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18 noviembre 2016

Comentario al Evangelio de hoy

José Luis Latorre, cmf
Queridos hermanos:
El Evangelio nos presenta a Jesús purificando el templo y enseñando en él. Purificar es una acción simbólica de profundo significado, que intenta hacer del templo un verdadero lugar de oración y culto a Dios, no lugar de mercadeo. Con este gesto Jesús nos quiere decir que Él es el nuevo templo del encuentro de Dios con los hombres: “quien me ve a mí, ve al Padre”; “el Padre y yo somos uno”; “¿no crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?”.
En Jesús Dios se ha hecho cercano, sencillo, asequible, compasivo, misericordioso, tierno, bondadoso, dispuesto siempre al perdón y nos ha entregado a su Hijo no para condenar al mundo sino para salvarlo. Jesús es la imagen visible de cómo es Dios y cómo nos quiere y se interesa por cada uno de nosotros y que para Él todos somos iguales.
Jesús está siempre con nosotros –“no os dejaré huérfanos”- y nos acompaña en todo momento y circunstancia –“yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”-. Jesús es el amigo fiel que no falla y en quien podemos confiar plenamente. Jesús es el buen pastor que con infinito cariño cuida de nosotros y nos libra de los lobos rapaces. Jesús es el que nos conduce hacia fuentes tranquilas y repara nuestras fuerzas. Jesús es el pastor que da la vida por sus ovejas para que tengamos vida y ésta abundante. Jesús es el que nos dice: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.
Este Jesús sigue estando hoy entre nosotros en los sacramentos, de un modo especial en la Eucaristía donde escuchamos a Jesús Maestro que proclama la Palabra y nos dice “tomad y comed, esto es mi Cuerpo” y también “yo soy el pan de vida, el que me come tiene vida en sí mismo”-.Jesús también está en los hermanos y de un modo especial en los pobres: “tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo… Cada vez que lo hicisteis con uno de estos humildes hermanos a Mí me lo hicisteis”. El verdadero encuentro con Jesús termina cuidando a los hermanos más pobres.
¿El Señor no tendrá que “purificarnos” también, porque nos refugiamos en el templo de piedra, en el grupo parroquial, en el movimiento, en una fe intimista y sin compromiso social y transformador? ¿Una fe de muchos rezos y pocas obras? ¿Una fe de costumbres rutinarias y falta de empuje, creatividad y dinamismo? ¿No tendremos que volver a escuchar sin glosa el núcleo del Evangelio: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”?
Última semana del Jubileo de la Misericordia: dos días faltan para clausurar este Año Santo. Todavía tenemos tiempo para practicar alguna obra de misericordia que nos descubra “qué dulce al paladar es tu promesa, Señor” como reza el Salmo de la Misa de hoy. ¡Qué bien tan grande nos hace el practicar la misericordia! Ya decía Jesús: “hay más alegría en dar que en recibir”.