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22 noviembre 2016

Comentario al Evangleio de hoy, 22 de noviembre


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Queridos Hermanos:
Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento se da una estrecha unidad; no puede entenderse el uno sin el otro. El AT tiene su propio apocalipsis: el libro de Daniel. En su cap. 7 nos habla de cuatro fieras que sucesivamente maltrataron inmisericordes al pueblo de Dios, pero, a continuación, apareció uno “como Hijo de Hombre” que les quitó todo su poder y a él en cambio se le dio la gloria, la fuerza y el reino… que no tendrá fin, y que lo comparte con “los santos del Altísimo” (Daniel 7,18).

La comunidad para la que se escribe el apocalipsis es un grupo cristiano que habita la isla griega de Patmos y que está siendo masacrado a causa de su fe. Esta Iglesia se mira, como en un espejo, en aquella escena del libro de Daniel para alimentar su entereza en el martirio y afianzarse en la esperanza. De hecho el pueblo judío, tras padecer las crueldades de Antíoco Epífanes, recobró la independencia y tuvo un tiempo de prosperidad. El verdadero Hijo del Hombre, que es el Resucitado viviente en medio de su comunidad, no puede dejar a ésta abandonada al poder del mal. Se entrevé la hora de la siega y la vendimia definitivas: el poder del mal será arrancado de cuajo y echado fuera de la ciudad santa; ésta es el lugar del gozo, de la liturgia interminable de los tatuados con el nombre del Cordero.
La imaginería apocalíptica es la imaginería de la esperanza: siempre muestra anticipadamente el triunfo de los creyentes. Les promete un triunfo futuro cuya garantía no debe, sin embargo, descomprometerlos del mundo presente y llevarlos a vivir en una historia ilusoria e inexistente. En el discurso apocalíptico de Jesús que hoy nos ofrece el evangelio, quizá las expresiones clave sean las de puesta en guardia frente a entusiasmos alocados. Aunque estén sucediendo atrocidades semejantes a las de la época de Antíoco, “el final no viene inmediatamente”, cuidado con que nadie os engañe…
Cuando iba a llegar el año 1000, algunos “iluminados” pensaron que quizá fuese el final de la historia. Mucho después, en los años 30/40 del siglo XX, también hubo quien pensó así; en Alemania algunos interpretaron que Hitler era el personaje misterioso y siniestro, el “hombre de iniquidad”, de que se habla en 2Tes 2,4-8, al cual el Señor Jesús estaba pronto a eliminar con el aliento de su boca… Otros especularon respecto del año 1960. No leyeron con el debido énfasis la advertencia con que comienza el cap. 2 de 2Tesalonicenses: “no perdáis la cabeza, como si el día del Señor estuviera ya encima”.
El evangelio de Lucas es una gran cura de realismo. Las especulaciones sobre el “cuando” de los supuestos cataclismo finales no aprovechan nada al cristiano. A éste le toca sencillamente vivir la fidelidad en el día a día. Y le toca incluso algo más: de vez en cuando tendrá que pasar por un proceso de “autopurificación”, desmontar muchos de sus proyectos u organización de la propia existencia (sin que quede “ni piedra sobre piedra”), para sustituirla por otra más evangélica; tendrá que provocar de vez en cuando un “fin del mundo” en su propia vida, dejando atrás lo que no se corresponde con su fe, y dando así contenido consciente a su quizá rutinaria oración “venga a nosotros tu Reino”.
Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf