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26 agosto 2016

La misa del domingo 28 DE AGOSTO

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DOMINGO XXII DE TIEMPO ORDINARIO
28 de agosto de 2016
Lecturas:
  • Eclesiástico 3,17-20.28-29
  • Hebreos 12,18-19.22-24a
  • Lucas 14,1.7-14
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En este domingo seguimos contemplando y escuchando a Jesús en su camino a Jerusalén, circunstancia que Él aprovecha para enseñar en qué consiste ser discípulo suyo. Por esto es muy importante hacer una lectura orante de estos textos evangélicos que, en un constante goteo, van conformando nuestra mente y nuestro corazón a imagen de Jesús.
En el Evangelio de hoy Jesús enseña en el marco de una comida celebrada en casa de un fariseo. Sabemos que Él hizo de la mesa compartida un lugar y una ocasión privilegiados para enseñar, para evangelizar. Las comidas implican una relación de amistad, de comunión, de intercambio de valores y de experiencias… De ellas surgirá la comida de la Eucaristía, sacramento fundamental de la comunidad cristiana.

Esto nos indica ya que, para Jesús, las comidas no son sólo una ocasión favorable de encuentro y de transmisión de valores… En la escena evangélica de hoy Jesús propone un ejemplo que se sitúa en el marco de un banquete de bodas. Se tata de una imagen repetida en la tradición bíblica, en la que la comida de bodas simboliza el banquete escatológico. Es decir, las bodas y el consiguiente banquete son símbolo de la salvación, de la alianza definitiva de Dios con su pueblo… En ese momento, hombres y mujeres de toda raza y condición se sentarán en la mesa del Reino de Dios.
Si Jesús sitúa su enseñanza refiriéndose a los comportamientos que acontecen en un banquete de bodas, entenderemos enseguida que su llamada a la humildad no se reduce a proponer una norma de buena educación o de protocolo. Es verdad que, en nuestra convivencia social, damos mucha importancia a ocupar puestos importantes. Queremos ser reconocidos, ser tenidos en cuenta, ser alabados por nuestra imagen… ¡Cuántos enfados, frustraciones y disgustos tienen muchas personas cuando se siente agraviadas por no tener el puesto y la consideración que ellas esperaban! La enseñanza de Jesús puede aplicarse a estas situaciones, pero va más allá de una mera norma de conducta social. La humildad a la que Él se refiere tiene una trascendencia mayor.
Las bodas son el símbolo del Reino de Dios. Lo primero que destaca en el ejemplo de Jesús es la repetición del vocabulario referido al “invitar” (9 veces). Es decir, somos invitados por Dios a participar de su mesa, en el banquete escatológico de la salvación que Él nos ha preparado. Este vocabulario pone de relieve la iniciativa de Dios, que nos invita sin ningún mérito previo por nuestra parte. Por tanto, ante Dios no podemos tener pretensiones honoríficas: somos lo que somos por pura gracia. Si Él nos invita, sólo caben en nosotros la gratitud, el reconocimiento, la alabanza…
Cuando Jesús se refiere al Reino de Dios, Él alude siempre a una “inversión” en relación a las categorías mundanas. Los criterios de Dios (sus valores) no son los de los seres humanos. Esta “inversión” se anticipa ya en el Magníficat de María: Dios pone los ojos en los humildes, en los pobres… en detrimento de los poderosos y de los ricos… Pero esta “inversión” aparece en toda la vida de Jesús: come con los pecadores, da dignidad a las personas que carecen de ella. Esta “inversión” destaca en las bienaventuranzas de Jesús, que reflejan su vida y la de sus discípulos. Es decir, el Padre (y Jesús mismo) invita a su banquete a “pobres, lisiados, cojos y ciegos”… Y es Él quien asigna los puestos en su mesa. Él concede el mérito de sentarse en un lugar o en otro.
Si el Padre (y Jesús) actúa con estos criterios, el discípulo ha de crecer en unas actitudes conformes a ellos. Y aquí se centra la enseñanza de Jesús en el Evangelio de hoy. Todos somos invitados a participar en ese banquete de bodas, es decir, a formar parte del Reino de Dios, que Jesús ha inaugurado y que está presente aquí y ahora. Ante esta invitación, como ya hemos dicho, sólo cabe una actitud interior de gratitud y de humildad: “todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (cfr. 1ª lectura: “hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios”). Pero esta actitud ha de tener una manifestación exterior: dar un lugar en la mesa del Reino a los otros. Esto exige reconocer, de modo activo, su honor, su dignidad…, pues para Dios todos somos sus hijos. Toda persona es importante ante Él, por lo que la más humilde, la más pobre, la menos valorada según los criterios de este mundo, incluso la más pecadora…, es depositaria del amor infinito y misericordioso de Dios, quien nunca ha dejado de actuar en ella. Si queremos participar en el banquete del Reino de Dios, hemos de ser personas inclusivas, solidarias, esforzadas por hacer posible la comunión de mesa. Por esto Jesús nos dice hoy: “cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos”… Si obramos así, actuamos según el corazón de Dios, que, por medio de Jesús, proclama la “inversión” a la que antes hemos hecho referencia. Se trata de un mensaje constantemente repetido por el Papa Francisco, que anima a la Iglesia (y a la sociedad civil) a luchar contra los descartes actuales de seres humanos víctimas de las guerras, de la pobreza, de la injusticia…, y a hacernos presentes en las periferias donde estas personas se encuentran. El sentar a nuestra mesa a los “pobres, lisiados, cojos y ciegos”… se convierte en un criterio de autenticidad de nuestra pertenencia al Reino de Jesús , que se caracteriza precis amente por la comunión, por las relaciones interpersonales con Dios y con los hermanos (2ª lectura).
El Evangelio de hoy finaliza con una expresión que conecta directamente con las bienaventuranzas de Jesús: si actúas así, “dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”… Cuando en el Evangelio se llama a alguien “dichoso” o “bienaventurado” se está indicando su pertenencia al Reino de Dios, su comunión con Él.. Y lo que hace “feliz” a Dios nos hace también felices a nosotros… No se trata de la felicidad que este mundo pretende, sino de la felicidad que sólo Dios puede conceder, como fruto de nuestra comunión con Él. Si situamos a los otros en el centro de nuestra vida, si arriesgamos por ellos lo que somos y tenemos…, experimentaremos la alegría que sólo Dios puede dar, sentiremos que nuestra existencia está llena de su vida, de su amor… Se hace realidad lo que el mismo Papa Francisco nos dice: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).
Carlos García Llata