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02 diciembre 2016

II Domingo de Adviento: Comentario al Evangelio

Queridos hermanos:
¡Vuelve mañana Juan!, una voz grita en nuestras plazas, ¿no era en el desierto? Sí, pero nuestras plazas a veces, son desiertos, aunque estén llenas de gente: “Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. ¡No me grites muchacho!, y vístete decentemente si quieres decirme algo: “Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero en la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Bueno, esto es más que corriente, será otro supuesto parado, pidiendo algo. ¿Quién te va a escuchar con esas pintas?, ¿no sabes que la gente está ya muy escamada?, ¡apártate, que te va a pillar un coche!

¿Un camino?, ¿convertirnos?, ¿está llegando el Reino?, esto me suena a un visionario, que no se habrá tomado la medicación convenientemente. Anda, que todo este tinglado de meterse todos sus seguidores en la fuente, dicen que para bautizarse, no sé como estos alcaldes modernos lo permiten. Encima, arremete contra los que nos paramos a mirar, nos llama: “¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión”, sus palabras son muy agradables: “Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego”.

Por cierto, también nos anuncia que detrás de él viene alguien: “Pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias”, no estamos para muchas visitas, pero al menos reconoce, que es más importante que él. Ese bautizará con agua, pero no sólo con agua, sino con espíritu y fuego, menudo espectáculo, y en su mano tendrá un bieldo: “Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga”.
Se me ha acercado, da un poco de miedo, dice: “Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras”, puede que no le falte razón, pero no se ha dado cuenta, de que no es tiempo, ni para bañarse en la fuente (bautizarse), con el frío que hace, ni para pedirnos que nuestras vidas cambien. Dejémoslo estar, en esta época de adornos y consumo, lo de convertirse, puede ser un propósito que hagamos para el año nuevo. ¡Que vuelva más tarde!, ¡no nos agües la fiesta!, que está todo preparado como cada año, para que la venida del que nos anuncias, no nos moleste.
Me voy calle abajo, a mi mente vienen lejanamente, las palabras del profeta Isaías: “Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león como el buey, comerá paja. El niño de pecho retoza junto al escondrijo de la serpiente, y el recién destetado extiende la mano hacia la madriguera del áspid”. Hay muchos sueños que no salen a la luz.
Echo una mirada a mis adentros. Puedo aparentar por fuera felicidad, alegría, satisfacción, pero es indudable, que por dentro, el fuego de la insatisfacción me quema y me hace daño. En lo más secreto y profundo de mi intimidad, donde el tesoro es más mío, guardo un cúmulo enorme de esperanzas frustradas, que no consigo hacer realidad. Y lo malo, es que tú eres igual que yo y que el de más allá: tranquilo por fuera y herido por dentro, hasta la médula de nuestra seguridad. Somos así, no nos engañemos, pero nos engañaríamos más, si siguiéramos pensando, que debemos seguir siendo así. La esperanza no está muerta, no ha desaparecido, está escondida, llena de polvo, en la oscuridad de nuestros adentros. Pero respira y hay que sacarla a la luz. El ser más miserable de la tierra la lleva dentro. Hay que alimentarla, puede que se esté agotando el tiempo.
Juan es la voz, el grito que tenemos dentro, vuelve cada año, esperando que comprendamos lo que es el Adviento. Salgamos a las plazas o al desierto, allí no hace falta abrir las ventanas, para sentir la brisa del Reino, que sopla con fuerza y nos invita a convertirnos, a que cambiemos.