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29 diciembre 2016

MARÍA, LA MAMÁ DE JESÚS

Para que Jesús naciera, necesitaba una mamá. Entonces Dios escogió la mejor de todas lasmamás; la más buena y la más bella: María.
María era una jovencita que vivía en Nazaret, un pueblecito pequeño de Israel, el país donde nació Jesús. Si tienes un mapa de todo el mundo, puedes buscarlo en él.
Un día, mientras María estaba haciendo sus trabajos de la casa, recibió una visita muy especial: el ángel Gabriel llegó de repente, la saludó y le dio un mensaje de parte de Dios. Ella lo escuchó con mucha atención. El ángel le dijo:

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo…  No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa  de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin… El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios” (Lucas 1, 28.30-33.35)
Aunque María no entendía muy bien todo lo que el ángel le estaba diciendo, en su corazón se encendió una luz, y rápidamente le respondió que sí, que ella aceptaba ser la madre de ese niño que iba a nacer, y que sería el Hijo de Dios. Sus papás le habían enseñado que cuando Dios quiere algo de nosotros, cuando Dios nos pide algo, es importante decirle que sí, siempre, sin pensarlo mucho. Sus palabras de respuesta al ángel, fueron:
“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tus palabras” (Lucas 1, 38)
Entonces se produjo en el cielo un gran alboroto y todos los ángeles que estaban cerca de Dios se pusieron a cantar muy alegres. Y Dios hizo el más grande milagro que ha hecho: en el vientre de María virgen comenzó a formarse Jesús, como nos formamos todos en el cuerpo de nuestra mamá, aunque esta vez fue muy especial, porque el papá era nada más y nada menos que Dios mismo.