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14 diciembre 2016

IV Domingo de Adviento: Homilía

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“VA DIOS MISMO EN NUESTRO MISMO CAMINAR”
Introducción: Este último domingo de Adviento nos abre los ojos a la confianza. Dios no se ha olvidado de la Humanidad y sigue renovando cada día su compromiso de Amor y Misericordia con todos. Un Domingo apropiado para agradecer y experimentar la certeza de que Dios es un DIOS CON NOSOTROS (ENMANUEL)
El hombre no está solo.
Es esta una de las claves para entender la vida y el mundo, y para entendernos como cristianos en la Historia. No estamos solos. Nuestro Dios no es un ídolo de barro, sino un Dios que tiene ojos para ver, oídos para escuchar, labios para hablar y corazón para amar. En ocasiones, sin embargo, Dios nos conduce a esa experiencia de soledad recia y fría. Nos hace sentir estériles, como si nuestras vidas no tuvieran sentido. Quiere que conozcamos la debilidad y el vacío para que experimentemos mejor la fuerza y la plenitud que nos llega de Él, cuya con anza estamos llamados a renovar a diario.
La prueba más evidente, la prueba de nitiva de que Dios no ha abandonado a los hombres y que la Humanidad entera es tierra fértil, aunque no lo parezca, es la presencia de su Hijo en medio del mundo. Dios no vive lejos, sino que se ha venido a vivir junto a nosotros, compartiendo nuestra carne, nuestro destino, nuestra debilidad, nuestro yo más profundo. Es el Misterio que celebraremos estos días de Navidad y para el que nos preparamos. No estamos solos en el caminar. Su Encarnación es la garantía plena de su vieja promesa. Y es una promesa que se cumple en nuestra aparente esterilidad. Él es capaz de hacer que broten aguas en el desierto y que los páramos se cubran de ores. Es capaz de dar fertilidad a un vientre estéril y de meterse en el seno de la Historia a través de una virginidad asumida. “No conozco varón”. “No temas, María”. Las claves para entender la presencia alentadora de Dios en nuestro caminar están en la Palabra de Dios de este último domingo de Adviento.
Es hora de echar la vista atrás agradecidos.
Dios siempre estuvo al lado de los que le suplican. Una mirada orante a la Historia de la Salvación y a nuestra historia personal nos llevará a contemplar cómo el Señor nos ha llenado siempre de bondades y nos ha colmado de bienes. Solo nos queda ser agradecidos por esa presencia constante y el. Cuando no vemos sus pasos y su sombra junto a nosotros, es que nos lleva en brazos. Siempre está, aunque, como sucede en las novelas del gran escritor francés François Mauriac, siempre está esperándonos, acechando, cuando creemos que ya no está, en las esquinas de la vida, cuando nos creemos perdidos, derrotados y humillados. Es como ese padre que, viendo a su pequeño hijo gatear en el suelo llorando entre juguetes rotos, tras una caída, lo toma por las axilas y lo levanta a la altura de su mirada. Todo queda arreglado. El amor y la ternura devuelven la dignidad a la persona. Dios siempre está con nosotros, en Jesús, y nos levanta del suelo y nos pone a la altura de su mirada amorosa.
Un caminar en compañía.
No solo es que no estemos solos; es que tampoco caminamos solos. Dios se mani esta en el grupo de los hermanos, entre aquellos con los que más allá de la carne y de la sangre, tenemos vínculos fuertes y espirituales. Caminamos en Iglesia, en comunidad, junto a otros. El Señor se muestra también en la comunión de sus hermanos. Y nos hace sentir la presencia de María, la madre, la mujer de nuestra raza, el ejemplo más vivo de esperanza, de alegría y de vida. María, además, es un ejemplo de cómo “ponernos en camino” y de cómo experimentar que “es Dios mismo quien va en nuestro mismo caminar”. Tras encontrarse con el Señor y abrir su vida y sus entrañas a la palabra y la fuerza de su oferta de amor, “se puso en camino” para una tarea de servicio, junto a su prima Isabel. El canto del Magníficat es para nosotros hoy, y siempre, el mejor texto que nos puede adentrar en la espesura y grandeza del misterio de la Encarnación que vamos a celebrar con ella, compartiéndola con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en estos días de Navidad. En el Cántico de María se resume todo el camino de Adviento del cristiano. María resume cada paso que hemos dado en este tiempo y que nos adentra en el camino a la Luz, la que ella engendró en sus entrañas. Ella es el símbolo de todo un pueblo que esperaba, Israel; y de todo un pueblo que se abre hoy a la fuerza de quien ya ha venido y vive entre nosotros, Jesucristo, el Señor. Ahora, pasado este tiempo, resonarán en nuestros oídos con un sublime gozo la profecía de Isaías que escucharemos en la Navidad. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”.
Juan Rubio Fernández