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12 octubre 2016

Domingo 16 de octubre: Homilías


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1.- SEAMOS PERSISTENTES

Por Javier Leoz

Si hemos visto alguna vez una estalagmita vemos como, ésta, se forma con el paso de los años cuando, al caer millones y millones de gotas de agua, van depositando calcita en el suelo y formando así una especie de columna. El resultado, aparentemente, es invisible. Con el tiempo, espectacular.

1.- Una vez más, Lucas, nos adentra en el tema de la oración. Y, según él, ha de ser insistente. Nos narra una preciosa parábola en la que, con la constancia, se nos asegura que Dios siempre cumple aquello que se le pide. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿De qué manera? Eso ya es otra cosa.


Al igual que la estalagmita, puede que a veces nos parezca que la “gota de agua de nuestra oración” no produce fruto. Que es estéril. Que no merece la pena. En cuántos momentos nos encontramos con personas que dicen que hace tiempo dejaron de orar porque les parecía algo innecesario o una pérdida de tiempo. Y, al contrario, otras que en la reflexión, la meditación y la oración diaria es donde mejor se encuentran y donde alcanzan respuestas a muchos interrogantes o, por lo menos, fuerza para seguir adelante.

Jesús, más que nunca en estos tiempos de ruidos y de superficialidad, nos invita a no abandonar la columna de la oración. Con ella podemos unir la tierra y el cielo y al hombre con Dios. ¿Cómo? Siendo constantes, alegres y persistentes en la oración. No está de más el recordar que, también una gota con su goteo permanente, es capaz de romper una gigantesca roca. Y no es menos cierto que, la oración permanente, produce sosiego, seguridad, optimismo y la sensación de que Dios camina codo a codo con la humanidad. Para ello, claro está, hay que orientar la antena de nuestra conciencia en la dirección desde la cual el Señor emite.

2.- Cuando se quiere algo o se quiere a alguien, el cansancio, desaparece del vocabulario palabras como desilusión, desencanto, aburrimiento o pesimismo. Nosotros, como cristianos, no queremos “algo” (aunque anhelamos el cielo) amamos a Alguien: a Dios. Y por eso le rezamos y nos confiamos a su presencia, a su Palabra y a la promesa de que nunca nos dejará abandonados.

Siempre nos acompañarán enigmas y dudas: ¿Por qué el mal en el mundo? ¿Por qué unos tienen tanto y otros tan poco? ¿Por qué las guerras y los suicidios, las crisis y los desastres naturales? Preguntas que, muchas veces, sólo tienen una respuesta: el hombre es libre con todas sus consecuencias. Dios no es ningún tutor que vigila y dirige nuestras vidas como si fuéramos marionetas. Su deseo, como Padre, es que crezcamos, que maduremos y que por lo tanto seamos conscientes que el vivir implica confiar y arriesgarse creyendo con todas las consecuencias en El.

3.- El Santo Cura de Ars a un joven sacerdote que, aparentemente, no veía frutos pastorales en su vida pastoral le apostillaba: ¿no será que no rezas con fe? ¿No será que no lo haces frecuentemente? ¿No será que no lo haces con insistencia? Fe, frecuencia e insistencia son tres termómetros que ponen sobre la mesa la verdad y la profundidad de nuestra oración.

4.- ESCÚCHAME, SEÑOR

Aunque, mi  pensamiento, vuele por otros cielos

y no sea  consciente de tu presencia

Aunque, mis  labios se abran para bendecirte,

y mi corazón  siga amando otros dioses.



ESCÚCHAME, SEÑOR

Porque, temo  y siento a veces,

que mi  oración es pura y simple palabrería,

que mi  alabanza es un quedar bien contigo

que mi  confianza es débil y muy interesada



ESCÚCHAME, SEÑOR

Porque tengo  miedo a cortar contigo

Porque, aun  hablándote, me siento solo

Porque, aun  queriéndote,

no siempre  eres mi amor primero



¿ME ESCUCHARÁS, SEÑOR?

¡Ayúdame!

Que no caiga  en la tentación de la pereza

Que no me  canse nunca de estar junto a Ti

ni de  buscarte en el oasis de la oración.



¿ME ESCUCHARÁS, SEÑOR?

Ojala, que  en el día que tú me llames,

aun con mis deficiencias,  hipocresías y pecados

encuentres  un poco de fe, sólo un poco de fe,

en este que  siempre quiere ser tu amigo

Amén.

2.- HAY QUE REZAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE

Por Antonio García-Moreno

1.- GUERRA GANADA.- Durante la ruta del desierto los israelitas tuvieron que superar mil dificultades. Era un camino tortuoso, un sendero largo y escarpado. En medio de aquellos parajes desolados, se iría curtiendo el guerrero que después abordaría sin desmayo la conquista de la Tierra Prometida. En la ascética cristiana esta etapa de la historia de la salvación es fundamental. Por qué también los cristianos vamos caminando hacia la Tierra de promisión, porque también los que tienen fe caminan con el corazón puesto en el otro lado de la frontera.

Nos narra hoy el hagiógrafo el ataque de Amalec. Es el jefe de la tribu de nómadas que habita en el norte del Sinaí. Son hombres avezados a la lucha y están ansiosos de arrebatar a los israelitas sus ganados, sus bienes todos, el botín que traen de Egipto... Ataques por sorpresa, ataques que se ven venir, ataques de gente armada hasta los dientes. La vida es una milicia, una lucha en la que tenemos que estar siempre en pie de guerra. Sólo así resistiremos el empuje enemigo, sólo participando en la refriega de cada combate, participaremos en la gloria de cada botín.

Moisés se siente cansado, sin fuerza para ponerse al frente del ejército. Pero él sabe que su debilidad no es óbice para que la batalla se gane, él está persuadido de que el primera guerrero es Yahvé, que al fin y al cabo es Dios quien da la victoria. Convencido de ello, llama a Josué y le expone su plan de ataque. Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec...

Es lo primero, poner todos los medios a su alcance antes de entrar en la lucha. Sí, porque Dios no ayuda a los que no ponen de su parte lo que pueden, a los que son vagos y comodones. Dios quiere, exige, que se pongan ante todo los medios humanos posibles y los casi imposibles para poder superar las dificultades que se presenten. Después, o al mismo tiempo, a rezar. Entonces el poder de Dios se hace sentir avasallador. No habrá quien se nos resista, no habrá obstáculo que no podamos superar, ni pena que no podamos olvidar. Dios no pierde nunca batallas, Dios es irresistible. Por eso la vida que es una milicia, una lucha, una guerra, para el que tiene fe es, además de santa, una guerra ganada.

2.- ORAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE.- Hay verdades tan claras que no necesitan, para comprenderlas, otra cosa que la exposición de las mismas. Así, por ejemplo, la de que es necesario orar siempre, sin desanimarse nunca. Para quienes se ven de continuo necesitados, ha de ser evidente que han de recurrir a quien les pueda cubrir sus necesidades. Podríamos decir que lo mismo que un niño llora cuando tiene hambre, hasta que le dan de comer, así el que se ve necesitado clamará a Dios, que todo lo puede, para que le ayude y le saque del apuro.

Sin embargo, muchas veces no es así. Nos falta la fe suficiente y la confianza necesaria para recurrir a nuestro Padre Dios, para pedirle humildemente nuestro pan de cada día. O nos creemos que no necesitamos nada; somos inconscientes de las necesidades que padecemos. Reducimos nuestra vida al estrecho marco de nosotros mismos y limitamos nuestras necesidades a tener el estómago lleno. Sin darnos cuenta de cuantos sufren, cerca o lejos de nosotros; sin comprender que no sólo de pan vive el hombre, y que por encima de los valores de la carne están los del espíritu.

Así, pues, aunque resulta evidente que quien necesita ser ayudado ha de pedir ayuda, el Señor trata de convencernos de que hay que orar siempre sin desanimarse. Para eso nos propone una parábola, la del juez inicuo que desprecia a la pobre viuda, y no acaba de hacer justicia con ella. Esa mujer acude una y otra vez a ese magistrado del que depende su bienestar, para rogarle que la escuche. Por fin el juez se siente aburrido con tanta súplica y asedio continuo. El Señor concluye diciendo que si un hombre malvado, como era el juez, actuó de aquella forma, qué no hará Dios con quienes son sus elegidos y le gritan de día y de noche. Os aseguro, dice Jesús, que les hará justicia sin tardar.

De nuevo tenemos la impresión de que Dios está más dispuesto a dar que el hombre a pedir. En el fondo, repito, lo que ocurre es que nos falta fe. Por eso, a continuación de esta parábola, el Señor se pregunta en tono de queja si cuando vuelva el Hijo del hombre encontrará fe en el mundo. Da la impresión de que la contestación es negativa. Sin embargo, Jesús no contesta a esa pregunta, a pesar de que él sabe cuál es la respuesta exacta. Sea lo que fuere, hemos de poner cuanto esté de nuestra parte para no cansarnos de acudir a Dios, una y otra vez, todas las que sean precisas, para pedirle que no nos abandone, que tenga compasión de nuestra inconstancia en la oración, que tenga en cuenta nuestras limitaciones y nuestra malicia connatural.

Hay que rezar siempre sin desanimarse. Hemos de recitar cada día, con los labios y con el corazón, esas oraciones que aprendimos quizá de pequeños. Muchas veces oraremos sin ruido de palabras, en el silencio de nuestro interior, teniendo puesta nuestra mente en el Señor. Cada vez que contemplamos una desgracia, o nos llega una mala noticia, hemos de elevar nuestro corazón a Dios -eso es orar- y suplicarle que acuda en nuestro auxilio, que se dé prisa en socorrernos.

3.- COMUNICARSE CON DIOS

Por José María Martín OSA

1.- También es bueno pedir. Si el domingo pasado Jesús nos recordaba que tenemos que dar gracias en nuestra oración por los dones que Dios nos regala, hoy nos recuerda que también es bueno pedir. La verdad es que no hace falta que nos recuerde que pidamos, pues es lo que hacemos habitualmente, más difícil nos resulta dar gracias. Sin embargo, también es bueno pedir, por eso Jesús cuenta la parábola del juez inicuo para explicar cómo tenemos que orar siempre sin desanimarnos. Al pedir reconocemos nuestra limitación y ponemos nuestra confianza en Dios. Como dice San Agustín "la fe es la fuente de la oración, no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua". Es decir, quien pide es porque cree y confía. Pero, al mismo tiempo la oración alimenta nuestra fe, por eso le pedimos a Dios que "ayude nuestra incredulidad".

2.- ¿Sabemos pedir lo que nos conviene? Ocurre que frecuentemente no sabemos pedir y nos decepcionamos si Dios no nos concede lo que pedimos. No puede ser que Dios conceda a todos acertar el número de la lotería y es imposible que conceda a la vez la victoria a dos aficionados de dos equipos distintos que se enfrentan entre sí. Dios no es un talismán, o un mago que nos soluciona los problemas. Cuando pedimos algo nos implicamos en eso que pedimos y nos comprometemos con lo que suplicamos. Por ejemplo, si pedimos por la paz nos estamos comprometiendo nosotros mismos en ser pacíficos y constructores de paz. Lo otro es pedir a Dios que nos saque las castañas del fuego sin mover nosotros un solo dedo. Jesús nos anima a perseverar en la oración con insistencia, pues entonces estamos demostrando nuestra total confianza en Dios. Pero no pidamos imposibles, no podemos obligar a Dios a alterar el ritmo de la naturaleza. Pidamos mejor que sepamos aceptar nuestras limitaciones y sobre todo sabiduría para asumir lo que no podemos cambiar. Cuando llega el dolor o la enfermedad tan importante es pedir la curación como aceptación y confianza serena ante la enfermedad.

3.- La oración comunitaria. No cabe duda de que la oración en común tiene más sentido y me atrevería a decir que más fuerza. En el momento de las preces de la Eucaristía alguien lee o presenta la petición y todos nos unimos a él/ella diciendo "¡Te rogamos óyenos!". Hemos de pedir no sólo por nosotros o por los nuestros, sino también por todos los que lo necesitan. No olvidemos que somos el cuerpo de Cristo y cuando un miembro sufre, todo el cuerpo sufre. A veces las peticiones que hacemos en la Eucaristía resultan demasiado formalistas o rutinarias. Deberíamos dejar campo a la espontaneidad y dar oportunidad para que el que quiera exprese su necesidad para unirnos en su oración. Es verdad que Dios conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos, también un padre sabe lo que necesita su hijo, pero le gusta que se lo diga, pues es señal de confianza en él. Dios te dice cada día: "si me pides soy don para ti, si me necesitas, te digo: estoy aquí, dentro de ti".

En la era del teléfono móvil y de los WhatsApp, propongo ocho reglas para hablar con Dios:

*1.- Marca el prefijo correcto, no a lo loco.

*2.- Una conversación telefónica con Dios no es un monólogo. No hables sin parar, escucha al que te habla desde el otro lado.

*3.- Si la conversación se interrumpe, comprueba si has sido tú el causante del "corte".

*4.- No adoptes la costumbre de llamar sólo en casos de urgencia. Eso no es trato de amigos.

*5.- No seas tacaño. No llames sólo a horas de "tarifa reducida"; es decir, cuando toca o en fines de semana. Una llamada breve en cualquier momento del día sería ideal.

*6.- Las llamadas son gratuitas y no pagan impuestos.

*7.- No olvides decirle a Dios que te deje en el contestador o en el WhatsApp todos los mensajes que quiera o cuando quiera.

*8.- Toma nota de las indicaciones que Él te diga para que no las eches en olvido.

4.- QUE NUESTRA VIDA SEA UNA CONTINUA ORACIÓN

Por Gabriel González del Estal

1. Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? Estar todo el día en oración con Dios es estar todo el día en diálogo permanente con Dios. No tanto, no sólo, con el pensamiento, sino con nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestras obras. Para expresar nuestra amistad a un amigo no es necesario que nos pasemos todo el día diciéndole al amigo que somos amigos suyos, sino demostrándoselo con nuestro comportamiento. Pues lo mismo con Dios: no es necesario que nos pasemos todo el día pidiéndole a Dios que nos ayude, es suficiente con que vivamos todo el día viviendo como hijos de Dios, como sus siervos, como sus amigos, reconociéndole Señor de nuestras vidas. Y lo que tenemos que pedirle a Dios todos los días es que yo haga su voluntad, no que él haga la mía. Si Dios es nuestro amigo y nuestro señor, es seguro que él quiere siempre lo mejor para nosotros; nosotros lo que tenemos que hacer es querer también que esa voluntad de Dios se cumpla en nosotros. Debemos quererlo con confianza y con amor, aunque muchas veces nos cueste entender que la voluntad de Dios es lo mejor para nosotros. Si vivimos todos los días como auténticos hijos de Dios, como sus amigos, debemos confiar en él, más que en nosotros mismos. Ya sé que esto, en determinados momentos adversos, no es algo fácil, pero es necesario, dentro de una auténtica teología del amor de Dios. Sí, como la viuda del evangelio, como el mismo Cristo en el Huerto de los Olivos, tenemos derecho a gritar a Dios que nos ayude, pero no olvidemos nunca de terminar nuestra oración diciendo: <hágase tu voluntad y no la mía>. Es decir, pongamos siempre nuestra vida al servicio de Dios; eso es vivir en continua oración.

2.- Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Evidentemente, se trata de un texto en el que el concepto de la relación del Dios de Israel con su pueblo es un concepto que hoy no nos sirve para nosotros. El Dios de Jesús es un Dios universal y liberador, no un Dios justiciero que mata a espada a los enemigos del pueblo de Israel. El mensaje de este texto del Éxodo para nosotros, los cristianos, es que debemos confiar en el Dios de Jesucristo, en nuestro Dios Padre misericordioso, y que mientras nosotros vivamos llenos del espíritu de Dios, del espíritu de Cristo, venceremos todas las dificultades y todas las tentaciones. Si Dios está con nosotros, nadie nos podrá vencer, ni la enfermedad, ni la muerte, porque el que vive en Cristo, muere y resucita con Cristo. Vivamos llenos del espíritu de Cristo y venceremos; si nos fiamos de nuestras propias fuerzas y no vivimos unidos a Cristo, seremos fácilmente vencidos por nuestros enemigos.

3.- Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena. Debemos hacer de la Escritura, principalmente de los Evangelios y del Nuevo Testamento, nuestro libro de cabecera. No sólo debemos conocer la letra del evangelio de Jesús, sino, sobre todo, impregnarnos de su espíritu, tratar de vivir según el espíritu de Jesús. Todos los cristianos debemos ser modelos de virtud y de obras buenas para los demás. Hoy día, más que corregir y reprender a los demás con palabras, debemos hacerlo con nuestras obras. Ser humildes, mansos, generosos, estando siempre dispuestos a ayudar a los demás y predicando siempre el evangelio del Reino, evangelio de santidad y de gracia, de vida, de justicia, de amor y de fe. Siendo, en definitiva, buenos cristianos, buenos discípulos de Cristo Jesús.

5.- “EL SILENCIO DEL HOMBRE”

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El texto del evangelio de San Lucas que hemos escuchado hoy es, tal vez, uno de los más sorprendentes e inquietantes de todos los fragmentos evangélicos que la liturgia dominical nos ofrece. O, al menos, así me lo parece a mí. Jesús de Nazaret nos pide que oremos con constancia y sin desánimo dando por entendido que Dios puede no “contestarnos” inmediatamente y, por supuesto, no darnos enseguida –o nunca—lo que específicamente nosotros le pedimos. Está definiendo lo que se ha llamado “el silencio de Dios”, que tanto nos inquieta y preocupa. Y también termina sus palabras de hoy con una frase misteriosa y que, sin duda, es como una pregunta a todos y cada uno de nosotros… a los cristianos y cristianas de todos los tiempos y generaciones: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” ¿Había previsto ya el Señor las tremendas crisis de fe que sus seguidores han ido experimentando a lo largo de la historia? O, simplemente, al contemplar la falta de compromiso de, incluso, sus coetáneos, llega a esa conclusión con temor.

2.- Siempre, cuando cualquier cristiano, intenta analizar o comentar las palabras de Cristo se enfrenta con el insoldable misterio del Hombre-Dios y nosotros… siempre somos incapaces de encontrar explicaciones precisas a sus palabras, certeras, redondas. Jesús es Hombre, pero también es Dios. Está claro que para Él las limitaciones de tiempo y espacio –como luego pudo observarse tras su Resurrección—no existen y su capacidad profética es directa, propia y total. Es decir ve el futuro igual que ve el presente. Esa hondura –creo yo—nunca pudo ser entendida por sus interlocutores allá en la Palestina dominada por los Romanos y por eso utilizó tanto las parábolas. Es verdad que la parábola era un género muy usado en los pueblos semitas, pero también la parábola para Jesús evitaba, en alguna forma, la concreción del tiempo futuro. La parábola, por ejemplo de los viñadores homicidas, refleja la realidad terrible que a Jesús le tocó vivir, la cual no parecía muy previsible al principio de su predicación. La idea de que los viñadores delincuentes respetarían, al menos, al hijo del dueño de la vid revela la idea de que la redención del género humano bien pudo hacerse ante el reconocimiento de la condición divina de la misión de Jesús. Pero el desenfoque grave y terrible que la religión oficial de aquellos tiempos tenía del Dios verdadero, con el apropiamiento de Dios para su exclusivo beneficio –de situación privilegiada, de poder e, incluso, de dinero—impidió cualquier reconocimiento de esa misión altísima por la ceguera ante la verdadera naturaleza de Dios, la de Dios Amor. Se pusieron contra Dios e, incluso, como los viñadores asesinos, mataron a su Hijo.

3.- La viuda insistente bien pudo ser un personaje concreto que existía en esos años y el juez inicuo también. Y, también, la admirable historia de la perseverancia de esa mujer pudo ser un hecho cierto y conocido. Una de las características de la parábola oriental es tomar como punto de partida algo conocido, ocurrido en esos años. Es una opinión de muchos. Pero tanto da. Lo importante es que Jesús nos pide orar siempre, aunque el objeto de nuestra oración parezca que no tiene solución. Si lo pensamos bien el juez inocuo podría haber usado de la fuerza para callar a la mujer. O, incluso, haber juzgado en contra de los intereses de la reclamante. Es ahí donde nos muestra la aparición de una idea fundamental para la existencia humana: pedir contra todo pronóstico “realista” de recibir lo demandado porque, Dios, sin duda vendrá en nuestra ayuda. La figura del Silencio de Dios es falsa, aunque, honradamente, nos pueda parecer a veces que Dios no escucha. Jesús –se ha dicho muchas veces—vivió esa situación de desamparo desde el Huerto de los Olivos hasta el momento de su muerte en la Cruz. Sin embargo, todo no terminó allí en el Gólgota. La Resurrección y la glorificación visible de Jesús de Nazaret fue el triunfo total de su misión. Dios habló y ¡cómo habló!

4.- La figura de Moisés con los brazos en alto mientras que a sus pies transcurre la batalla es muy cinematográfica. Y, más o menos, la tenemos muy asumida. Pero la pregunta es: ¿Dios necesita de una actitud visible en la oración para aceptarla, para hacer caso? Cada vez que Moisés bajaba los brazos, en la lucha ganaba Amalec y perdía Josué. Moisés, claro, perdía la actitud orante física por el cansancio y no aguantaba tener los brazos elevados. Y de ahí que le sentaran sobre una piedra mientras Aarón y Juur le sujetaban las manos. ¿Necesitaba Dios esa postura? No, claro que no. Quien la necesitaba eran los combatientes que se esforzaban al máximo al saber que Dios les ayudaba gracias a la oración permanente de Moisés. ¿Y Dios que hacía? Bueno, habrá que pensar que esa victoria de Moisés y de su pueblo estuvo presente en la mente de Dios desde siempre. Pero es obvio que la figura de Moisés con los brazos apuntalados por sus compañeros es un excelente símbolo de la oración constante y continuada, llevada a cabo sin desfallecer. Y Dios, lo sabemos, gusta de esa continua cercanía a Él de sus criaturas, porque ellas –no nos engañamos—le han dado muchas veces la espalda a lo largo de la historia. Dios no quiere que sus hijos se aparten de él, no quiere “el silencio del hombre”.

5.- Seguimos leyendo la carta de Pablo a su querido hijo espiritual Timoteo. Es la segunda misiva al discípulo la que nos ocupa. Se ha dicho que es una auténtica carta pastoral que luego inspiraría a las que escriben continuamente los obispos a sus diocesanos y las encíclicas que el Papa envía a toda la cristiandad. Sus otras cartas, en las que Pablo ha marcado muchos hitos del camino de la Iglesia, y, en ellas, asimismo, su cristología ha sido la superior de ente todos los intentos posteriores de definir figura, vida y obra de Jesucristo, son tratados doctrinales, ensayos como diríamos ahora. Pero las cartas a Timoteo son ejemplo de lo que las pastorales con las que los obispos se comunican con sus rebaños. Bueno, pero esto es preferir la forma al fondo. Y el contenido admirable de la Carta a Tito son las instrucciones precisas para llevar a cabo bien, y con la ayuda de Dios, el pastoreo de una grey. A nosotros hoy nos interesan, especialmente, la frase última del fragmento proclamado y que se relaciona con la oración continua y persistente: “proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda comprensión y pedagogía”. Es un encargo fuerte, completo, y nada fácil. Pero así es el trabajo de la evangelización. No se puede parar porque parar es retroceder.

6.- En fin que no es hoy un domingo para vagos y comodones, ni tampoco para los que se adaptan a las corrientes de la mayoría por vergüenza o vagancia. Hay que trabajar duro y sin descanso para el Reino, porque es verdad que la mies es mucha y los trabajadores son pocos, pero también hay muchos contrarios y otros muchos a quienes les encantaría que la predicación de Jesús de Nazaret no prospere.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

INTERCESIÓN

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Me ha costado situarme ante el relato de la primera lectura de este domingo. Fue pura anécdota. Leía Rafidín y no encontraba ni en diccionarios, ni en mis recuerdos, tal sitio. Y ya sabéis el interés que pongo en ello. Pura anécdota os decía, sí. Otros autores, todos los que he mirado, ponen Refidín. En la antigua escritura no existían las vocales, como tampoco en los hasta hace poco billetes de avión, vaya de ejemplo. Advertidos, pues, por si queréis consultar manuales, guías o atlas, paso a contaros lo que recuerdo del lugar.

2.- Estuve en él en una ocasión, desplazándome de Israel a Egipto. Seguíamos nosotros en un todoterreno, y aproximadamente, la ruta del Éxodo. Lo hacíamos en sentido inverso, pero esto poco importaba. Refidín se encuentra pues, en el entorno del macizo del Serbal, un pico de 2070m de altitud. Una cosa seria, pues. La ruta sigue terrenos de suave perfil y pocos altibajos. Entre la cima y el camino por el que íbamos, hay múltiples elevaciones menores. En alguna de ellas, quise suponer, estuvo Moisés. Por donde nosotros nos movíamos, las tropas de Amalec atacaban a las de Israel. El resultado de la batalla se presentaba incierto. Josué, el caudillo militar, luchaba, pero no triunfaba. Moisés, el caudillo liberador, se entregó a la oración. Se dirigía al Cielo, puesta su mirada en la tierra donde el pueblo luchaba. A Dios rogando y con el mazo dando, dice el refrán.

3.- Israel consiguió atravesar y dirigirse hacia la Tierra Prometida. En el paisaje se recuerda la batalla, pero mirando bien, por la falda de aquellos peñascos, se ven innumerables restos de ermitas en las que se refugiaron los anacoretas primitos, que quisieron imitar a Moisés y rezar en su soledad por el mundo. Y uno se siente agradecido a estos solitarios de cuyas súplicas parece que uno todavía se aprovecha. Por la zona crecen palmeras y mana algún que otro manantial, que aprovechan beduinos. Piensa uno que tal vez aquella roca que está viendo que por una grieta deja pasar un hilito de agua, sea tal vez la que golpeó Moisés, pero ahora no es momento de hablar de ello.

4.- ¿Qué debo escoger, imitar a Josué afanándome por ensanchar el Reino, contra tantos que tratan de impedirlo o unirme a la oración de Moisés y de los anacoretas, apoyando la acción de tantos que hoy en día con su esfuerzo e ingenio procuran el bien? Antes de continuar y pasar a la lectura evangélica, quisiera que os detuvierais observando que, de acuerdo con el texto, Moisés no estaba solo, intercedía sí, se expresaba con gestos, brazos extendidos en actitud de súplica, pero extremidades que se cansaban, incapaces de sostenerse y que Aarón y Jur le mantenía elevados.

4.- Moviéndoos por esos campos del Señor, encontraréis contemplativos, ellos y ellas, que siguiendo buenas normas, se entregan a la oración. Y que se cansan, seguramente. Que dudan de que su vida sirva para algo. Fatiga espiritual como la de Moisés. Vuestras visitas, vuestras ayudas de cualquier clase, sean económicas o simple acompañamiento, ofreciendo un CD con música religiosa o litúrgica, revistas o libros que expliquen necesidades, cartas que les pongan al corriente de los que decaen y de los que esperanzados tienen iniciativas, ¡tantas cosas podéis ofrecer que mantengan su ánimo sereno!

5.- Seguramente muchos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, habréis nacido en una familia cristiana. Que constatarlo os anime y os exija. La respuesta a la Fe, la actitud que es preciso mantener para que viva en vuestro interior, es fomentarla en vuestro entorno, escuchad que se os dice: “proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda comprensión y pedagogía…” El relato evangélico me parece que no necesita que añada ninguna explicación. Quisiera únicamente que recordarais que nuestro Dios, ni está lejano a nosotros, ni su comportamiento es caprichoso. Ahora bien, dispone de la eternidad para darnos respuesta justa y nosotros estamos dotados de capacidad de constancia para acelerarla y recibirla.