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31 octubre 2016

Dios pasa, ¿nosotros pasamos?

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Un compañero me comentaba que había estado en una población durante sus fiestas patronales, y decía bromeando que durante las procesiones se podía intuir qué actitud tenían los espectadores respecto a la religión: si eran creyentes, cuando pasaba la imagen se levantaban de sus asientos, incluso se santiguaban; si eran indiferentes, miraban pero permanecían sentados; y si no eran creyentes, no hacían ni caso y seguían hablando o con lo que estuvieran haciendo. Dejando aparte la broma, es cierto que no se puede ni debe juzgar la fe por estos indicadores, pero también es cierto que nuestra fe, o falta de ella, se refleja en nuestra actitud hacia todo lo que conforma la religión, en la atención e interés que prestamos a las cosas de Jesús y su Evangelio.

En el Evangelio hemos escuchado el episodio de Zaqueo, quien al saber que Jesús estaba en la ciudad, corrió y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Contemplemos esta escena para confrontar nuestras actitudes con la actitud de Zaqueo.
El Señor puede pasar por nuestra vida en cual-quier momento y circunstancia, pero sabemos que hay ocasiones en las que “tiene que pasar por allí”, en las que “seguro” que está: la celebración de la Eucaristía; la reserva en el Sagrario; cuando dos o más se reúnen en mi nombre (cfr. Mt 18, 20), ya sea en la oración, en el Equipo de Vida, en la formación…; también en el servicio a los demás: cada vez que lo hicisteis con uno de éstos… conmigo lo hicisteis (Mt 25, 40). Podemos tener la certeza de que Jesús pasa por todas estas ocasiones y circunstancias. ¿Cuál es nuestra actitud ante este paso? ¿Estamos con ganas de verle, de encontrarnos con Él? ¿Estamos presentes pero permanecemos indiferentes? ¿O directamente “pasamos”, ni siquiera prestamos atención y continuamos con nuestras cosas?
Zaqueo era bajo de estatura, y por eso se subió a una higuera, para verlo, sin importarle lo que la gente pudiera pensar de él. Sabe que necesi-ta una ayuda para ver a Jesús, porque por sí solo no puede. ¿Y nosotros? ¿Reconocemos que “nos falta altura” para contemplar a Jesús, que nuestra fe tiene un nivel bajo? Algunas “higueras” que nos ayudan a ver a Jesús son la formación, las lecturas de espiritualidad, las charlas y conferencias, los retiros y Ejercicios Espirituales… ¿Estamos dispuestos a “subirnos a alguna de estas higueras”, a buscar las ayudas que necesitamos para vivir mejor nuestra fe? ¿Nos frena lo que puedan pensar otros si participamos en alguna de estas acciones?
Porque del mismo modo que a Zaqueo la gente lo impedía ver a Jesús, hoy también mucha gente nos impide encontrarnos con Él, de una forma más o menos directa, mediante comentarios, insinuaciones, burlas. Incluso vemos, tristemente, a muchos padres que, a pesar de traer a sus hijos a la Catequesis, luego les dicen que no hace falta ir a la celebración de la Eucaristía los domingos.
Jesús dijo a Zaqueo: baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa; y Zaqueo lo recibió muy contento. ¿Me conformo con “ver” a Jesús, como un espectador? ¿Dejo que Jesús “se aloje” en mi casa, le abro mi vida entera, o sólo tengo con Él un trato parcial, limitado a unos espacios y tiempos, pero reservándome algunas zonas de mi vida? ¿Lo recibo muy contento o “forzado”?
El ejemplo de Zaqueo supone para nosotros un cuestionamiento: ¿nos asemejamos a él? Jesús pasa por nuestra vida de múltiples formas, y hay momentos y circunstancias en los que podemos tener la seguridad de que Él pasa por ahí; ¿y nosotros, pasamos, o hacemos lo posible por verlo y acogerlo?
Aprendamos de Zaqueo, aunque seamos “bajos de estatura” espiritual, eso no significa que no podamos encontrarnos con Jesús. Aprovechemos las “higueras” que tenemos a nuestro alcance para poder verle mejor, sin que nos importe la opinión de los demás.
Y no vivamos la fe como espectadores, como ésos que contemplan pasar la procesión pero sin levantarse. El Señor también nos dice como a Zaqueo: hoy tengo que alejarme en tu casa. No nos conformemos con encontrarnos con Él un rato al cabo de la semana. Abrámosle nuestra vida entera, y además muy contentos. No le prohibamos la entrada, no mantengamos cerrado ningún aspecto de nuestra vida, para que nos transforme como transformó a Zaqueo y nos pueda decir, como a él: Hoy ha sido la salvación de esta casa, hoy ha sido tu salvación.