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18 octubre 2016

Domingo 23 octubre: Homilía

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En nuestro sistema judicial occidental, se nos presenta la imagen de la justicia como ciega, no dejándose influenciar por unos u otros, con una balanza en la mano indicando, a su vez, la equidad absoluta que se debe mostrar en el juicio. 
El texto del Eclesiástico nos habla del sentido profundo de la justicia, presentando a Dios como un juez que no hace acepción de personas y que, en principio, parece que mantiene una imparcialidad total. Pero, a continuación, se precisa que no hay acepción de personas “contra el pobre”. Este extraño juez es claramente parcial, pues se afirma que “escuchará la súplica del oprimido”. 

Estas súplicas tienen la vía más rápida para llegar al justo juez, que “reconocerá su derecho y les hará justicia”. Esta justicia está bastante reñida con la que se emplea en nuestros tribunales con los poderosos o con los más pobres y quienes no tienen la posibilidad de defenderse. Nuestra actitud como cristianos y ciudadanos debería estar empapada por esta justicia de Dios, parcial hacia los más desprotegidos, en todas las facetas de nuestra vida. 
El salmo 34 sigue ahondando en el mensaje del Eclesiástico. Nuestro Dios se enfrenta a los criminales que matan, excluyen y marginan de mil formas, defendiendo así a los más humildes y desfavorecidos. 
Nosotros tenemos que trabajar para hacer más cercana esta experiencia de la ternura de nuestro buen Dios, luchando contra tantas injusticias y discriminaciones, uniendo nuestras voces y nuestras manos para construir una tierra más fraterna, justa y digna para toda la humanidad y nuestro planeta. 
Solo quien se mantiene fiel hasta el final recibirá la corona de la vida (cf. Ap 2,10). San Pablo se ha mantenido fiel en la predicación de la buena noticia de Jesús, que es su vida de entrega por amor a los demás, en especial hacia los más débiles y desheredados, hasta dar su vida en la cruz y recobrándola de nuevo de manos de su buen Padre Dios. 
Pablo ha sufrido multitud de pruebas, pero no ha dejado de correr hacia su meta, hacia Cristo muerto y resucitado, de la mano de sus hermanos y hermanas, a quienes ha acompañado hasta sufrir la pérdida de libertad en la cárcel. La verdadera venida del Señor es la que se ha dado en la vida terrena de Jesús, proclamando el reino que ha manifestado en sus signos de liberación, sanación e inserción de nuevo a la sociedad y en la fraternidad de las comunidades por él fundadas. 
Jesús, aunque dicen los Evangelios que no tenía ni tiempo para comer, se para cuando menos se lo esperan sus discípulos para contemplar escenas que para la mayoría hubieran pasado desapercibidas y para atender a las personas que suplicaban su atención y sus favores. 
En el pasaje de Lucas nos refiere una parábola, después de haber visto, seguramente, alguna escena semejante en el templo. Un fariseo ora en alto, para ser escuchado por quienes están a su alrededor, para que se entere todo el mundo de las limosnas que da, las prescripciones religiosas que cumple a rajatabla, denigrando a quienes no son como él. En cambio, en un rincón oscuro, oculto a las miradas de los demás, se golpea el pecho un publicano, musitando casi imperceptiblemente: “Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador”. 
Jesús nos invita a reflexionar, con esta parábola, sobre si nuestras prácticas religiosas (y nuestro comportamiento en general), son de mero cumpli-miento (cumplo y miento) o, por el contrario, nos ayudan a liberarnos de nuestro egoísmo, de los sentimientos de superioridad sobre los demás, de obrar simplemente para ser vistos y para que nos lo agradezcan. Si actuamos así, el mensaje de Jesús no habrá hecho mella en nuestro corazón. Solo si nuestra vida está empapada por la felicidad de vivir con el espíritu de las bienaventuranzas, el mensaje liberador de Jesús, su buena noticia, el amor y la ternura de su buen Dios, comprometiéndonos en la construcción de un Reino de justicia, paz y fraternidad, se habrá asentado en nuestro corazón y nuestra vida se habrá transformado, concediéndonos la auténtica paz interior. 
Miguel Ángel Mesa Bouzas