le ve disfrutar del sol y de la lluvia, y dar gracias a Dios, que «hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos». Mira los grises nubarrones que anuncian la tormenta y siente en su cuerpo el viento pegajoso del sur, que indica la llegada de los calores.
Jesús no solo vive abierto a la naturaleza. Más adelante invitará a la gente a ir más allá de lo que se ve en ella. Su mirada es una mirada de fe. Admira las flores del campo y los pájaros del cielo, pero intuye tras ellos el cuidado amoroso de Dios por sus criaturas. Se alegra por el sol y la lluvia, pero mucho más por la bondad de Dios para con todos sus hijos, sean buenos o malos. Sabe que el viento «sopla donde quiere», sin que se pueda precisar «de dónde viene y a dónde va», pero él percibe a través del viento una realidad más profunda y misteriosa: el Espíritu Santo de Dios. Jesús no sabe hablar sino desde la vida. Para sintonizar con él y captar su experiencia de Dios es necesario amar la vida y sumergirse en ella, abrirse al mundo y escuchar la creación.