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08 septiembre 2016

La oveja perdida, el joven descarriado


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Esta carta va dirigida personalmente a ti: profesor, catequista, monitor de tiempo libre, animador de un grupo juvenil…, ¡educador! No empieces a hacer cábalas sobre cómo ha llegado a ti… Más bien, gasta tu precioso tiempo en saber quién es el remitente. No, no saques la lista; lee el contenido de la misiva: ya verás cómo le pones enseguida nombre y rostro. Ah, y después, si lo deseas, respóndele. Y no te preocupes, no tiene por qué ser ahora mismo; tienes todo un curso por delante.
Tampoco uses bolígrafo y papel: mucho mejor, contéstale con tu vida y con tus obras… ¡Te entenderá a la primera!
Carta a mi educador
Querido educador, querida educadora:
Antes de nada quiero explicarte una cosilla: He sido yo el que te ha escrito personalmente estas líneas; sin embargo sabes de sobra que para esto de la ortografía, de la redacción, del estilo y de tantísimas otras cosas no soy muy bueno (las notas me delatan). Así que he pedido a uno de mis compañeros (de los 99) que ponga en orden mis pensamientos…

Aclarado todo esto, comienzo. No se si tendrás a más de un joven perdido (el evangelio sólo habla de una oveja); tal vez sí, por lo que te daré alguna pista; ya verás cómo muy pronto das con el remitente.
Soy yo, el joven con el que gastas más tinta roja, el que aparece en tus labios (y no precisamente para decir cosas buenas) cada vez que, con tus colegas, tenéis reunión.
Soy yo el que te levanta de la silla y hace dirigir tus pasos, un día sí y otro también, al despacho del director, al gabinete psicológico o a la habitación del párroco.
Soy yo el que hace la gracia a destiempo, el que levanta la mano para soltar “el chiste del momento” y el que desparece cuando requieres voluntarios.
Soy yo, el joven con el que te encuentras muchas más veces por la calle o por el recreo que por la clase, el que inventa disculpas absurdas para justificar sus ausencias, el que al, cruzarse por el pasillo, te saluda con la más absoluta indiferencia.
Soy yo, el que (lo piensas aunque no lo digas) “de tal palo, tal astilla, con esos padres, esos amigos…”; al que auguras un futuro negro; el que, si no estuviera, sería mejor para todos…
En definitiva, querido educador, soy yo el que, más que tu oveja perdida (ya quisieras tú, ¿verdad?), soy tu oveja negra…
Pero también, soy yo, y con esto acabo, el que te necesita, el que quiere que salgas en su busca, el que, a pesar de que me escape dos, tres o quinientas veces, desea con toda su alma que vuelvas a por mí, que me des otra y otra y otra oportunidad… Porque tal vez seas tú la única persona que todavía cree en mí… ¿O no?
Nada más, espero tu respuesta. Un abrazo de…
“Tu joven 100-1”
J. M. de Palazuelo