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11 diciembre 2016

Los cuatro rostros de la Navidad

CUATRO ROSTROS DE LAS NAVIDADES

Probablemente, Navidad nunca fue una fiesta entendida por todos del mismo modo. Hoy, al menos, aparece con múltiples rostros. Hay una Navidad monacal, en latín y canto gregoriano, tan antigua como los monasterios, escondida en abadías recónditas; una Navidad parroquial, con misa del gallo, coros y belén, en declive de fieles y auge celebrativo; una Navidad de coros y scholas que cantan villancicos en iglesias y colegios; una Navidad de cantatas y oratorios de música clásica para los melómanos de los conciertos; una Navidad de vacaciones escolares con incesantes películas de dibujos animados, y una Navidad de tiendas y almacenes y de plazas con tenderetes navideños que invitan al consumo y al derroche. Según se entienda y viva el hecho navideño puede hablarse, al menos, de cuatro navidades: la comercial, la familiar, la popular y la cristiana.


La Navidad comercial
A la luz del calendario comercial, Navidad es una ocasión extraordinaria de los tenderos para multiplicar las ventas de toda clase de productos. Se advierte su proximidad por la decoración e iluminación de calles y plazas, fachadas y escaparates, con miles de bombillas, a cargo de los ayuntamientos. Semanas antes del día de Navidad, a saber, desde el 1 de diciembre al menos, el comercio despliega una actividad febril. Los grandes almacenes y tiendas modestas aprovechan esos días para vender productos típicos de estas fiestas: cordero y besugo, turrones y mazapán, champán y vino dulce, cava y sidra, guirnaldas con bolas de colores y cintas de adorno, portales y figuras del belén, corcho y musgo, árboles de navidad, juguetes y regalos de todo tipo.
Navidad da lugar a ventas abrumadoras, felicitaciones con tarjetas apropiadas, intercambio de regalos, programas televisivos especiales, discursos de los mandatarios, salas de fiestas y comidas suculentas. Con razón puede decirse que uno de los protagonistas más destacados de la Navidad es hoy el consumo, polo opuesto a lo que es estrictamente la Navidad cristiana. Contrasta el nacimiento pobre de Jesús con el comercio navideño que nos invita al derroche. La Navidad primera fue solidaria, oculta, liberadora. La Navidad actual engendra consumismo, emulación y gastos desmedidos.
Al tener las fiestas navideñas un fondo de tradición cristiana, los anuncios se repiten machaconamente año tras año. En navidades apenas se innova. Por supuesto, la estrategia comercial no se opone a la Navidad sino que la integra. Frente a lo comercial queda en segundo plano el hecho religioso del nacimiento de Jesús. Frente al misterio cristiano suena con más fuerza el mensaje comercial.
En la actual sociedad secularizada, las navidades son fiestas de invierno, con el prólogo de la lotería del Gordo, el intermedio de la cena de Navidad, la algarabía de las doce campanadas del año nuevo y el epílogo de la cabalgata de reyes con los juguetes infantiles.
En los días navideños, que coinciden con el final del año viejo, se desorbita todo, quizá por ser un tiempo intensamente festivo, entrañable y popular. Hay obsesión por comprar regalos, sean teléfonos móviles y velas sugestivas, colonias y perfumes, corbatas y pañuelos, libros, vídeos y discos compactos. Se ven las calles abarrotadas de gente con bolsas vistosas, repletas de obsequios. En la Navidad comercial hay mucho ruido, música a todo volumen, consumismo y masificación. Como contrapartida, da trabajo extra a multitud de vendedores, conductores, carteros y barrenderos.
Algunos piensan que las navidades de otra época fueron mejores, al tener por cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Pienso que no es cierto. Las navidades de antes transcurrían en un ambiente cultural rural, pobre y desigual, injusto socialmente. Quizás era una Navidad más cercana y nuestra, de pocos gastos y de clases sociales separadas, frente a la Navidad anglosajona que nos invade, más igualitaria y bullanguera pero descaradamente consumista.
Según encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas, el 60 por ciento de los españoles entrevistados considera que las navidades son «fiestas alegres, en las que la mayoría de la gente disfruta»; un 20 por ciento cree que no son «ni tristes ni alegres» y un 18 por ciento piensa que son «más bien tristes». El 60 por ciento opina que hoy son las fiestas navideñas menos religiosas que antes. Prevalece la cara familiar sobre la religiosa: el 90 por ciento celebra la nochebuena en el hogar familiar. El fin de año se reparte entre la familia (60 por ciento) y los amigos (30 por ciento). Un 16 por ciento encuentra que la Navidad es fiesta religiosa.
Curiosamente, a pesar de que las navidades son, junto al verano, tiempo de consumo desmedido, sólo un 14 por ciento de los españoles considera que es momento de gastar o hacer negocio. De hecho, el 80 por ciento de los españoles reconoce que en Navidad hace gastos extraordinarios en comidas y regalos. Los comerciantes lo saben y aprovechan el tirón de estas fiestas.
La Navidad familiar
Por Navidad se decora el hogar casero con el árbol o el belén o con los dos iconos a la vez. Es un tiempo propicio que reúne a los miembros de la familia, a veces dispersos o escasamente comunicados. La Navidad familiar se hace visible por el retomo de muchas personas al lugar de su nacimiento y a las raíces de su hogar, a la tierra de los antepasados. «Vuelve a casa por Navidad», dice una conocida frase publicitaria. Todo gira en este tiempo en tomo al cuarto de estar con la televisión y a la mesa de la cocina o del comedor.
No todo es en las familias nacimiento y alegría, algarabía y villancicos, sino que hay también soledad y tristeza. Se recuerdan en esos días a los ausentes —sean difuntos o alejados por la distancia—, se hace memoria de tiempos pasados y se procuran olvidar rencillas, tensiones y rupturas. Son días de encuentro y de gozo, de nostalgia y recuerdos, caracterizados por las felicitaciones, la abundancia y calidad de la comida, los villancicos y los regalos. Los niños ocupan un lugar preferente. Hay regiones en España, en las que antes se estrenaban vestidos nuevos, los de invierno por Navidad y los de verano por Corpus Christi.
Se acumula tanto en tan pocos navideños días que uno se siente abrumado y aturdido, alegre y apesadumbrado. La fiesta de Navidad es para algunos agridulce, dadas las tensiones existentes en la familia a causa de opiniones políticas o religiosas contrapuestas. Se echan en falta los miembros que han desaparecido, los que no pueden retomar por estar muy lejos y los que no quieren volver.
En Navidad son recordados asimismo personas y pueblos de otras naciones en su condición de exiliados alejados de sus países de origen, encarcelados, huérfanos de todo tipo y, en general, los pobres y marginados. Por estas razones se promueven en parroquias y asociaciones diversas colectas y gestos caritativos, al mismo tiempo que algunas «Organizaciones no gubernamentales» desarrollan una particular actividad. Cuando se ha tenido experiencia familiar de la Navidad, nunca se olvida. Para muchos, Navidad es exclusivamente una fiesta familiar.
La Navidad popular
Para el calendario religioso popular Navidad es una fiesta entrañable, sensible y bulliciosa que festeja el nacimiento del Hijo de Dios del seno de María, como niño Jesús en el portal de Belén, cuya imagen es aclamada con villancicos, zambombas y panderetas. Para el pueblo cristiano, Navidad es el contrapunto del Viernes Santo. Respecto del belén, el pueblo se fija en algunos aspectos fantasiosos: el niño desvalido, la madre silenciosa, san José embobado, el buey y la mula que dan calor con su aliento, los pastores entrañables con sus ovejas, la estrella resplandeciente, la perversidad de Heredes y los reyes generosos con sus dones.
Propios de esta fiesta son los árboles de Navidad con adornos y luces. Significativas y populares son las comidas típicas, según las regiones. Los días navideños son días festivos intensos por la coincidencia de las vacaciones escolares, porque ocho días más tarde se celebra el fin de año y porque es momento de renovación y vitalización de la existencia: necesidad de empezar, rechazo de los fracasos, esperanza de una nueva vida. También juega un gran papel el reparto de juguetes de los Reyes Magos.
En Navidad hay presencia desconcertante de lo divino y nostalgia de lo trascendente. Navidad y Año Nuevo sirven asimismo de ocasión para que las autoridades civiles (reyes y jefes de gobierno), o religiosas (el Papa) dirijan mensajes especiales a sus súbditos o fieles, para trazar un balance anual y animarles a vivir en paz.
Navidad es tiempo de tregua social, donde se borran las diferencias y se aparcan los problemas. Se recuerdan, como contrapunto de los sueños de Navidad, la pobreza y miseria del Tercer Mundo, la xenofobia contra los inmigrantes, el terrorismo enloquecido y las epidemias y enfermedades incurables.
En un planeta con suficientes alimentos para todos, 30 millones de personas se mueren de hambre cada año y otros 800 millones están subalimentados. De los 6 000 millones que tiene la Tierra, 500 millones viven con holgura y 1200 malviven en la miseria, con un ingreso de un dólar al día. Para la inmensa mayoría de los habitantes de la tierra, la vigilia de Navidad no es noche de paz y de amor, no es noche buena. Sigue siendo noche mala.
No faltan los que rechazan la Navidad basados en argumentos variopintos: Jesucristo no nació el 25 de diciembre, santa Claus no existe; Navidad es una fiesta hipócrita, ya que se rechaza la guerra sólo durante esos días; se oyen canciones acarameladas y se ven películas sentimentaloides; los árboles de Navidad son antiecológicos y prima descaradamente el comercio.
Algunos pesimistas rigurosos sostienen que la Navidad es un monumento del pasado y una idolatría del presente, ya que deshonra el nacimiento de Jesús de Nazaret. Creen que las razones para celebrar la Navidad son hipócritas. Otros, más hipocondríacos, creen que en esas fechas hace estragos el síndrome navideño de la depresión.
La Navidad cristiana
Ante la multiplicidad de significados navideños, los cristianos se preguntan por el sentido cristiano de la Navidad. Responden que su celebración exige voluntad de vivirla a la luz de la fe, en un clima de recogimiento y de paz, de cercanía, desprendimiento y amor. Litúrgicamente, Navidad pone el acento en las raíces subversivas del «Dios con nosotros», cercano a pastores y sabios y alejado de dominadores, adinerados, altaneros y poderosos. Celebra el alumbramiento de María, en peregrinación, de noche, con testigos pobres, en medio de alabanzas celestiales.
Para los cristianos creyentes y practicantes, Navidad es cercanía de Dios, adoración del Niño, opción por los pobres, memoria de solidaridad y apelación de fraternidad, libertad y paz. La Navidad cristiana se centra en la encamación del Salvador, en su compasión por la humanidad a la deriva, en su identificación con el pueblo sencillo, en su amor por todos. El sentido de la fiesta litúrgica navideña está en los relatos de la infancia de Jesús, que proclaman evangélicamente el nacimiento del Hijo de Dios.
Los dos relatos de Mateo y Lucas han influido en pintores, escultores, dramaturgos, directores de cine y poetas. Al mismo tiempo han recibido críticas racionalistas por la presencia de lo maravilloso y fantástico que hay en ellos: la cuadra, el buey y la burra, los ángeles, los pastores, los magos y la estrella. Sin duda alguna, han conformado la piedad básica del catolicismo popular y configurado la liturgia navideña. Para los cristianos, Jesús es hombre que nace, vive y muere según el destino de los seres humanos. Pero el Espíritu de Dios habitó en él con toda su plenitud hasta donarlo al morir y resucitar.
Las comunidades cristianas del s. m comenzaron a celebrar en Navidad el misterio de Dios encarnado en las entrañas de María. Navidad testimonia el nacimiento de Jesús con el término encamación. «El verbo se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1,14), se lee en la misa del día de Navidad. Por la encamación. Dios adquiere la experiencia humana de la compasión y solidaridad. La encarnación de Jesús es «abajamiento» que termina en la muerte, inicio de su retomo glorioso al Padre.
Navidad nos descubre quién es Jesús y su buena noticia. Invita a que sea celebrada con paz, alegría y sobriedad. Manifiesta que Dios «se ha hecho en todo semejante a los hombres» (Flp 2,7) y ha dado a conocer «la benignidad y el amor» entre los seres humanos.
Encarnarse significa que algo espiritual toma carne en una realidad material, de ordinario frágil, limitada y pecaminosa. La encamación cristiana indica que Dios asume la condición humana, a saber, comparte misteriosamente la pobreza y acepta la miseria humana para elevarla a su propia vida. Dios se encarna silenciosamente en el seno de María, mujer sencilla, perteneciente a una aldea desconocida, contrapunto de Jerusalén y del templo judío. María es la «privilegiada», la favorecida, la bienaventurada, porque es creyente y está abierta a la voluntad de Dios.
Navidad descubre quién es Jesús y de dónde viene. El primer mensaje navideño es la humanidad de Dios, el misterio de Dios hecho hombre. El segundo, consecuente con el primero, es la divinización de la persona humana en virtud de la fecundidad de María a la «sombra del Altísimo».
Navidad es la fiesta del optimismo cristiano respecto del ser humano y del mundo. Dijo san Ireneo que «Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios». La liturgia navideña habla de un «maravilloso intercambio» entre Dios y el ser humano. También se expresan estas relaciones en términos nupciales.
En definitiva. Navidad celebra dos nacimientos: el del Señor por su encamación en el mundo y el del ser humano a una vida nueva. Entre esposo y esposa, entre Dios y la humanidad, hay un intercambio de entrega y donación. Ante la grandeza del misterio de Dios hecho ser humano, la actitud de la Iglesia es de alabanza, admiración y contemplación. No basta recordar el acontecimiento histórico o reflexionar teológicamente sobre el mismo. La liturgia de la Navidad es una meditación jubilosa.
Las promesas de Dios, mantenidas fielmente por su parte, nacen de la alianza que da cuerpo a la forma de ser y actuar de Dios, Padre y Esposo. Surgen de la iniciativa y compromiso de Dios y se parecen a una alianza nupcial. La alianza de Dios con su pueblo no es ley o contrato, sino compromiso gratuito personal. El nacimiento del Salvador es el comienzo de la nueva alianza.