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21 octubre 2016

El hombre de la sonrisa

Hoy me he despertado sonriendo. Hasta la alarma del móvil, este lunes, sonaba alegre, repetitiva, renovada. Era, acaso, la sonrisa de un nuevo día lleno de proyectos… ¡Despertarme con una sonrisa, en mi caso, es algo muy serio! Tal vez sea porque he soñado que, almacenadas en un lugar del espacio, había miles de sonrisas diferentes. Soñaba con risas de satisfacción, con sonrisas de placer, con el llanto que parece una carcajada mal entonada, con la expresión de la alegría de zureo de paloma, de graznido de gaviota o de gorjeo de canario; allí percibí también la risotada y el hipo alegre del borracho.
Pude distinguir, lejana, la risa de Dios y, a pocos pasos, el trémulo ronquido del diablo… La risa de un niño era lo más parecido a la sonrisa de Dios. Sonaba, en mi sueño, impresionante y completa, la sinfonía de la risa.

Salgo a la calle, y allí, en el semáforo, esperando con paciencia, mirando a todos los lados…, el hombre de la sonrisa. Aquel joven desconocido era la sonrisa sin explicaciones, sin motivo; una sonrisa personal, centrada en lo alto de su boca y en el fondo de sus ojos. Miro un poco de reojo a mi compañero de semáforo y sigue ofreciéndome su leve sonrisa. Bajo la mirada y, al levantar la cabeza nuevamente, me topo con su sonrisa. Mira a un lado y a otro, cambia el color del semáforo, pero no cambia su rictus de alegría.
Le dejo que se distancie y su olor a risa llena la calle… Huele a risa por las esquinas y la gente se contagia e impregna de risa. Observo a quien camina ahora a mi lado, y me regala una sonrisa; hasta el ruido de los coches suena a carcajada de motor achispado. ¿Puro espejismo en un desierto sin oasis? No, porque la gente sigue contagiada. Es una risa que se ve, se intuye, que no se oye, como si alguien riera de perfil o a mis espaldas.
Estoy intrigado por saber quién es el hombre de la sonrisa. No llega a los treinta años; de su cara lo que más llama la atención son los ojos que ríen, los labios que ríen, la frente que ríe y el corazón que despide sonrisas… Hay que seguirle los pasos porque con unos cuantos como este muchacho igual se contagia el mundo de alegría. ¿Te imaginas un mundo en que todos sus habitantes sonrían al mismo tiempo? ¿Un mundo en el que hasta el que llora lo hace mediante una sonrisa? ¡Qué breve es la distancia entre llanto y risa!
Mira por donde, sin querer, esta ciudad se ha convertido en el mundo de mi sueño: un almacén de sonrisas que forman la sinfonía más alegre que un compositor pudiera imaginar.
Isidro Lozano