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18 septiembre 2016

La ley de la incompatibilidad

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… Jura el Señor… que no olvidará jamás vuestras acciones (Am 8,4-7).
… Encargo a los hombres que recen en cualquier lugar alzando las manos limpias de ira y divisiones (1 Tim 2, 1-8).
… No podéis servir a Dios y al dinero (Lc 16,1-13). En la Iglesia no se hacen negocios
Me parece que las lecturas de hoy tienen todas las de ganar, en cuanto a comprensión, al ser consideradas separadamente, en su orden, sin preocuparse de establecer conexiones, por otra parte extremadamente improbables.
Es verdad que también en este domingo hay un hilo conductor entre la primera y la tercera lectura -hay un cálculo de tipo económico, está «el vil dinero» que domina la escena religiosa- pero las temáticas parten de perspectivas muy diferentes y llevan a conclusiones distintas.
Así pues, lo primero, la escena descrita por Amós, el rudo pastor y cultivador especialista en sicómoros, el cual, apartándose del «reformismo» de los profetas precedentes, denuncia la corrupción del sistema, gracias al cual el Reino del Norte está condenado irremediablemente a la ruina (estamos entre el 760 y el 750).

Amós denuncia una mentalidad religiosa «tranquilizadora», y fundamentalmente irresponsable, que lleva a la gente a engañarse creyendo que una situación vergonzosa de desigualdades sociales, opresión de los débiles, injusticias clamorosas, corrupción a todos los niveles, es compatible con la práctica religiosa.
Y el texto de la primera lectura se encuadra precisamente en esta óptica.
El profeta tiene como blanco la injusticia en el comercio.
Existen astutos, que aun respetando las fiestas mandadas (la semanal del sábado y la mensual del novilunio), las consideran una fastidiosa interrupción de sus negocios y consiguientemente un daño para sus ganancias. Por lo que no ven la hora de que terminen para poder reemprender la actividad «lucrativa», recompensándose de las ganancias fallidas «por causas religiosas» con descaradas injusticias en perjuicio de los indefensos (falsificación de pesos y medidas, especulación sobre los precios -hoy añadiríamos «sobre los cambios» engaños en la calidad de los productos).
Y, sobre todo, un pecado abominable: el pobre considerado como «mercancía» negociable. Un desgraciado insolvente, incluso por una deuda irrelevante, es degradado a «objeto» de compra-venta y su precio de mercado equivale al de un par de sandalias.
La única preocupación de estos mercaderes rapaces y voraces, devorados por una codicia insaciable, es la de hacer dinero, pisoteando las más elementales exigencias de justicia y sofocando cualquier voz de humanidad.
Pero sobre sus infames maquinaciones, sobre sus operaciones deshonestas, cae un rayo inesperado. Es la palabra de Dios: «no olvidaré jamás vuestras acciones». No es una simple advertencia o una vaga amenaza. Se trata de un juramento solemne. Dios que -como vimos el domingo pasado- «no olvida» usar misericordia, aquí jura «no olvidar» los feos negocios a costa de la piel de los pobrecitos.
Estos traficantes sin escrúpulos, cuyo único dios es el dinero, deben saber que el verdadero Dios registra todas sus infamias.
La lección es transparente: no se pueden mezclar religión e injusticia, culto y fraude, gloria de Dios y envilecimiento del hombre, alabanza al Altísimo y explotación del débil.
Dios «olvida» las prácticas religiosas, es más, ni siquiera las toma en consideración, cuando se pretende conciliarlas con una conducta deshonesta. Pero «no olvida» las prácticas sucias.
En la Iglesia con las manos sucias
También Pablo, escribiendo a Timoteo (segunda lectura), se ocupa del culto, aunque con intenciones bien diferentes.
Se trata de elevar a Dios plegarias -a través del único mediador insustituible, Jesucristo- por todos los hombres, incluidos los reyes y los que «están en el mando» (por tanto es necesario rezar también por Nerón, que precisamente en aquellos años ocupaba el trono imperial).
El fin de esta «plegaria común» por las autoridades resulta interesado: «…para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro».
Los poderosos tienen el peligro de hacerse «prepotentes».
Quien tiene autoridad, siente la tentación de abusar de ella.
Los «ministros», o sea, aquellos que por definición deberían servir, pueden probar un impulso irresistible a servir los propios intereses y a «servirse» de los otros para su provecho privado. La oración por ellos persigue volver inocuas las aberraciones del poder, o sea, garantizar una convivencia civil basada en un orden justo y en la paz.
Pero hay alguna otra cosa que subrayar respecto a las normas dictadas por Pablo sobre la oración:
-La insistencia en «todo» y «todos». Estamos frente a una oración de largo alcance, ecuménica, motivada por la necesidad de insertarse en el plan de Dios que es universal y no excluye a nadie: él, en efecto, «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad».
-La oración, en cualquier lugar («encargo a los hombres que recen en cualquier lugar»), es cuestión de manos limpias. Se trata de una limpieza que elimina lo sucio de las rivalidades, de las contiendas, de las discordias, de la agresividad. «… Alzando las manos limpias de ira y divisiones».
Como se ve, Pablo, cuando se trata de disciplina litúrgica, no se preocupa mucho de las rúbricas, sino que examina los gestos y las posturas de fondo que deben inspirar la oración.
En la Iglesia, con el corazón que late en lugar equivocado…
Para la página del evangelio, señalo algunas claves de lectura.
-La parábola que tiene como protagonista al administrador deshonesto (o sagaz) no hay que leerla como una narración edificante, ni dominados por la obsesión de «salvar la moral» (también la laica). Se trata más bien de captar la lección principal. Jesús, invitado probablemente a expresar un juicio ético acerca de un episodio de corrupción que circulaba de boca en boca, y desencadenaba los comentarios más indignados, provocatoriamente alaba al administrador injusto, no por sus operaciones ilegales (hoy, entre otras cosas, su astucia aparecería como una ingenuidad, en comparación con ciertas prácticas reinadas de corrupción), sino por su rapidez en captar la dramaticidad de la situación y buscar una salida airosa.
Es uno con el agua al cuello, y que se agarra con sorprendente rapidez de reflejos a una tabla de salvación.
Una vez más Jesús invita a los «hijos de la luz», más bien aturdidos e indolentes, a captar la urgencia de la hora y a tomar la decisión de la que depende el futuro. Les pide tener al menos la misma presencia de espíritu, el ingenio, la fantasía que los sagaces de este mundo manifiestan al perseguir sus intereses.
-«Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas». El dinero no tiene curso legal en el más allá. Se gasta antes. No ciertamente para pagar la entrada o reservar un puesto. Sino para sembrar un poco de amistad (se trata de «hacer amistad» más que de «hacer caridad»), para distribuir un poco de amor en este mundo que peligra convertirse en una jungla.
Así, cuando falte el dinero (¡y faltará para todos!), no faltarán los pobres, o sea, los amigos, que os echarán una mano para entrar, a pesar de alguna que otra dificultad…
-Cristo establece una incompatibilidad absoluta entre el servicio a Dios y al dinero. No es posible adorar a Dios y adorar al dinero. No se puede fundar la vida sobre él y sobre aquello que se le opone radicalmente.
-Es lástima que esta página evangélica no haya dejado espacio para una última línea, que recoge la reacción de un cierto público: «… estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que amaban el dinero, y se burlaban de él». Hay que tener en cuenta que los fariseos eran los «fieles» ejemplares, las personas religiosas-modelo del tiempo. Y, sin embargo…, el apego a las prácticas religiosas y a la disciplina escondía el apego al dinero.
Siempre existe el peligro de que personas «piadosas» tengan un corazón que late fuera de su sede natural, o sea, en las cercanías inmediatas de la cartera. Entonces su incesante hablar de Dios se convierte en un befarse de él.
¡Que no sea así!
Sin quererlo, es más excluyéndolo de entrada, ha salido a flote un tema común a las tres lecturas. El de la incompatibilidad. Incompatibilidad entre Dios -injusticia; -fanatismos sectarios o divisiones; -idolatría del dinero.
No es posible frecuentar al mismo tiempo la iglesia y la deshonestidad, la oración y las discordias, la adoración al único Señor y el transporte -poco místico- hacia las cuentas bancarias.
Amén. Y ahí queda la duda de que alguno, más que traducirlo por «así sea», concluya: «¡por suerte, ha terminado!». Puede volver a dedicarse a los negocios de siempre como si nada hubiese acaecido.
También pensaban lo mismo los comerciantes del Reino del Norte, a pesar del parecer contrario de un rudo pastor de Técoa, llamado Amós, que tenía el pésimo gusto de usar la palabra de Dios para despertar la conciencia en la hora menos oportuna: la de los negocios.
A. Pronzato