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05 noviembre 2016

Varias homilías para el domingo 6 de noviembre


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1.- CREER EN LA RESURRECCIÓN ES CREER QUE DIOS ES UN DIOS DE VIVOS, NO DE MUERTOS

Por Gabriel González del Estal

1.- Que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos. La trampa saducea, es decir la pregunta con la que los saduceos querían dejar en ridículo a Jesús, suponía dos cosas: la primera, que ellos no creían en la resurrección de los muertos y la segunda, que pensaban que Jesús tenía un concepto totalmente equivocado de lo que realmente era la resurrección. Jesús no creía que los que resucitan vayan a vivir en la otra vida como habían vivido en esta. En la otra vida no hay tiempo, ni espacio, y, consecuentemente, el que vive en la eternidad, ya no puede morir nunca, porque allí no habrá ni un antes, ni un después, todo es un eterno ahora. Dios está siempre vivo, porque la esencia de Dios es ser, Dios es “el que es”. En los tiempos que ahora nosotros vivimos hay muchos que como los saduceos no creen en la resurrección de los muertos. Pero somos muchísimos, somos miles de millones, los que sí creemos en la resurrección. Toda persona que practica conscientemente una religión –y somos millones de personas los que practicamos alguna religión- cree en la resurrección. Creer o no creer en la resurrección es una cuestión de fe, no es producto de un argumento racional y empírico. Lo que está claro es que los que creemos en la resurrección creemos que Dios es un ser vivo, eternamente vivo, y que da y otorga vida a los que creen en él. Si resucitamos en Dios, en el ser eternamente vivo, resucitamos para siempre, viviremos para siempre. Esto no impide que admitamos que creer en la resurrección no nos da derecho a decir cómo será realmente la resurrección de los muertos. Debemos ser intelectualmente humildes y reconocer nuestra ignorancia sobre el cómo de la resurrección. Los cristianos creemos en la resurrección de los muertos como creemos en los demás misterios de la religión cristiana. Los misterios se creen, o no se creen, pero no se explican empíricamente. Alabemos a Dios, a un Dios de vivos y eternamente vivo, por nuestra fe en la resurrección.


2.- Tú, malvado, nos arrancarás la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. La fe en la resurrección de los siete hermanos macabeos, con su madre al frente, es realmente admirable. Aceptan el martirio con una entereza grande, consecuencia de su confianza en la palabra de su Dios, de Yahvé, y lo hacen sin exigir la muerte de nadie a cambio, aceptan su martirio sin exigir, ni provocar mártires del bando contrario. En estos tiempos en los que nosotros vivimos, estamos acostumbrados a escuchar todos los días que algunas personas dicen morir por su fe, pero matando a los que no creen lo mismo que ellos creen, mueren matando a los que no comparten su fe. Estos casos de martirio no tienen nada que ver con el martirio de los siete hermanos macabeos, y no los puede querer Dios, porque, como hemos dicho arriba, nuestro Dios es un Dios de vivos, no de muertos. Nuestros mártires no buscan el martirio; lo aceptan como consecuencia de su fe, sin exigir la muerte de los que no comparten su misma fe. Nuestros mártires, como hizo Jesús, mueren pidiendo a Dios que perdone a los que les matan, porque no saben lo que hacen. Esta debe ser nuestra posición ante el martirio.

3.- Que Jesucristo, nuestro Señor y Dios, nuestro Padre, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Cuando se escribe esta carta, posiblemente a finales del siglo 1, la comunidad de Tesalónica estaba sufriendo serias dificultades, por lo que el autor de la carta les pide a los fieles cristianos que tengan constancia en su fe en Cristo. También le pide a Dios que les consuele internamente y les dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Podríamos muy bien entender estas palabras de esta segunda carta a los Tesalonicenses como palabras dirigidas a nosotros. Porque también hoy nosotros tenemos dificultades para predicar y mantener viva nuestra fe en Cristo. En muchas partes del mundo nuestra fe sufre verdadera persecución y en otras muchas partes sufre verdadera indiferencia. Debemos pedir fuerza interior y exterior a Dios nuestro Padre y a Jesucristo, nuestro Señor, para seguir constantes en la fe y para no perder nunca el consuelo y la confianza interior. Así se lo pedimos hoy desde aquí a nuestro Dios y Señor.

2.- ESPERANZA EN LA VIDA ETERNA

Por José María Martín OSA

1.- Hay vida después de la vida. En las pirámides y en las tumbas egipcias hay multitud de detalles que reflejan su concepción sobre el más allá: es una prolongación de este mundo. Por eso, se momifica el cuerpo del difunto, aparecen pintados en las paredes objetos de la vida cotidiana, sobre todo aquellos relacionados con la vida placentera. En muchas ocasiones junto al difunto se encuentra todo su ajuar y comida en abundancia. Incluso se encerraba a los sirvientes vivos juntamente con el difunto para que le sirvieran en la otra vida. El descubrimiento de la tumba de Tuntakamón, un faraón que murió joven y no tuvo ninguna importancia en la historia, permitió el conocimiento de la vida cotidiana en Egipto, pues allí se describía todo lo que tenía que ver con la vida terrenal, que continuaba en la otra vida. Esta idea es la que subyace en el planteamiento de los saduceos, aunque ellos en el fondo no creían en la resurrección. Sin embargo, hacen una pregunta trampa a Jesús para ponerlo en evidencia. A pesar de que en el Antiguo Testamento poco a poco, de forma progresiva, Dios fue revelando el misterio de la resurrección, los saduceos estaban anclados en el pasado y se negaban a aceptar la existencia de otra vida. No tenían en cuenta el libro del profeta Ezequiel, cuando Dios reanima los huesos secos, ni tampoco el segundo Libro de los Macabeos, donde se expone claramente la fe en la resurrección. El cuarto hijo responde al rey torturador: "Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará". El Libro de la Sabiduría, el último del Antiguo Testamento, corrobora esta creencia en la vida después de la vida.

2. - Jesús aclara el concepto de resurrección y lo que significa para el cristiano. Es otra dimensión. No se trata de una simple reanimación del cuerpo, ni de una prolongación de esta vida. Por eso es absurdo el planteamiento de los saduceos. Estos se apoyan en la ley del levirato que obligaba al hermano del difunto a casarse con la viuda cuando ésta no tiene a nadie que la mantenga. Si una mujer se casa siete veces, ¿quién será su marido en la otra vida? Jesús responde diciendo que cuando morimos aquí participamos en la resurrección, mediante la cual no volvemos a morir. Porque Dios es un Dios de vivos, no de muertos, es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. En la vida en plenitud no importará si uno está casado o soltero, es una vida nueva, donde se manifestará de verdad que somos hijos de Dios y le "veremos tal cual es". El error está en confundir el cuerpo con la materia. No es el cadáver lo que se reanima con la resurrección, es todo nuestro ser el que participa de una vida eterna, que no se acaba, que plenifica, que nos hace felices para siempre.

3. – No perder la esperanza en las dificultades. En épocas de crisis triunfa la literatura apocalíptica. La segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses muestra que el Apóstol está siendo objeto de una persecución. En tiempos difíciles se hace necesario ser fuertes en la fe, mantener viva la esperanza, ser constantes en la oración. No es nueva esta situación para los cristianos. Ahora mismo vivimos una época de crisis, algunos hablan de persecución contra la Iglesia... Sin embargo es en esos momentos cuando la fe y la vivencia de la misma se purifican y se fortalecen. El consejo final de San Pablo resume cuál debe ser nuestra actitud: amar a Dios y tener la constancia de Cristo. Estamos llamados a vivir una vida en plenitud. Es lo que celebramos cada domingo, día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal. A esta misma esperanza nos anima San Agustín:

¿Adónde hay que seguir al Señor? Sabemos adónde va: allí hay que seguirle. No hay motivo alguno para perder la esperanza; no porque el hombre pueda algo, sino por la promesa de Dios. El cielo estaba lejos de nosotros antes de que nuestra cabeza subiera a él. ¿Por qué perder la esperanza, si somos miembros de tal cabeza? Allí hemos de seguirle. ¿Y quién hay que no quiera seguirle a tal lugar, sobre todo teniendo en cuenta que en la tierra se trabaja en medio de tantos temores y dolores? ¿Quién no quiere seguir a Cristo a aquel lugar en que la felicidad es suma, como también la paz y la seguridad perpetua? Cosa buena es seguirle a aquel lugar; pero hay que ver por dónde. En efecto, el Señor Jesús no decía estas cosas después de haber resucitado. Aún no había resucitado; tenía que pasar por la cruz, la deshonra, las afrentas, la flagelación, la coronación de espinas, las llagas, los insultos, los oprobios, la muerte. (Sermón 96, 3-4).

3.- LA HISTORIA QUE YA NUNCA ACABARÁ

Por Antonio García-Moreno

1.- VALE LA PENA.- Dios, a través de la liturgia, nos trae a la memoria el heroísmo de los siete hermanos que, con su madre al frente, entregaron sus cuerpos jóvenes al tormento y la muerte, antes que dejar de cumplir la ley divina. Ejemplo vivo que se ha repetido después en muchas ocasiones, que se repite hoy también en mil rincones de la tierra.

Hombres que dan su vida por ser fieles a la voluntad de Dios. Fidelidad heroica de los que caminan al martirio con los ojos iluminados y una canción a flor de labios. Estímulo y ejemplo a seguir de los que dijeron que sí a la llamada de Dios; esos que siguen caminando por el mismo itinerario de siempre a pesar de las dificultades, a pesar de los años, a pesar de los pesares, siempre fieles.

Dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres... Ayúdanos, Señor, fortalece nuestra debilidad, haznos resistir a la tentación, hasta llegar a la sangre si fuera preciso. Somos débiles, cobardes, nos desalentamos, rompemos nuestros compromisos. Ayúdanos, Señor, haznos fieles hasta la muerte. Conscientes de que sólo así recibiremos la corona de la vida.

El más pequeño veía cómo sus hermanos, uno a uno, se retorcían de dolor en la cruel tortura, miraba aterrorizado cómo sus ojos se nublaban, cómo sus cabezas quedaban lacias cual flores marchitas. Y era tan fácil evitar todo aquello... Bastaba con una palabra, con un gesto. Y todos hubieran vivido, hubieran disfrutado de la lozanía de los años mozos.

El rey, el tirano cruel, sus esbirros, su corte de aduladores, todos se asombraban de aquel valor supremo, todos estaban desconcertados ante la fidelidad de aquellos muchachos, de aquella mujer que animaba a sus hijos para que fueran serenos y alegres al tormento.

Ellos esperaban la resurrección, ellos estaban íntimamente persuadidos de que detrás de todo aquello estaba la vida eterna. Por eso no temían a nada ni a nadie... Recuérdalo, vale la pena. No tienen comparación los sufrimientos que podamos tener en esta vida con la dicha que nos espera en la otra, y acá abajo también. El ciento por uno en la tierra y la vida eterna en el cielo. Sí, vale la pena.

2.- LA VIDA ETERNA.- En Jesucristo se cumplió plenamente el salmo segundo. No sólo porque él es el Rey mesiánico que se anuncia en dicho salmo, el Hijo engendrado en la eternidad que en él se canta, sino en cuanto que también en Cristo se cumple ese amotinamiento de las gentes, ese ponerse de acuerdo los grandes de la tierra en contra suya. En efecto, hoy vemos cómo los saduceos, que eran enemigos de los fariseos, se ponen de acuerdo con ellos para atacar a Jesús. Así en este pasaje intentan poner en ridículo al Maestro y defender al mismo tiempo su propia postura ante la eternidad, que, en realidad negaban al no admitir la resurrección de la carne.

El ejemplo que aducen es extraño, pero no inverosímil: una mujer que, según la Ley del Levirato, viene a ser viuda y esposa sucesivamente de siete hermanos. ¿Quién se quedará con ella al final, en la otra vida? El Maestro contesta que después de la muerte, los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección no se casarán, pues ya no podrán morir y serán como ángeles, participarán como hijos de Dios en la Resurrección.

Es un pasaje muy adecuado para el mes de ánimas en que leemos este pasaje. La liturgia nos recuerda al principio de este mes la existencia de ese otro mundo en el que moran los muertos. Esos que ya se fueron para no volver, aquellos que nosotros volveremos a encontrar después de nuestra propia muerte. Esos que nos fueron tan queridos, y a quienes debemos seguir queriendo y ayudando con nuestras oraciones y sufragios por sus almas.

Esta actitud terrena y temporal de los saduceos podemos decir que todavía sigue vigente en la doctrina de algunos. Otros quizás digan creer en esa vida del más allá, pero en realidad su conducta prescinde por completo de esa realidad. Viven como si todo se terminara aquí abajo; como si sólo importase el dinero o todos esos valores meramente materiales por los que suspiran.

Olvidan que todo lo de aquí abajo es relativo y pasajero, que sólo quedará en pie la vida santamente vivida, sólo nos servirá el bien que hayamos hecho por amor a Dios. No podemos, por tanto, vivir como si todo se redujera a los cuatro días que en esta tierra pasamos. Hay que tener visión sobrenatural, visión de fe que extiende la mirada a los horizontes que hay más allá de la muerte.

Ciertamente, es una verdad de fe que los muertos resucitan. Es, además, la verdad que cierra nuestro Credo. Así el alma, una vez que el cuerpo muere, comparece ante el tribunal de Dios para rendir cuentas de sus actos. Recibe la sentencia y comienza de inmediato a cumplirla en espera de que el cuerpo se le una para sufrir o para gozar, según haya sido la sentencia divina. Cuando llegue el día del Juicio universal, entonces también los cuerpos volverán a la vida, se unirán para siempre con la propia alma. Desde ese momento se iniciará la historia que ya nunca acabará.

4.- ¡CREO! ¿PASA ALGO?

Por Javier Leoz

¿Pero tú crees en la resurrección después de la muerte? ¡Por supuesto! ¡Lo creo y no pierdo nada! Así de contundente, un sacerdote, contestaba en plena calle a una interpelación de un periodista en plena calle.

1.- Los saduceos, que no creían en la resurrección, se mofaban de ella y por añadido de los que profesaban esta creencia. Hoy, como entonces, también nos toca asistir constantemente a encuestas que nos dicen que un alto porcentaje de católicos no creen en la resurrección. A lo que, con el evangelio en la mano, habrá que responder: ni son católicos ni son cristianos. ¿Por qué? Porque el cristianismo se sustenta en esa verdad fundamental: la resurrección de Cristo y, con ella, la de cada uno de nosotros.

Ser testigos de esta verdad es una misión que, aunque resulte difícil, se convierte en un signo de la fortaleza y vigorosidad de nuestra fe y, sobre todo, de nuestra fidelidad a Jesús.

Una vez celebrada la Festividad de Todos los Santos y de Todos los Difuntos, se nos impone una reflexión:

-¿Valoramos y mantenemos vivo el recuerdo por nuestros difuntos?

-¿Tratamos con respeto sus restos? Resulta llamativo, por lo menos en algunos lugares de España, cómo levantamos monumentos a mascotas y –en cambio- una vez incinerados los restos de nuestros seres queridos los dispersamos por montes, mares o jardines. ¿Es correcto? ¿Dónde queda entonces la memoria de nuestros difuntos? ¿Acaso nos estorban? ¿Tal vez nos incomoda el visitarles una vez al año? Algo, en este sentido, tiene que cambiar y a mejor. Somos semillas de esperanza pero, esas semillas, ¿no deben de ser tratadas con mimo y depositadas en un lugar digno? Muy recientemente la Iglesia ha recordado como debe ser el tratamiento de esas cenizas de nuestros seres queridos. Parece muy claro. ¿No?

2.- Como cristianos, y al igual que aquellos niños macabeos, esperamos en Dios. Sabemos que, es mejor morir según Dios que atenazados por la frialdad y la incredulidad del mundo. No acompaña el ambiente ni, mucho menos, las ideologías que endiosan lo pragmático y ridiculizan hasta lo más santo.

Frente aquellos que sólo creen en lo que ven, nosotros –por la Palabra del Señor-- y por su muerte y resurrección, creemos en lo que no vemos: ¡resucitaremos!

Un profesor, ante una pregunta de un alumno sobre este tema, le respondió: “mira; si hay algo es mucho lo que gano…y si no hay nada (cosa que no creo) no perderé mucho menos que tú y, además, habré vivido con esperanza”.

3.- Vale la pena, amigos, creer y fiarnos de las palabras del Señor. Vale la pena sufrir calumnias y burlas, incomprensiones o sonrisas malévolas cuando sabemos que, después del sufrimiento y de la prueba, han de quedan en evidencia aquellos que vivieron sin Dios y, por el contrario, hemos de disfrutar de una vida eterna con el Señor aquellos que creemos profundamente en El. Y es que, al final, Dios es quien ríe el último y a pleno pulmón.

4.- QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

Ser incomprendido, por defender  que Tú vives en mí,

antes que ser elevado en el pódium  del éxito efímero

pero sin horizontes ni razones  para existir

QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR

Las risas de los que no me entienden  por lo que creo

Ni el vacío de los que no me  quieren por lo que siento

QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR

El no percibir algunas verdades  que tú me ofreces

cuanto esperar a que un día se  hagan realidad

QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR

Cómo me rescatarás de la muerte,

cuanto saber que, ahora y aquí,

me acompañas y me animas con  tu Palabra

me alimentas con tu Cuerpo y  con tu Sangre

y, en el fondo de mi alma,

me haces arder en ansias de poder  verte

QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR

La burla de los que no se molestan  en buscarte

La sonrisa de los que, sintiéndose  poderosos,

serán nada y polilla después  de su grandeza

QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR

Las falsas promesas que el mundo  me ofrece

frente a las tuyas que han de  ser eternas

Los cortos caminos, que me llevan  al abismo,

frente a los tuyos –estrechos  y difíciles-

pero con final feliz y glorioso.

QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR

5.- DIOS DE VIVOS, LA DERROTA DE LA MUERTE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Al final del tiempo la muerte será vencida. Será el último enemigo de Jesús en desaparecer. La muerte es solo una circunstancia física. El espíritu no desaparece. Si Cristo fue la voz del Dios y el rostro visible del Dios invisible, comunicó, asimismo, la permanencia del espíritu de los hombres al afirmar que Dios lo era de vivos y no de muertos. Sus contemporáneos en el judaísmo no creían en esa permanencia constante de lo espiritual y con la desaparición del cuerpo todo se acababa. Algunos creían en la resurrección, pero no así los saduceos que solo contemplaban la relación con Dios en la vida física.

2.- Jesús va a repetir durante toda su enseñanza esa condición de vida permanente y la existencia del mundo futuro. Para nosotros es una esperanza total y una ganancia frente a la idea de la muerte con final total y definitivo. La singularidad emocionante de esta doctrina lleva a la Iglesia a fomentar la doctrina de la Comunión de los Santos pieza angular de nuestra fe y que reúne para siempre –y de manera activa—a todos los fieles de cualquier época. En la Comunión de los Santos está presente ese Dios de vivos del que habla Jesús. Es subyugante, por otro lado, las "pistas" que da Cristo sobre el cambio tras la resurrección. Define el cuerpo glorioso y lo aproxima a los ángeles.

3.- El primogénito entre los resucitados fue Jesús y toda la trayectoria de sus seguidores cambio cuando lo vieron transformado. San Pablo alude a la Resurrección como elemento básico –sine qua non—de nuestra fe. Hoy, tal vez, muchos de los creyentes de hoy se estén aproximando a los saduceos bajo la idea de que niegan ese fenómeno transcendente y transcendental para incidir más en una necesidad de acción social que niega el camino futuro del espíritu. Y esto es grave. Defendemos la acción social fuerte de los cristianos a favor de los pobres, de los débiles, de los marginados, pero en ningún caso podemos limitar la acción del cristianismo en su sentido de portador de eternidad.

4.- Será la oración constante la que nos acerque y nos familiarice con el mundo espiritual. Insistimos en que son muy atractivas y elogiables esas vidas que se entregan al cuidado de los demás, pero no pueden olvidar que es Dios quienes les da la fuerza para convertir su esfuerzo en un camino sin final terrestre y que transcenderá por los siglos de los siglos. A veces pensar en el mundo futuro produce vértigo. Incluso, nos sentimos cómodos en nuestra vida terrena. Es como quien se acostumbra a su pequeña celda y desprecia el amplio campo. La celda tiene su importancia, pero en la línea del horizonte está nuestra meta espiritual. Dios es un Dios de vivos y reinará, un día, sobre vivos permanentes, bellos, perfectos y felices.

5.- Cuando se es joven, o se tiene buena salud, el fenómeno de la muerte parece algo muy lejano. Tal vez, la desaparición de un ser querido nos acerca más a la muerte. Más adelante, cuando los años pasan la mayor posibilidad de que se termine el tiempo de estancia en este mundo, nos abrirá una mayor cercanía o familiaridad con ese hecho. Dicha familiaridad no tiene que ser "cordial" e, incluso, tal cercanía puede estar rodeada de espanto. Si, además, se está lejos de cualquier planteamiento trascendente, la muerte es como un final absoluto de terribles consecuencias. Pero, si por el contrario, estamos cerca de Dios, comenzaríamos a entender que es solo un paso hacia otro tipo de vida. De todas formas, debemos ser respetuosos con estos temas. Nadie sabe, con exactitud, como es el tránsito. Y por ello, ni podemos condenar a la inquietud permanente a quienes no tienen fe, ni tampoco nosotros podemos estar seguros de que los momentos del paso de la vida que conocemos a la otra que no hemos visto todavía, vayan a ser fáciles.

6.- El Evangelio de este domingo sitúa la gran esperanza que nos da Jesús respecto al mundo futuro. Seremos como ángeles y es una promesa fehaciente que abre todo un camino de esperanza. Y por ello, parece que nuestro comentario solo puede incidir en la aceptación de la muerte como un tránsito hacia una vida mejor. A la postre será, como en muchas otras cosas nuestras, Cristo el camino, la verdad y la vida. Y a partir de la Resurrección de Jesús se produce otra promesa: moriremos pero resucitaremos. Y cuando se produzca esa nueva situación nuestro cuerpo glorioso nos hará parecidos a los ángeles. La promesa del Señor está clara. Y ante ella la muerte no nos debe asustar.

7.- No es posible además evitar el comentario de la muerte o dejarlo oculto "para no molestar". Nos va a llegar a todos y nuestra esperanza está en el paso a una vida mejor. Pero hay, como decíamos, una promesa de permanencia absoluta en el tiempo y el espacio que nos trae la resurrección y nuestra transformación gloriosa. Tal vez, algunos de nosotros no seamos capaces todavía de pensar en dicha transformación, pero algunos ancianos con fe, saben que su cuerpo deteriorado será un día como el de los ángeles, pleno de belleza. La vida que nos ofrece Jesús de Nazaret no termina con la destrucción del cuerpo. Es una vida eterna en un ámbito pleno de luz, con un cuerpo glorioso y en presencia del rostro del Señor. Nuestra esperanza está en ver la faz luminosa de Nuestro Señor Jesús.

8.- "El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Malo". San Pablo en la Carta a los Tesalonicenses consigna esta frase que nos anuncia el ámbito de la maldad espiritual. El Malo es el Demonio. La maldad puede existir en el corazón de los hombres y de las mujeres. Pero existe un terrible, constante e incansable tentador que procurará elevar ese mal que reside en la condición humana –y producto del pecado original—hasta niveles inhumanos, verdaderamente demoniacos. Esa posición maligna quiere engañarnos y separarnos del camino amistoso de Dios. La mentira y el engaño son los instrumentos más usados por el Malo y es obvio que en su vademécum de falsas verdades hay mucha materialidad errónea respecto a la virtud alejada de Dios. No podemos obviar lo espiritual, es nuestro futuro inmediato. Pero tenemos la promesa de Jesús de Nazaret que Dios Padre nunca permitirá que el ataque del Malo supere nuestras fuerzas, nuestra capacidad objetiva de resistencia. Otra cosa es que nosotros levantemos la barrera y le dejemos pasar. Y una idea –un poco egoísta y taimada—sobre que no nos interesa hacer caso del Maligno es que siempre engaña. Ni siquiera nos da los placeres que nos ofrece. Todo es un engaño. Una mentira permanente. Un engaño absurdo y traicionero. Nada de lo que nos ofrece existe…

LA HOMILIA MÁS JOVEN

OTRA EXISTENCIA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Siempre me ha intrigado, mis queridos jóvenes lectores, que se busque vida en otros astros de este inmenso universo, partiendo del principio de que no puede haber tal, sin depender del carbono, o que moléculas de agua, átomos de nitrógeno, etc. que pueda encontrarse en uno de tales objetos, sean prueba de que allí hay, o ha habido vida. La materia, creo yo, tiene más imaginación que la inducción científica que puedan tener los sabios. He dicho inducción y no intuición, sirva de advertencia. Siempre digo que sería preciso un encuentro a alto nivel, amistoso, inquieto y serio, además de confiado,  entre grandes personas del campo de la metafísica filosófica, de la metafísica científica y del conocimiento y vivencia de la mística. Interés y novedad no le faltaría. ¿Qué para qué esta parrafada? Espero entendáis al final estas  elucubraciones que os acabo de escribir.

2.- Cambio de tercio.- Es muy curioso que el mundo judío no haya incorporado a su canon de las Escrituras, los libros de los Macabeos. Os digo que es curioso, aunque haya leído las razones que los sabios religiosos dan de ello. Añadiendo a esta constatación, el hecho de que los Macabeos, héroes como los que más, en la historia de Israel, dan nombre actual a la cerveza más popular del país y su mejor equipo de baloncesto. Son ejemplos que ahora recuerdo, supongo habrá otros. Y, para más inri, nos dicen los medios, que actualmente los arqueólogos estudian el emplazamiento de las tumbas de los famosos insurrectos, que, como dice la Biblia, está en Modín, que debe corresponder, palmo más, palmo menos, a la ciudad moderna que lleva su mismo nombre. He pasado de largo dos veces por este territorio y no os puedo, por consiguiente, hablar de ello.

3.- Pertenecen los libros de los Macabeos al género épico, alcanzando casi el epopéyico. Debemos leerlo teniéndolo en cuenta, sin que signifique esto que os digo que los episodios narrados sean legendarios, faltos a la veracidad histórica. Por desgracia hubo rabiosa maldad entonces y la hay ahora, no lo olvidemos. En la primera lectura de la misa de este domingo de la que os vengo hablando, se excluye algunos versículos, pero con lo que se deja, hay suficiente para entender la calidad del episodio. Os recomiendo, mis queridos jóvenes lectores, que en un momento que podáis hacerlo con calma, los leáis por entero. No ignoro que es posible que se considere morbosa la descripción, advertir aquello de que “puede lesionar la sensibilidad de algunos”. Piénsese lo que se quiera, la lectura pone el acento en la heroicidad de los protagonistas y entre ellos destaca la de la madre. Mujer que anima a sus hijos “con un ardor varonil, sus reflexiones de mujer”.  (II Mac 7,21)

4.- Gestos tales como los que recoge el Libro Sagrado, nos los comunican los noticiarios actualmente. En muchos países, especialmente los dominados o influidos por el llamado Estado Islámico, se somete a los cristianos, sean jóvenes, niños, o adultos, varones o mujeres, a tormentos semejantes, utilizando técnicas modernas. Es una de las maravillas del Cristianismo de hoy. Nunca hubo tantos mártires, me confiaba Helder Cámara, para animarme a no perder la esperanza. En el martirio se realiza el mejor ecumenismo, dice acertadamente el Papa Francisco.

5.- Al reflexionar sobre estos comportamientos, uno se pregunta ¿sería yo capaz de responder con la misma valentía que la que tuvieron ellos? Evidentemente, a fuer de sinceros, debemos reconocer que no tenemos tanta tenacidad, ni la tendríamos llegado el momento. Ahora bien, como el Maestro conocía nuestra pequeñez, debilidad y cobardía, ya nos advirtió que su Espíritu, llegada la hora, nos proveería de fortaleza suficiente. Quienes diariamente mueren hoy en día, son gente como nosotros, de no mucha intrepidez, pero sí personas de Fe y es esta la que inyecta la necesaria fortaleza.

6.- Más que atormentarnos con preguntas inútiles, debemos vivir siempre según criterios cristianos habituales, ser generosos, serviciales, con dominio de nosotros mismos ante las tentaciones habituales, piadosos, no olvidando la oración, la de acción de gracias a Dios que nos otorga vida y al que debemos adorar, y la de solicitud de ayuda para ser fieles a Él y a los hombres cada día.

7.- Esta situación personal íntima la expresó maravillosamente la obra escrita y más tarde representada y también pasada al cine “Diálogo de carmelitas”. Que no es cuento, que corresponde a una realidad histórica verídica. La fábula del relato evangélico, tiene gracia. Hace unos años se presentó una película israelí que reflejaba dramáticamente una situación semejante, creo recordar que se titulaba “Rosa, te amo”. Ambientada a principios del siglo XX en una familia judía ortodoxa. Una viuda joven debía contraer matrimonio, de acuerdo con la Ley, con un chiquillo, casi niño, hermano del que fue su esposo. Ni para ella, ni para él pequeño la medida era soportable. Era un relato sumamente delicado. Pero superemos la anécdota, o las anécdotas, que yo me he atrevido a añadir una más, que es lo que hace el Maestro.

8.- Matrimonios, bodas y procreaciones, son realidades propias de los que estamos metidos en la realidad espacio/tiempo. Acabada esta realidad, no dice que no continúe el amor matrimonial, un aspecto puro del amor humano, lo que sí afirma, es que desaparecen muchas funciones propias de este encierro.

9.- Vuelvo al inicio. Vivimos en esta vida y decimos que existe otra vida. Más bien deberíamos afirmar que hay otra existencia. Para saber, entender o vislumbrar en qué pueda consistir, es preciso que desde el soporte de los investigadores de la metafísica filosófica, de la científica y en el de la mística, traten de unir saberes, y nos confíen algo de las conclusiones que puedan ellos sacar. Mientras tanto, recordad que deberíamos hablar siempre de otra existencia, en la que todo lo que sea temporal, o que ocupe espacio, no cabe exista. El amor, la piedad, el sacrificio, la generosidad, la reverencia, sí. Hay que hacerse ricos de tales divisas espirituales, capaces de atravesar sin dificultades las fronteras trascendentes y que ningún fisco nos reclamará.

(¿Y para qué se dieron estas normas en el mundo hebreo, Es lógico que os preguntéis? Pues para proteger la dignidad y coherencia del Pueblo Escogido, que debía conservar entre otros valores la Historia de la Salvación, con sus promesas, conservando integras las uniones familiares y tribales. Hoy, conceptos tales como tribu, clan, o etnia, nos parecen superados, y no dudo que no los estén, pero existen los privilegios de nacionalidad o ciudadanía, que son  reglas que pretenden lo mismo y se cumplen severamente en países que peligra su  identidad, o así lo creen, como en Europa pasa con Suiza o Andorra. Falta mucho tiempo para que la humanidad no tenga fronteras y los conjuntos prescindan de exhibir signo identificador alguno)