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05 septiembre 2016

Domingo 11 septiembre: Homilía 1

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CAMINAMOS CON JESÚS POR LA SENDA DE LA GRATUIDAD 
• Seguimos en la ruta hacia Jerusalén. El camino nos va haciendo, nos va dando forma de discípulos. Tenemos la oportunidad de conocer mejor lo esencial que Jesús nos quiere mostrar en Él: el rostro de Dios Padre. 
• Me pondré en camino adonde está mi Padre, nos insiste el Salmo. 
• El Padre es misericordioso, se arrepiente de las amenazas y el Hijo ha venido para salvar a los pecadores. Nuestro Dios nos ofrece una misericordia incondicional, gratuita. 
• En el camino se acercan a escuchar a Jesús recaudadores de impuestos y pecadores, gente de poca conciencia, alejados de Dios y del pueblo elegido. También fariseos y letrados, gente con la conciencia de estar cerca de Dios porque cumplen la ley. 
• Jesús les presenta, a unos y a otros, dos latidos centrales del corazón de Dios: la misericordia y la alegría. Y los hace a partir de parábolas donde se pone en juego la experiencia de pérdida y encuentro, de separación y acercamiento.
 
• La vida separada del padre se adentra en una lógica de una suerte de degradación: la vida desordenada, la pobreza en que se hunde, la angustia. El aislamiento, la soledad progresiva, el repliegue sobre sí. Una incapacidad de salir de esa situación, un camino que parece no tener salida. Pero hay un recuerdo, la certeza del amor del padre. 
• La historia de la salvación es la narración de un amor loco de Dios que se pone a buscar a todos los que están perdidos, llenando él mismo la distancia que los separa. Después cuando finalmente encuentra a la oveja, la moneda, al hijo estalla la alegría de Dios. 
• Sólo en el ámbito del amor misericordioso que no pide nada a cambio, solo el don y la gratuidad hacen estallar la alegría. 
• La alegría de Dios es comunicativa: reúne a vecinos y amigos y les dice: alegraos conmigo. Organiza una fiesta con banquete y música porque el amor gratuito ha hecho estallar la alegría… 
• Hemos de comprender que la conversión no es ante todo un trabajo del hombre, sino la acogida de una presencia que nos busca, la acogida de una alegría que Dios quiere regalarnos.
• La conversión es dar alegría al mismo Dios, pues habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. 
• ¿Cómo el don de la misericordia de Dios, que es gratuito y, como tal, suscita alegría, puede entrar en un corazón autosuficiente, de un justo consciente de su propia y justicia y reclamador del premio merecido por sus obras? 
• El corazón del padre está lleno de un afecto desbordante, del deseo de abrazar a su hijo perdido y de amarlo tanto como él se muestre dispuesto a acoger ese amor gratuito. 
• Y al hijo mayor le dice: tú siempre estás conmigo, te ofrezco de manera permanente el don de mi amor. ¿Cómo puedes decir que no te ha dado nada? Te lo he dado todo. Todo te pertenece, porque no hay nada mío que no sea también tuyo. 
• El padre no pide nada a cambio de su amor ni se le ocurre que la fidelidad exija premio, como si la relación con el padre fuese la de un asalariado. La lógica de la gratuidad es “otra lógica” que la de la simple justicia. 
Mons. Luis Argüello García