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09 septiembre 2016

La Misa del Domingo 11 septiembre

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DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO/ CICLO C
11 SEPTIEMBRE DE 2016
LA PALABRA DE DIOS
• Éxodo (32,7-11.13-14): Moisés suplicó al Señor, su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo? Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado.
• Salmo 50- Me pondré en camino adonde está mi padre
• Timoteo (1,12-17): El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús.
• Lucas (15,1-32): Así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

ECOS DESDE LOS JÓVENES Y LAS COMUNIDADES
• Dios nunca castiga: solo busca, salva y hace fiesta por nosotros.
• Tenemos que contar cómo es Dios de verdad a los niños y jóvenes, más allá del silencio al que lo tenemos sometido y de los prejuicios sociales.
• Y también proponer y acompañar caminos para practicar la bondad y la misericordia.
PROPUESTA DE HOMILÍA
Hoy la Palabra tiene un gran motivo (un Leit Motiv): es la pasión de Dios que se convierte en Misericordia. Llevamos un año en donde estamos descubriendo esta actitud creyente, con motivo del año jubilar. Por esta causa, se nos están ofreciendo ocasiones para sentirnos perdonados por la bondad de un Dios incomprensible (ahí están los templos jubilares por toda la geografía), y también para practicarla nosotros con los demás. El domingo anterior se nos ha regalado a toda la Iglesia la canonización de la monja menuda, Madre Teresa de Calcuta; pequeña en estatura y gigante en esta virtud.
Este domingo se nos vuelve a conceder el regalo de considerarla para poder convencernos y acabar practicándola. Me llama la atención el relato que hace Pablo de sí mismo. Se denomina blasfemo, perseguidor e insolente, al que el Señor le ha regalado la fe y el amor de Cristo Jesús. Pablo reconoce en su vida la enorme compasión que ha tenido Dios con él. Todo es Gracia; nada pasa sin que Dios lo disponga, y Dios ha dispuesto que todo el que lo busca acabe encontrándolo; sin más mérito que la necesidad que uno tiene de su amor y su perdón.
La Iglesia en este año está aprendiendo a ser más Madre y menos Juez; a dudar de los principios y a entregarse al abrazo misericordioso con el que sufre por la razón que sea. Y esta sin duda es la mejor noticia. Ojalá que todos los cristianos aprendamos a abrazar, disculpar, perdonar y defender la causa de todo ser humano.
El evangelio, concatena tres parábolas extraordinarias: las de la moneda, la oveja perdida y el hijo pródigo. Los tres textos nos seducen porque quien está detrás de esa búsqueda apasionada del hombre perdido es Dios en persona. El evangelio nos subraya el carácter dinámico del actuar divino.
El amor no se queda en casa esperando; se mueve rápido, porque cualquier tiempo de más puede ser fatal. Es como cuando se busca a alguien desaparecido: un día más puede deparar un mal final.
Hay que apresurar la búsqueda, aguzar el ingenio, recabar la colaboración de todos con tal de recuperar lo que estaba perdido. No deja de emocionarnos que así sea Dios. Por eso, que lo que nuestra fe requiere es solo confiar y creer. ¡Lejos aquellos sacrificios rituales para pedir a Dios el perdón! La misericordia de Dios no admite ningún sacrificio por nuestra parte. Es más, el que se sacrifica es Él.
Así es. Jesús no solo es el rostro del Padre; es el que hace su voluntad y ésta al precio más grande.
La vida ofrecida por Jesús es la garantía perfecta de que Dios está comprometido con nuestra salvación hasta las últimas consecuencias.
Por último, como familia salesiana me viene bien hacernos esta pregunta: ¿De qué manera podemos comunicar esto a nuestros niños y jóvenes? ¿Cómo no contarles que Dios les ama entrañablemente y que les busca sin parar? ¿No serían de verdad sus vidas más alegres si supieran que están salvados gratuitamente? Aún más, ¡que Dios los llama para tomar parte en la esta historia, implicándose a favor de tantos seres humanos necesitados, tristes, solos!
Sería bonito que nosotros pudiéramos acompañarles en esta búsqueda de Dios; y tal vez el mejor camino sea practicar la bondad y la misericordia. Hacer como Dios para acabar amando y siendo como El.
José Luis Villota, sdb