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08 octubre 2016

Comentario al Evangelio de hoy, 8 octubre

Jesús no tenía miedo de alzar la voz para responder a cualquiera. Como diría un amigo mío, para “poner los puntos sobre las íes.” Estoy seguro de que a Jesús no le disgustó escuchar aquella voz que salió dentre la gente que le escuchaba alabando a su madre y, por ende, al hijo. Estoy seguro de que el que lo dijo quiso expresar una alabanza. Traducido al español más castizo, lo que dijo aquella persona fue algo así como “¡Viva la madre que te parió!” Cualquiera se llenaría de orgullo de lo que es una alabanza para su madre y para uno mismo. 
      Quiero pensar que Jesús no se enfadó en absoluto. Pero aprovechó la ocasión para dejar claro que en el contexto del reino, estas cosas cambian bastante. Porque Jesús estaba hablando del reino, invitando a los que le escuchaban a entrar en una nueva dinámica de vida y de relación con Dios y con los demás hombres y mujeres. En el reino Dios es nuestro padre y los demás son hermanos y hermanas. Es un cambio fundamental. Es un cambio que rompe todas las distancias que hemos ido creando a lo largo de la historia. Porque los que éramos uno sólo nos hemos ido convirtiendo en muchos diferentes y separados, lejanos y enemigos. Porque, con el paso de los siglos, el otro ha ido dejando de ser hermano para convertirse en competidor, enemigo, amenaza potencial, peligro. Por eso las fronteras, las puertas, las cerraduras, los muros, los guardas de seguridad, y tantas otras cosas que hemos ido creando fruto de nuestro miedo. 

      Jesús tiene claro que su madre es dichosa no por la relación de sangre que tiene con Jesús sino porque ha entrado en esa dinámica del reino, porque ha escuchado la palabra de Dios y la pone en práctica en su vida diaria. Y eso implica abrir la casa y el corazón a todos los hermanos y hermanas, en definitiva, a todos sin excepción, porque todos somos hermanos y hermanas. Ahí está la verdadera felicidad.
      Pablo, en la primera lectura, recoge la esencia y la consecuencia de esta palabra de Jesús. Antes de conocer a Jesús estábamos prisioneros. Pero una vez que hemos conocido a Jesús, nos hemos dado cuenta de la más profunda verdad de nuestra existencia: que somos hijos de Dios, hijos e hijas de su amor, que nos ha creado con todo su cariño. Y que nadie escapa de esa condición. Por más que nos empeñemos en hacer distinciones entre blancos y negros, ricos y pobres, buenos y malos, hombres y mujeres. No hay distinción que valga. Todos somos hijos en el Hijo. 
      Así que conviene que vayamos empezando a pensar como ciudadanos del reino y herederos de la promesa, que desechemos los prejuicios, que derribemos los muros y fronteras, que miremos a los demás como hermanos y hermanas, que abramos las manos y que las usemos para saludarnos y abrazarnos y ayudarnos y cuidarnos y nunca, nunca jamás, para golpearnos.