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18 septiembre 2016

Consumo, luego existo

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Probablemente, todavía no nos hemos percatado del profundo cambio socio-cultural que se ha producido entre nosotros, cuando grandes sectores de la sociedad han tenido acceso a un consumismo masivo. 
En pocos años, la tecnología ha hecho posible la producción de toda clase de objetos, ingenios y aparatos. Pero, naturalmente, para poder venderlos, ha sido necesario estimular el apetito de los posibles compradores. Se han producido entonces dos hechos revolucionarios que van a configurar en adelante el estilo de vida del hombre contemporáneo. 

Por una parte, se pone en marcha una publicidad cada vez más intensa y agresiva que acosa a las personas a lo largo de toda su vida, tratando de seducirlas con un mensaje muy sencillo: el ideal más deseable consiste en poseer cosas y disfrutarlas. Sin eso, la vida queda carente y sin aliciente. 
Por otra parte, con el fin de facilitar la compra, se introduce el sistema de la venta a plazos. De esta manera, todos pueden tener ya acceso al consumismo masivo y adquirir toda clase de productos. 
Sin duda, todo ello ha traído consigo una mejora de las condiciones de vida, que hemos de valorar y agradecer debidamente. Pero, al mismo tiempo, ha introducido un estilo de vivir enormemente peligroso, que no hemos de ignorar. 
Para muchas personas, el ideal supremo consiste hoy en ganar más para tener más y disfrutar más. Se ha despertado en la sociedad un deseo insaciable de cosas. «De la satisfacción de necesidades hemos pasado a la insaciabilidad de las necesidades»). 
Poco a poco, este consumismo descontrolado va configurando la vida de no pocas personas. «La persona consumista» lo ve todo desde la utilidad o satisfacción que le puede reportar. Incluso en las relaciones con las demás personas, se acostumbra a buscar la rentabilidad o el placer que el otro le puede proporcionar, no el encuentro amoroso y la mutua entrega.
De esta manera, «el consumista» corre el riesgo de volverse insolidario. No ve las necesidades y sufrimientos de los otros. Sólo vive para acaparar cosas, acumular experiencias placenteras y atrapar posesivamente a las personas. 
Tampoco Dios tiene sitio en su corazón. Su religión es el consumo. No puede acoger a Alguien que es Amor. En último caso, sólo entendería una relación mercantilista con Dios: darle misas, oraciones y culto para ganar méritos y poseer el cielo. 
En esta cultura del consumo resuenan con nueva fuerza las palabras de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero.» No se puede vivir consumiendo egoístamente toda clase de bienes y pretender, al mismo tiempo, ser fieles a un Dios que pide amor y fraternidad.
José Antonio Pagola