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21 agosto 2016

A pasar estrecheces

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Muchos de nosotros sabemos lo que es “pasar estrecheces”, sobre todo desde que comenzó la crisis económica. Cuando una persona o una familia pasa estrecheces, se impone adoptar un estilo de vida más austero; aunque no nos guste, hay que hacer ajustes y recortes para que las cosas no vayan a peor. Pero aunque asumamos la necesidad de la austeridad, estamos deseando que esa situación sea temporal y que pasen pronto las estrecheces para poder recuperar nuestro nivel de vida anterior.
Hoy el Señor en el Evangelio, sin embargo, nos ha hecho una llamada a “pasar estrecheces”, no de forma temporal sino permanente: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Pero el Señor no está hablando de temas económicos ni morales, sino en un sentido más amplio: en este momento de nuestra historia nos está invitando a adoptar un estilo de vida austero, a la moderación, a la sobriedad en todas las dimensiones, para mostrar que un estilo de vida austero, sobrio y moderado no es sinónimo de menor calidad de vida, sino todo lo contrario, como el Papa Francisco señala en su encíclica “Laudato si, sobre el cuidado de la casa común”, en la que hace un recorrido sobre la contaminación y el cambio climático, la cuestión del agua, la pérdida de la biodiversidad… que tiene como consecuencia el deterioro de la calidad de vida humana y la degradación social.

Ante la gravedad de la situación y la debilidad de las reacciones institucionales, se hace necesario “pasar estrecheces” de forma colectiva para que las cosas no vayan a peor, porque lo que está en juego no es un mejor o peor “nivel de vida”, sino nuestra propia supervivencia: El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones. La atenuación de los efectos del actual desequilibrio depende de lo que hagamos ahora mismo (161).
Como cristianos, debemos hacer nuestra aportación, porque Si el solo hecho de ser humanos mueve a las personas a cuidar el ambiente del cual forman parte, «los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, for-man parte de su fe». Por eso, es un bien para la humanidad y para el mundo que los creyentes reconozcamos mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones (64).
El Papa nos recuerda que la espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida (222). Porque la sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora. No es menos vida, no es una baja intensidad sino todo lo contrario. Se puede necesitar poco y vivir mucho. La felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida (223).
Y si lo pensamos, esas “estrecheces”, fruto de un estilo de vida austero y sobrio, no lo son tanto: pequeñas acciones cotidianas, como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias… (211)
¿He pasado o paso estrecheces económicas? ¿Cómo me siento? ¿Entiendo la necesidad de pasar por la puerta estrecha como ciudadano del mundo? ¿Soy consciente del compromiso ecológico integral que brota de la fe cristiana? ¿Estoy dispuesto a ir adoptando un estilo de vida más sobrio y austero?
Como dice el Papa, quiero proponer a los cristianos algunas líneas de espiritualidad ecológica que nacen de las convicciones de nuestra fe, porque lo que el Evangelio nos enseña tiene consecuencias en nuestra forma de pensar, sentir y vivir (216). Además, nos anima recordándonos que Dios, que nos convoca a la entrega generosa y a darlo todo, nos ofrece las fuerzas y la luz que necesitamos para salir adelante (245). Por eso, no hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse (212).