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20 agosto 2016

Érase una vez...El ladrón de flores

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Autor:
 
Eva María Rodríguez
Edades:
 
A partir de 4 años
Valores:
 
ingenio, bondad, perdonar
Villaflor era un hermoso pueblo famoso por sus flores. Las flores se extendían por los jardines y los balcones. Había flores en grandes macetas llenas de flores sobre las aceras y en las puertas de todos los comercios y casas.

Un día, el pueblo amaneció sin una sola flor. Los vecinos no podían creer lo que había pasado. Pero como no querían vivir sin sus flores, volvieron a plantar muchas más. Pero, a la mañana siguiente, el pueblo volvió a aparecer sin una sola flor.

- Aquí hay un ladrón -dijo el alcalde-. Y tenemos que encontrarlo.

Los vecinos se organizaron en patrullas para vigilar por las noches y evitar que las flores fueran robadas. Cerraron los accesos al pueblo, para que nadie pudiera entrar o salir. Pero por la mañana, el pueblo amaneció de nuevo con menos flores. Lo único que habían conseguido es que el ladrón no se las llevara todas. 

- Algo está claro -dijo el alcalde-. El ladrón está entre nosotros. Y las flores que roba, también. ¿Dónde las habrá metido? ¿Es imposible esconder tantas flores?
- Tendremos que revisar todas las casas, señor alcalde -dijo el jefe de policía-. Si las flores no han salido del pueblo, las encontraremos, y al ladrón también.

Pero la búsqueda no dio ningún resultado. Nadie tenía en sus casas más que sus propias flores.

El alcalde decidió llamar a un sabio ermitaño que vivía fuera del pueblo, en unas cuevas cercanas. El sabio era famoso por resolver problemas extraños de formas poco corrientes.

Cuando el sabio ermitaño llegó al pueblo, ya le habían informado de lo que ocurrido. Y se dirigió al alcalde:
- Organiza una comida popular para mañana. Debe ir todo el pueblo. Y esta noche no mandes patrullas de vigilancia a las calles.

El alcalde aceptó, un poco extrañado. Y lo dispuso todo para que la comida fuera un éxito.

El sabio ermitaño acompañó a los jardineros y les ayudó a plantar las nuevas flores.

Al día siguiente, una vez más, el pueblo amaneció sin una sola flor. Esa misma mañana los vecinos se reunieron a comer en el parque. Pero, al terminar de comer, todos empezaron a desmayarse. Al final solo quedaron en pie el sabio ermitaño y el jefe de policía.

- ¿Qué ha pasado? -preguntó el jefe de policía.
- Parece una intoxicación -respondió el sabio.

A los pocos minutos, la gente empezó a volver en sí y a despertarse. Cuando todos se despertaron, el sabio ermitaño habló:

- Ya he encontrado al ladrón. Todos os habéis desmayado, todos menos él. Si las flores no salían del pueblo solo había una explicación: el ladrón se las había comido. Por eso ayer rocié las flores con el antídoto para evitar el desmayo.
- ¿Quién es? ¡Queremos saberlo para castigarlo! -gritaron los vecinos.
- No es necesario. Solo él y yo lo sabemos. Y estoy seguro de que no volverá a hacerlo -respondió el ermitaño-.

Desde aquel día nadie volvió a robar flores en el pueblo. El jefe de policía, que sufría una extraña enfermedad que le provocaba una insaciable necesidad de comer flores, se compró un terreno en las afueras, donde puso un invernadero en el que comenzó a cultivar las flores que necesitaba para comer.

Y así fue como Villaflor recobró su esplendor y el ladrón de flores encontró una manera digna y honrada de solucionar su problema.