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08 diciembre 2016

III Domingo Adveinto: Id y decid a Juan lo que estáis viendo y oyendo

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO

“Jesús no puede estar en un lugar sin irradiar” (Carlos de Foucauld).
¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Con esta pregunta, de un Juan Bautista desconcertado, en la oscuridad de la cárcel, comenzamos a orar: ‘¿Eres tú?’. Es una pregunta honrada, necesaria, inquietante que hacemos en un mundo que ni niega ni cree en Dios: ¿Eres tú, Jesús, nuestro Tú? ¿Es a ti a quien tenemos que esperar? Hacemos la pregunta y nos quedamos en silencio, a la escucha de la palabra de Jesús, sin prisa: ¿Qué tiene que ver tu vida con la nuestra? ¿Eres tú quien puede darnos la alegría? ¿Eres nuestro Salvador? “Cuando descubrí a Jesús, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él” (Carlos de Foucauld).      
Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído¡Qué pedagogía tan sorprendente la de Jesús! Nos regala la mirada de los pobres para verlos y descubrir en ellos la presencia del Reino. Nunca hubiéramos imaginado que esta mirada fuera tan liberadora y que trajera tanto gozo. Jesús nos saca a la calle, como nuevo escenario de la oración itinerante. Nos invita a aprender los nombres de los últimos, a conocer sus historias y a mirarlas con ternura. Nos empuja a hacer lo mismo que Él hizo: compartir con los perdidos un cariño entrañable. Jesús se manifiesta en signos frágiles y pobres, y ahí debe ser buscado, amado y servido, visto y oído. Los pobres son nuestra escuela de oración; junto a ellos aprendemos a ser narradores de la alegría del Evangelio. “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Si me preguntan por qué soy manso y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien mucho más bueno que yo’” (Carlos de Foucauld).

¡Dichoso el que no se escandalice de mí! ¡Dichosos si no nos escandalizamos de la forma de amar de Jesús, tan divina, tan humana! ¡Dichosos si creemos en el misterio de la Encarnación y nos dejamos educar por esta nueva sensibilidad del Reino! ¡Dichosos si nos descalzamos ante el misterio del Otro, con mayúscula, y de los otros, con minúscula! ¡Dichosos si nos abajamos para ver, en los que están abajo, el rostro del que se abajó, por amor, hasta nosotros! ¡Dichosos si nos decidimos a acentuar el Evangelio! ¡Dichosos si sabemos conjugar una vida eucarística de adoración con el reconocimiento de Jesús en los pequeñitos de la tierra! ¡Dichosos si preparamos la Navidad con un Adviento de misericordia! “¡Mañana se cumplirán diez años desde que celebro la Santa Misa en la ermita de Tamanrasset! ¡Y ni un solo convertido! Hay que rezar, trabajar y esperar” (Carlos de Foucauld). 
Equipo CIPE

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CURAR HERIDAS

La actuación de Jesús dejó desconcertado al Bautista. Él esperaba un Mesías que extirparía del mundo el pecado imponiendo el juicio riguroso de Dios, no un Mesías dedicado a curar heridas y aliviar sufrimientos. Desde la prisión de Maqueronte envía un mensaje a Jesús: «¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro?».
Jesús le responde con su vida de profeta curador: «Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan; los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia». Este es el verdadero Mesías: el que viene a aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.
Jesús se siente enviado por un Padre misericordioso que quiere para todos un mundo más digno y dichoso. Por eso se entrega a curar heridas, sanar dolencias y liberar la vida. Y por eso pide a todos: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo».
Jesús no se siente enviado por un Juez riguroso para juzgar a los pecadores y condenar al mundo. Por eso no atemoriza a nadie con gestos justicieros, sino que ofrece a pecadores y prostitutas su amistad y su perdón. Y por eso pide a todos: «No juzguéis y no seréis juzgados».
Jesús no cura nunca de manera arbitraria o por puro sensacionalismo. Cura movido por la compasión, buscando restaurar la vida de esas gentes enfermas, abatidas y rotas. Son las primeras que han de experimentar que Dios es amigo de una vida digna y sana.
Jesús no insistió nunca en el carácter prodigioso de sus curaciones ni pensó en ellas como receta fácil para suprimir el sufrimiento en el mundo. Presentó su actividad curadora como signo para mostrar a sus seguidores en qué dirección hemos de actuar para abrir caminos a ese proyecto humanizador del Padre que él llamaba «reino de Dios».
El papa Francisco afirma que «curar heridas» es una tarea urgente: «Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita hoy es capacidad de curar heridas». Habla luego de «hacernos cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano, que lava, limpia y consuela». Habla también de «caminar con las personas en la noche, saber dialogar e incluso descender a su noche y oscuridad sin perdernos».
Al confiar su misión a los discípulos, Jesús no los imagina como doctores, jerarcas, liturgistas o teólogos, sino como curadores. Siempre les confía una doble tarea: curar enfermos y anunciar que el reino de Dios está cerca.
José Antonio Pagola