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19 octubre 2016

Homilías para el domingo 23 de octubre


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1.- MISERICORDIA ACOGEDORA DE DIOS

Por José María Martín OSA

1.- Dos personajes, dos actitudes. Dos formas de entender la relación con Dios. El fariseo se creía santo, por eso se sentía "separado" de otro, el publicano. El afán de piedad y de santidad llevó a muchos a separarse de los demás, eran los "parushim" --en hebreo significa separado--. Cifraban la santidad en el cumplimiento de la ley tal como prescribía el Levítico. Ponían todo su empeño en la recitación diaria de oraciones, ayunos y la práctica de la caridad. Se sentían satisfechos por lo que eran y por lo que les diferenciaba de los demás. Estaban convencidos de que así obtenían el favor de Dios. Sin embargo, aquél que se creía cerca de Dios, en realidad estaba lejos. ¿Por qué? Porque le faltaba lo más esencial: el amor. Así lo reconoció después Pablo, que fue fariseo antes de su encuentro con Cristo: "si no tengo amor, no soy nada". Aunque alguien repartiera en limosna todo lo que tiene y hasta se dejara quemar vivo, si le falta el amor, no vale de nada. El fariseo dice "Te doy gracias". San Agustín se pregunta dónde está su pecado y obtiene la respuesta: "en su soberbia, en que despreciaba a los demás"


2.- El publicano tenía lo que le faltaba al fariseo: amor. Se quedó atrás, no se atrevía a entrar. Pero Dios no estaba lejos de él, sino cerca. No da gracias, sino que pide perdón. No se atrevía a levantar los ojos a Dios, porque se miraba a sí mismo y reconocía su miseria, pero confía en la misericordia de Dios. Una vez más Dios está en la miseria del hombre, para levantarle de la misma. El publicano tenía lo que le faltaba al fariseo: amor. No puede curarse quien no es capaz de descubrir sus heridas. El publicano se examinaba a sí mismo y descubría su enfermedad. Quiere curarse, por eso acude al único médico que puede vendarle y curarle tras aplicarle el medicamento: su gracia sanadora. No se trata aquí de caer en el maniqueísmo: hombre malo, hombre bueno. El fariseo era pecador y no lo reconocía, el publicano también era pecador, pero lo reconocía y quería cambiar. El fariseo se siente ya contento con lo que hace, se siente salvado con cumplir, pero esto no es suficiente. En el Salmo proclamamos que Dios está cerca de los atribulados. En realidad está cerca de todos, pero sólo puede entrar en aquellos que le invocan, porque El escucha siempre al afligido. Este es justificado y el fariseo no. Pablo en la carta a los Romanos emplea el mismo término "justificación" -en hebreo dikaiow". Justificar es declarar justo a alguien y sólo Dios puede hacerlo, no uno mismo. No es un mérito que se pueda exigir, sino un don gratuito de Dios. Él es misericordioso con todos.

3.- "El que se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido" Examinemos nuestro comportamiento como cristianos. ¿No somos muchas veces como el fariseo creyéndonos en la exclusiva de la salvación porque "cumplimos" nuestros deberes religiosos? Incluso despreciamos a los demás o les tachamos de herejes o depravados. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? Sólo Dios puede justificar. Además la fe cristiana no consiste sólo en un cumplimiento de devociones, sino en encontrarnos con Jesucristo resucitado y dejar que su amor vivificante transforme nuestra vida. Entonces nos daremos cuenta de que hay amor en nuestra vida.

4.-“Sal de tu tierra”. Es el lema del Domund. Es la invitación que nos hace el papa Francisco a salir de nosotros mismos, de nuestras fronteras y de la propia comodidad, para, como discípulos misioneros, poner al servicio de los demás los propios talentos y nuestra creatividad, sabiduría y experiencia. Es una salida que implica un envío y un destino. La misión ad gentes es universal y no tiene fronteras. Solo quedan excluidos aquellos ámbitos que rechazan al misionero. Aun así, también en ellos se hace presente con su espíritu y su fuerza. Las huellas que aparecen en el cartel son expresión del lema “Sal de tu tierra”. Los tonos empleados para las huellas del caminante y para el fondo son familiares a quienes desde hace muchos años han identificado los cinco continentes con colores distintos. El mandato de Yahvé Dios a Abrahán, para que saliera de su tierra y fuera a la tierra prometida, está permanentemente actualizado por los discípulos misioneros, que han hecho propia la repetida expresión del papa Francisco: “una Iglesia en salida”. Las cruces en las huellas es un detalle que podría pasar inadvertido, pero que permite distinguir esas pisadas de las de otras personas que salen de su tierra por otros motivos diversos. Las cruces que discretamente aparecen en la marca de esas huellas recuerdan la cruz que cada misionero o misionera recibe el día de su envío por parte de la Iglesia; cruz que es el distintivo de su misión de amor y misericordia, continuadora de la de Cristo. Que también nosotros salgamos de nuestro egoísmo y de todo aquello que nos retiene, para salir al encuentro del hermano necesitado.

2.- LA POBREZA MATERIAL Y LA POBREZA ESPIRITUAL

Por Gabriel González del Estal

1.- Os digo que el publicano bajó a su casa, justificado; y el fariseo no. Ni el fariseo, ni el publicano eran materialmente pobres. El pobre material es el que no tiene los bienes materiales necesarios para vivir con dignidad; el pobre espiritual es, como nos dice san Agustín, el humilde, el que no pone su confianza en sí mismo, sino en Dios. En la parábola de este domingo vemos que el fariseo presumía de sus propios méritos ante Dios y le daba gracias a Dios porque él, el fariseo, era mejor que los demás; además despreciaba al publicano, al que consideraba un pecador. El publicano, en cambio, reconocía que era un pecador, que por sus propios méritos no podía salvarse y, por eso, imploraba la compasión de Dios. Jesús justifica al publicano no porque fuera pobre material, sino porque era humilde, es decir, era pobre en sentido espiritual. Esta parábola debemos aplicarla a nuestra vida, como todas las parábolas del evangelio. Hay pobres materiales buenos y malos, Dios tiene una opción preferencial también por estos pobres materiales, para que dejen de serlo, porque la pobreza material no elegida es un mal y Dios quiere que salgan de su pobreza material y se conviertan, haciéndose pobres en sentido espiritual, a los que san Mateo llama pobres de espíritu, declarándolos bienaventurados. Procuremos cada uno de nosotros tener los bienes materiales que nos son necesarios para vivir con dignidad y ayudemos, en la medida de nuestras posibilidades a los pobres materiales para que salgan de su pobreza. Y confiemos siempre en Dios, que es el único que puede concedernos la salvación espiritual. En definitiva, seamos humildes ante Dios y caritativos con el prójimo necesitado. Y, por favor, no despreciemos nunca a nadie.

2.- El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido. Este texto del libro del Eclesiástico nos aclara que Dios no es parcial al favorecer al pobre frente al rico, porque Dios es justo y quiere que todos tengamos lo necesario. Si Dios ayuda más al pobre es porque éste lo necesita más y Dios ayuda más a los que más lo necesitan. Así debemos ser nosotros, no es que amemos más al pobre que al rico, porque sí, sino que amamos más al pobre en el sentido que reconocemos que el pobre está materialmente más necesitado de nuestra ayuda que el rico. Amamos más al que más necesita nuestra ayuda, sea rico o pobre. No olvidemos que también hay ricos materiales que son muy pobres en otras cosas y en sus necesidades nosotros debemos ayudarles igualmente. La enfermedad es pobreza, la soledad es pobreza, el pecado es pobreza, y aunque los enfermos, las personas que viven solas o abandonadas, los pecadores sean materialmente ricos, nosotros debemos ayudarles en lo que son pobres, es decir, en su enfermedad, en soledad, en su condición de pecadores, porque en estos aspectos están necesitados de ayuda. Sin alimento uno no puede vivir feliz, pero con solo pan tampoco uno es feliz. Lo cristiano es ayudar a cada uno en lo que este necesita. Es en este sentido en el que dice el libro del Eclesiástico que Dios no es parcial al ayudar al pobre, más que al rico. Hagamos nosotros lo mismo.

3.- Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida. El autor de esta carta, un discípulo de Pablo, recuerda las palabras que san Pablo les decía momentos antes de morir, poniéndose el mismo Pablo como ejemplo de lo que deben ser todos los seguidores y discípulos de Cristo. Les dice Pablo, y nos dice a nosotros, que si somos fieles a Cristo hasta el final de nuestra vida, Cristo nos dará después de nuestra muerte la corona merecida, es decir, la gloria eterna. Lo nuestro es luchar hasta el final de nuestra vida, siendo fieles seguidores del mismo Jesús, estando dispuestos siempre, como lo estuvo Pablo, a predicar y vivir el evangelio del reino con todas nuestras apalabras y acciones. Si nosotros somos fieles seguidores de Jesús mientras vivamos en esta vida, Cristo no nos va a fallar y, al final de nuestra vida, nos dará el premio, la corona merecida. La esperanza y la confianza en el cumplimiento de las palabras de Cristo deben darnos, sobre todo en los momentos difíciles, fuerza y paz para vivir y predicar el evangelio con valentía y constancia. El ejemplo de san Pablo debe animarnos hoy a nosotros en estos tiempos difíciles para la fe que nos ha tocado vivir.

3.- “BENDIGO AL SEÑOR EN TODO MOMENTO…”

Por Antonio García-Moreno

1.- JUSTICIA.- Qué necesitados estamos de justicia, qué necesitados de imparcialidad. Fácilmente somos juzgados con ligereza, con falta de rectitud. Se interpretan mal nuestras acciones, o no se aprecian en su debido valor. Cuántos inocentes que son condenados y cuántos culpables que son absueltos. Y cuánto héroe desconocido, cuánto sacrificio oculto, cuánto genio incomprendido, cuanto santo menospreciado.

Por eso consuela el pensar que Dios es justo e imparcial, un juez clarividente que no se deja llevar de las apariencias, que sopesa con exactitud las intenciones... Cuántos que brillaron en la tierra, quedarán apagados en el más allá. Y por el contrario, muchos que aquí pasaron desapercibidos, brillarán eternamente como estrellas de primera magnitud... Esta realidad nos ha de mover a vivir de cara a Dios, desatados del aplauso de los hombres, conscientes de que el juicio que realmente cuenta, el que será definitivo, no es el juicio humano, sino el divino.

Lo terrible es que esa justicia divina y esa imparcialidad nos alcanzarán a muchos, no para restituirnos un derecho perdido, sino para arrebatarnos unos privilegios inmerecidos. Realmente es para echarnos a temblar. Pero resulta que muchas veces, casi siempre, nos inmunizamos a base de inconsciencia, a fuerza de estupidez, o de autojustificaciones insostenibles.

Sólo nos queda una salida viable. La de reconocer nuestra miseria y clamar, desde lo más hondo del alma, a este Dios y Señor nuestro que, además de justo, también es misericordioso. Considerar la propia pobreza y pedir perdón con sincero arrepentimiento. Seguros de que, como dice el texto sagrado de hoy, las súplicas del pobre, las quejas del indigente, atraviesan las nubes, se elevan hasta el trono mismo de Dios.

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha. El Señor está cerca del atribulado, salva al que está abatido. Redime a sus siervos y no será castigado el que, aunque gran pecador, pesaroso de su conducta se refugia arrepentido en él.

2.- EN TODO MOMENTO.- "Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca..." (Sal 32, 2) Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. Los soberbios, en cambio, que callen pues nada tienen que decir ante Dios. Y si algo dicen, el Señor no los oye ni los escucha. Los soberbios son rechazados por el Todopoderoso, que los considera indignos de su Reino, ineptos para entender y gustar las cosas divinas, por creerse mejores. De ahí que el verse uno mismo tan frágil y tan débil, tan vulnerable y tan inclinado al mal, puede ser un motivo de gozo saber que Dios ama lo que el mundo desprecia, que se complace en la pequeñez de sus siervos. Sí, así es, a los sencillos y a los humildes el Señor abre de par en par las puertas de su corazón de Padre bueno.

Por este motivo, pues, el salmista bendice al Señor en todo momento, y la alabanza al Señor llena de continuo su boca. De aquí que, ocurra lo que ocurra, si uno se reconoce como es, sin desanimarse por ello, si uno se olvida de la propia pequeñez y piensa en el poder divino, entonces brota del alma un canto de gozo y de gratitud hacia Dios.

"El Señor se enfrenta con los malhechores para borrar de la tierra su memoria..." (Sal 33, 17).- A veces pudiera parecernos que Dios es vencido por sus enemigos, por esos que rompen su Ley divina. Y es cierto que en ocasiones los impíos triunfan, quedan impunes de sus delitos, riéndose y quizá hasta blasfemando. Siguen su vida como si tal cosa, impávidos y descarados. Sin embargo, de Dios nadie se ríe. Tarde o temprano la justicia divina da a cada uno su merecido. Es cuestión de tiempo y, al fin y al cabo, el que ríe el último ríe mejor.

Se tiene toda la eternidad por delante, bien se puede dar un margen de impunidad. Convencidos de esta realidad, no cesemos nunca de intentar hacer lo que Dios quiere, acudamos al Señor llenos de confianza por muy mal que nos vayan las cosas. En todo momento hay que apoyarse en Dios, y cuando todo va mal todavía más. No olvidemos que el Señor está cerca y dispuesto a sostenernos con sus brazos paternales.

2.- ESPERANZA EN LA DESESPERACIÓN.- "Querido hermano: yo estoy a punto de ser sacrificado..." (2 Tm 4, 6).- San Pablo se da perfecta cuenta de su situación. Comprende que sus días están contados, que le aguarda la muerte a la vuelta de la esquina. Sí, el momento de su partida es inminente. En aquellas circunstancias había motivos para desesperarse. Y, sin embargo, en esos instantes mira hacia su pasado y dice sereno y lleno de esperanza: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".

Cada uno tenemos nuestro propio entorno vital, cada uno quizá piense que la muerte está lejos, o por el contrario, que se nos acerca cada vez más. De todos modos, hemos de vivir de tal forma que podamos morir serenos y confiados en el Señor. "La gloria de morir sin pena, bien vale la pena de vivir sin gloria". Ojalá que combatamos bien la batalla de cada día. Que Dios nos ayude a coger hasta la meta señalada, a ser fieles y leales a la fe de nuestros mayores. Sólo así podremos decir un día: Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará a mí... Por mi parte, más que en su justicia, espero en su infinita misericordia.

"La primera vez que me defendí ante los tribunales, todos me abandonaron..." (2 Tm 4, 16) Los recuerdos lastiman el corazón anciano y sensible del gran Apóstol. Sólo Lucas está ahora con él. Antes, ni siquiera eso. Estuvo solo ante los tribunales, sin apoyo humano alguno para llevar a cabo su defensa. Aquellos que decían ser sus amigos, aquellos por los que se sacrificó día y noche, aquellos a quienes amó con entrañas de padre, aquellos le abandonaron cuando más les necesitaba. Situación triste y casi desesperada. Pero también entonces Pablo se siente tranquilo y sereno.

Que Dios los perdone -dice-. El Señor me ayudó y me dio fuerzas... Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará, me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos, amén!... Cuando nos veamos traicionados, cuando nos olviden o nos paguen de mala manera, lo primero que tenemos que hacer es perdonar y poner nuestra confianza en Dios, apoyarnos en su fuerza inquebrantable. Sólo así renacerá la esperanza en la desesperación, sólo así nos sentiremos seguros, contentos, con ganas de bendecir a Dios.

3.- NECESIDAD DE UN GUÍA.- Es muy fácil engañarnos a nosotros mismos. Muchas veces nos “auto convencemos” en un determinado sentido, para acallar los remordimientos de nuestras conciencias, y aunque en el fondo nos damos cuenta de ello, seguimos nuestra vida sin más preocupaciones, metemos la cabeza debajo del ala como el avestruz, que piensa que al no ver al cazador, éste ya no le ve a ella... Por otra parte, es también muy fácil equivocarse en los asuntos que conciernen a uno mismo. Hay muchos factores que oscurecen nuestra mente cuando se trata de algo en lo que se juega nuestro propio interés. Unas veces esos factores son de tipo emocional, otras de tipo conceptúala.

El corazón nos suele engañar muchas veces, se deja llevar por los sentimientos y hace traición a la mente. El hombre no puede verse libre de sí mismo, no es inmune a las pasiones, en especial a la soberbia y a la sensualidad que, como malas raíces sin extirpar, lleva metidas en lo más íntimo de su interior. El engaño también puede venir por otros factores de tipo conceptual, y estos son los peores. Hay quienes viven en la ignorancia, quienes se dejan guiar por una conciencia deformada, hasta el punto de llamar indiferente, o incluso bueno, a lo que de por sí es realmente malo.

Por todo ello, no es inverosímil la situación que nos describe hoy el Evangelio: el absurdo de quienes, siendo unos impíos, se tenían por justos, se sentían seguros de sí mismos y, lo que es peor todavía, despreciaban a los demás. El Señor les quitó la máscara y los puso en su sitio. Dos hombres, les dice, subieron al templo para orar. Uno era fariseo y el otro un publicano. El primero da gracias a Dios por qué no es como los demás: ladrones, injustos, adúlteros... El otro no se atrevía ni a levantar los ojos del suelo, sólo se golpeaba el pecho y decía: Oh Dios, ten compasión de este pecador. Hasta aquí todos escuchaban complacidos, sin sospechar la conclusión: El publicano fue grato a los ojos de Dios, el fariseo salió del templo tan orgulloso como había entrado.

El fariseo no mentía, él contemplaba su vida tal como la describe. Pero estaba equivocado respecto de sí mismo. De aquí que una primera enseñanza para nuestra vida personal es la de que nunca nos fiemos de nosotros mismos en lo que se refiere a nuestra vida espiritual, pues puede ocurrirnos lo que al fariseo, que nos creamos limpios de toda culpa y resulte que estamos en pecado mortal, o en peligro de cometerlo. Estemos convencidos de que uno es mal consejero de sí mismo, y mal juez en las propias causas. De ahí la importancia capital que siempre se ha dado, y se da, a la dirección o acompañamiento espiritual, a la costumbre de confesarse con frecuencia y buscar la orientación de un buen sacerdote, que nos ayude en la delicada tarea de ser cada vez mejores, sobre todo en la humildad. Sólo así seremos agradables a Dios, sólo así nos apoyaremos en el Único que nos puede sostener. Seremos, además, más comprensivos con las faltas de los demás, sin atrevernos jamás a despreciar a nadie.

4.- EL ORGULLOSO CON SU “YO” Y EL HUMILDE CON DIOS

Por Javier Leoz

1.- Todos necesitamos de todos y vivimos de todos, aunque estemos inflados de orgullo y vanidad.

--Unas veces somos tan “farisaicos” que nos cuesta muy poco y casi nada traspasar los límites y ajustar cuentas con el mismo Dios sin percatarnos que todo nos viene de Él.

--En otras ocasiones sale a relucir la humildad que llevamos dentro y optamos por ponernos al final del templo sacando de la maleta los más viejos y negativos recuerdos sin reflexionar que Dios hace tiempo que los olvidó.

--Aunque, ciertamente, hay otros tantos hermanos nuestros que se sitúan tan al fondo de la iglesia que parecen estar (más que ante Dios) jugando al escondite con el Espíritu Santo o, simplemente, cumpliendo para luego marchar cuanto antes para continuar viviendo sin más trascendencia.

2. Uno y otro, el orgulloso del humilde, se distinguen por algo en esta parábola que nos presenta Jesús: el primero hablaba desde la arrogancia y el segundo, en cambio, desde el corazón.

Lo mismo, en una dirección u otra, nos podemos reflejar también nosotros:

*Si vivimos nuestra fe como un simple código de normas… somos fariseo

*Si nos sentimos sostenidos por la mano de Dios… somos publicano

*Si sacamos las medallas al mérito… somos fariseo

*Si buscamos en el trasfondo de todo lo que hemos realizado a Dios….somos publicano

*Si nos sentimos los mejores y los auténticos… somos fariseo

*Si intentamos vivir y pensar en Dios sin comparaciones… somos publicano

3.- En cuántas ocasiones acudimos a la iglesia intentando buscar a Dios y, sin darnos cuenta, ponemos un espejo delante de nosotros para autocomplacernos con la caridad que hicimos o con el ramillete de oraciones contabilizadas en el disco duro de nuestra memoria.

Dios, en cambio, saborea y disfruta con la naturalidad y espontaneidad de sus hijos. Sabe, mucho antes de que nos instalemos en su presencia, con que disfraces venimos y con qué traje deseamos salir de nuevo a la vida. Dios, que tiene de ingenio todo, va al fondo del corazón. Y en el corazón es donde El disfruta y goza con nosotros. En el corazón del creyente no existen las cuentas pendientes ni los reproches. En el corazón humilde es donde hemos de aprender a buscar y guardar la voz de un Dios que valora y potencia la humildad como una gran autopista para ir más deprisa a su encuentro.

3.- Pidamos a Dios que ese “yo” que se siente seguro de sí mismo, que se cree mejor que todo el mundo, más perfecto en todo, más rico, más inteligente, más experto en la vida, etc., sea disuelto por la inquietud de ser auténticos seguidores de Cristo.

También yo (aquí y ahora en el gran templo que es mi vida), en multitud de situaciones, puedo correr el riesgo de caer en la misma actitud farisaica:

-Cuando me considero el mejor vecino o el inigualable amigo

-Cuando pienso que nadie desarrolla el trabajo como yo

-Cuando descalifico a los demás creyéndome el poseedor de toda verdad

-Cuando voy perdonando la vida a los que no caminan al mismo ritmo que yo o la suerte no les ha sonreído como a mí

-Cuando me considero más formado en las letras, en la ciencia o en la fe y sin derecho a réplica

4.- Estamos en el año dedicado a la Misericordia. Tal vez, una forma práctica de llevar a cabo el evangelio de hoy, sea el ocupar los primeros bancos de la iglesia no para relatar a Dios nuestros éxitos pero sí para que seamos cada día más sensibles al gran valor que tiene estar cerca del altar y del lugar desde donde El habla. Al fin y al cabo, la humildad se cosecha más y mejor con aquello que más nos cuesta.

5. - LA CÁLIDA TERNURA DE DIOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Celebramos hoy DOMUND. Es una obra pontificia a punto de cumplir ochenta y cinco años y al ser pontificia pues se celebra en todo el mundo. Antes se llamaba “Domingo Mundial de la Propagación de la Fe” –de ahí viene la palabra DOMUND— y ahora es la Jornada Mundial por la Evangelización de los pueblos. Pero el popularísimo nombre de DOMUND se sigue utilizando. La Iglesia universal emplea ese día como un toque de atención para pensar en hermanos muy lejanos que no conocen a Cristo y, sobre todo, en aquellos hombres y mujeres que muy alejados de sus casas intentan trabajar en la mejora personal de muchas personas de lugares remotos: los misioneros. Jesucristo quería el bien de todos y el bien de todos es ese desarrollo personal que hace a la gente más feliz. Nuestros misioneros y misioneras no solo enseñan el rostro de Jesús, ayudan a que, en general, gente muy pobre mejore sus vidas. Este año el slogan del DOMUND responde a la siguiente frase: “Sal de tu tierra” Frase evangélica bastante conocida, clara y tajante. Dios habló así a Abraham. Pues eso. Llegamos –hoy y siempre—a un compromiso solidario con nuestros hermanos que trabajan por la paz y la felicidad de muchas personas.

2. - Y si hablamos de conversión quiero referirme al Salmo 33. "Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias". Este verso del Salmo 33 resume aspectos de la conversión de muchos. Tenemos testimonios al respecto. Dios suele responder a los gritos angustiados de sus hijos y ya el salmista hace casi 5.000 años vio el resultado de la acción divina. Es una muestra más de la ternura del Señor que se comunica con sus hijos y les responde. El hilo argumental de las lecturas en este Domingo 30 del Tiempo Ordinario es la petición del pecador y la respuesta salvífica de Dios. El Señor escucha. Pero, además, la perseverancia humilde de los pecadores mueve a Dios a la ayuda generosa y constante. El libro del Eclesiástico habla de la oración constante del débil, del marginado, del pobre, del oprimido, del huérfano y de la viuda. Es obvio que este texto se parece mucho al Salmo 33 y responde a ese conocimiento pleno del pueblo judío --ocultado después por la dictadura farisaica-- de Dios como Padre lleno de ternura, que no olvida a sus hijos y que los cura sus angustias.

3.- La parábola del fariseo y del publicano, narrada por San Lucas, plantea uno de los temas más importantes de la vida religiosa y una característica fundamental del cristianismo. Jesús aprueba la humildad y angustia del publicano, doblado por el peso de sus pecados y reprueba la actitud orgullosa y autocomplaciente del fariseo. Y como en otros muchos aspectos del mensaje de Jesús se plantea una gran paradoja, porque, de hecho, un seguidor óptimo de la doctrina puede sentirse satisfecho de su actividad religiosa y utilizar como elemento de autoestima el esfuerzo que "le cuesta ser bueno". Pero ahí aparece el gran peligro porque sin la ayuda permanente de Dios no podemos acometer nuestro camino de bondad. Además, toda persona con gran experiencia en el camino religioso sabe de los cambios internos y de cómo, en cualquier momento, se "alborota el gallinero" hacia caminos que parecían terminados.

4.- También, surgen subjetivismos que nos engañan. El Maligno utiliza el engaño como principal arma. Si uno es capaz de considerarse como autor exclusivo de su camino de perfección, desprecia la ayuda de Dios y la solidaridad con los hermanos, está entrando en una senda de pecado. Alguien le está engañando, hasta el mismo. En la vida cotidiana tampoco podemos utilizar esa especie de personalismo exclusivo. ¿No resulta absurdo que un hombre se situara ante el resto y dijera que todo lo que es --y va ser-- se lo debe a sí mismo? Por un lado estará la intervención de sus padres en la procreación, luego de sus maestros en lo educativo, pero también de sus colaboradores en el trabajo, de sus jefes o de sus empleados. Y, como no, de la propia vida: el transcurso de los días --el paso del tiempo-- que es lo que más enseña. Para nosotros los creyentes estará, además, el papel educador y paciente de Dios. Pero, en fin, si la pura pretensión humana de exclusividad en todo lo hecho, resulta más que ridícula, como no lo va a ser en mayor grado esa misma pretensión exclusiva en el terreno de nuestras relaciones con el Señor. Solo podemos acercarnos a Dios con humildad, porque nuestra pequeñez no permite otra cosa. En los momentos posteriores a cometer un pecado surge amargura y desconcierto, pero sobre todo aparece un gran desvalimiento debido a lo ínfimos que somos. Será Dios, quien con su ternura y fortaleza, nos explique las Escrituras y parte para nosotros el Pan.

5. - San Pablo escribe en la Epístola de hoy su testamento y se lo dirige a Timoteo. Contrasta con la pujanza y fuerza del verbo paulino de otras cartas. Pablo ya es viejo y no espera otra cosa que llegar a la meta. Es, tal vez, más humilde que en otras ocasiones y, por ello, más entrañable. "Pero el Señor me ayudó --dice Pablo-- y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo." Pablo a pesar de su fortaleza, no se olvida de la ayuda del Señor. Y es que lo que evitará que entremos en caminos de valoración loca de nuestras posibilidades es no perder en ninguno de los casos la presencia de Dios. Toda la esencia de ser cristiano es vivir en presencia del Señor. Y eso solo se consigue con la oración continuada humilde. No es difícil. Lo dificultoso será, sin embargo, esa estéril soledad de nosotros mismos, enfrentada a la cálida ternura de Dios.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

EL PECADO Y LOS PECADOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Os lo he dicho en otras ocasiones, mis queridos jóvenes lectores, existe el pecado y existen los pecados. Y existen las salidas de tono sociales, añado hoy. Las últimas son esas formas de actuar que no están de acuerdo con las costumbres sociales del momento, pero que analizadas a la luz del Evangelio, nada, o casi nada, se las puede reprochar. Estoy pensando en no vestir bien, en no seguir las costumbres sociales, en no desvivirse en mantenerse al día respecto a juegos, música o espectáculos, en despreocuparse por los encuentros multitudinarios, en, en, vosotros mismos, mucho mejor que yo, podréis alargar la lista. Una persona que obra así es un hueso dislocado y no tiene éxito o buena fama. Ahora bien ¿Quién se lo puede reprochar? ¿El comercio, al que no satisface con sus compras? ¿La moda, de la que no está pendiente? O, o, o… al que obra así y cree en el Evangelio, no le remorderá la conciencia, creo yo.

2.- Los pecados… ¡hay, Dios mío! ¡Cuántos pecados cometemos! Mentimos diciendo que no hemos tenido tiempo, robamos, llevándonos cualquier capricho, faltamos a prácticas litúrgicas cristianas diciendo que son aburridas, miramos y deseamos aquello que no debemos, gozamos de lo que no nos es lícito disfrutar… He querido expresarme con vaguedades, quería únicamente delimitar el terreno ideológico, sin que nadie me tildara de exagerado.

3.- Los pecados son realidades humanas localizadas en el espacio/tiempo, contrarias a las normas de vida cristiana. Uno puede darse cuenta de su maldad y pedir clemencia a quien ha ofendido y a Dios, al que no ha respetado. Recibe el perdón sacramental y se borran estas acciones, pensamientos, deseos y omisiones, como realidades trascendentes.

4.- Reflexionar y analizar, debe uno hacerlo habitualmente. Arrepentirse y proponerse no volver a lo mismo, es justo, necesario y posible hacerlo. Son los pecados, vuelvo a repetirlo. Se cuenta de uno que durante su vida fue un gran malhechor y que cuando estaba a punto de morir se dio cuenta de su mal obrar, le incomodo, se avergonzó, se comparó con el que tenía a su lado y ¡Oh prodigio! Es la única persona canonizada en vida. Evidentemente, mis queridos jóvenes lectores, me estoy refiriendo al buen ladrón, al que llamamos San Dimas.

5.- Pero existe el Pecado. Con mayúscula, no por su categoría social, ni por su valer, que no lo tiene, sino por su malicia, su arraigo profundo en la personalidad, que dificulta arrancarlo de la conciencia, por lo extendido, silencioso, invisible y robusto que es y está. Me estoy refiriendo, ya lo habréis supuesto, al orgullo y a la ambición. Casi siempre van juntos. No en la parábola que explica el Maestro y la Iglesia nos propone en la misa de hoy, que solo se refiere al orgullo.

4.- Hago un paréntesis. Los fariseos eran gente bien. Bien situados económicamente, bien considerados socialmente, bien dotados de cultura y erudición. Y se lo sabían bien. Y el pueblo lo aceptaba. Orgullosos, pues, sin que se definiesen de tal modo. Uno de ellos, el primer protagonista que aparece en escena hoy en la lectura, va al Templo y le dice y repite a Dios lo bien que obra, según los preceptos escritos. Se lo dice y repite exigente. Aunque eso de exigir no se diga, pero, evidentemente, está reclamando sus favores. Se mantiene erguido, la frente elevada, la mirada fija. Un hombre correcto, nadie puede reprocharle nada. Un orgulloso, no cabe duda tampoco. Y gente de este tamaño, volumen y estatura espiritual, no caben, no pueden pasar por la puerta del Reino de los Cielos. Su tinte espiritual no hay quien se lo elimine. No está justificado, dicho en lenguaje evangélico.

5.- Los publicanos, o cobradores de impuestos, que también se nombran así, eran unos enchufados. Recolectaban lo que las leyes romanas exigían, traicionando al Pueblo de Dios, que no sentía otra autoridad que la divina. La gente los marginaba y ellos lo sabían. Tampoco podían lucirse en las asambleas litúrgicas de las sinagogas. El personajillo de la parábola pertenece a este gremio. Entra en escena por una rendija y no se atreve a avanzar ni a declamar entonando su oración. Nada tiene que decirle a Dios, nada puede exhibir de sí mismo. Siente lástima de sí, sin exigir compasión que le ennoblezca, cree que no la merece.

6.- Es humilde, y punto. Vuelve a su casa de la misma manera que la dejó, o mejor dicho, un poco mejor que la dejó. Es un hombre modesto, sin pretensiones. Es justo, dicho en lenguaje evangélico. Tal vez cometía pecados, como todo quisque, y hasta más. Pero en el Templo pudo alcanzar el perdón. Nosotros, más afortunados podemos confesar nuestros pecados en la Iglesia y además de la clemencia, recibir la Gracia. Como el primero, tantos hay todavía, y tantos siguen igual: satisfechos, se mueven tan campantes, sin reconocer que ante Dios están desnudos, sus bolsillos vacíos y ante el maligno desprotegidos.

7.- Cambio de tercio y acabo. La idea de templo, según concepción mesopotámica, era una elevación a la que subía el fiel al encuentro de Dios, ahorrándole camino. En ocasiones la superficie era grande y la altura también. Se le podía preparar a la divinidad un cubículo para su permanencia. He resumido las líneas estéticas del Templo de Salomón. El del tiempo de Jesús, segundo templo, o de Herodes, tenía variantes. La principal es que estaba rodeado de una inmensa explanada donde pululaban maestros de la Ley, cambistas de moneda, comerciantes o simples visitantes. No se exigía que fuera judío, estaba abierto a todos y a cualquier actividad. Pero, aun así, se consideraba templo. Una balaustrada, con serias advertencias de pena de muerte al que la franquease sin ser del Pueblo Escogido, amparaba el núcleo, el Santuario propiamente dicho. Era un conjunto de edificaciones de diversa extensión y finalidad, alrededor de unas plazas, o plazoletas, comunicadas entre sí. En la primera podían permanecer hombres y mujeres, después solo se permitía la estancia de varones, más adelante era lugar de sacerdotes y levitas y finalmente el edificio que llamamos Santo, en su parte primera y Santo de los Santos, en la más solemne, que era ámbito totalmente vacío para expresar la espiritualidad del Dios de Israel, era el lugar más sagrado de Israel.

8.- La escena de la parábola del evangelio de la misa de hoy, se situaría en el segundo espacio, anterior al Santo, lugar ya privilegiado y de exclusiva intencionalidad religiosa.