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01 noviembre 2016

Evangelio meditado, 1 noviembre: Anclados en Cristo

Por: H. Balam Loza,LC 


En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Hoy, Jesús, quiero subir al monte, a la soledad, al silencio. Entraré en mi corazón, pues es ahí donde Tú me hablas y te escucharé. Quiero verte y contemplar esa mirada que me conoce profundamente. Esa mirada tuya tan llena de amor. Jesús, hay muchas cosas que me turban e inquietan. Hoy quiero hacerlas a un lado para escuchar tu palabra.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Mateo 5, 1-12
En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, y les dijo:
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
¡Con amor eterno nos ama! Con amor eterno nos mira Dios en este momento. Y no nos pide otra cosa más que estar aquí. Escuchando esa llamada a ser feliz y dichoso. Pero ¿qué es la felicidad? ¿Dónde encontrarla? He ahí el camino. No es el camino ancho sino el estrecho. Y no nos fijemos tanto en el camino sino más bien en la meta, en lo que nos espera: La felicidad. Y esa felicidad es estar con Dios. Estar con ese Dios que nos ama como nadie puede hacerlo. En ese Dios que nos mira como nadie nos puede mirar.
Se puede pensar que es algo abstracto y que está fuera de la realidad. Sin embargo es lo más real. El camino se nos presenta a cada instante y las tentaciones de dejar de caminar son muchas. ¿Qué pasa cuando abusan de mi generosidad? ¿O ante el dolor y el sufrimiento? ¿No es verdad que somos imponentes? Y entonces es cuando nos damos cuenta que esto no puede acabar así. Cuando vemos que hacemos el bien y recibimos el mal. Sí, queremos dejar de luchar. Muchas veces no se comprende el porqué de muchas cosas. Pero en el fondo queda la semillita. Queda ese deseo del consuelo, ese deseo de que alguien me ame de verdad, de gozar de la plena felicidad. Y entonces nos damos cuenta que el deseo del cielo es lo más ordinario en nuestras vidas. Y por ello hacemos el bien.
Cristo sufrió en silencio por amor. Nosotros diariamente tenemos muchas oportunidades de vivir en silencio los grandes o pequeños sufrimientos que nos tocan vivir, pero hemos de perseverar, hemos de mirar a lo alto de la montaña y ver que el primero en vivir las bienaventuranzas ha sido Cristo. Él es nuestro modelo y nuestro ideal. Anclados en Cristo, aún en medio de las grandes tormentas, podremos llegar al puerto seguro.
«Es la nueva ley del Señor para nosotros. Las bienaventuranzas son la guía de ruta, de itinerario, son los navegadores de la vida cristiana: precisamente aquí vemos, por este camino, según las indicaciones de este navegador, cómo podemos avanzar en nuestra vida cristiana.»
(Homilía de S.S. Francisco, 6 de junio  de 2016, en Santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy te ofrezco, Jesús, vivir la caridad delicada. Si alguien me hace enfadar no le responderé ni le demostraré el haber sentido la ofensa.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.