08 abril 2016

La Misa del Domingo, 10 de abril

Domingo III de Pascua – Ciclo C10 de abril de 2016
–  Act 5,27b-32.40b-41
–  Ap 5,11-14
–  Jn 21,1-19
La Pascua de Resurrección es la fiesta de la vida, pues celebrar a Jesucristo resucitado es llenar de vida todo lo existente. La resurrección del Señor dinamiza nuestra realidad personal y social, y todo aquello que constituye nuestro entorno (nuestra tierra, el universo…). Por esto los cristianos, durante cuarenta días, vivimos esta fiesta con gran júbilo. Lo visibilizamos celebrando la eucaristía, que es la comida de comunión con el Señor resucitado que vive para siempre.
La escena evangélica que hoy hemos contemplado es posterior a las primeras apariciones. Esto nos hace pensar que el evangelista Juan pretende destacar que la hora de Jesús pasa a la Iglesia. Es decir, la experiencia pascual conduce a los discípulos a la misión, lo que está en consonancia con el evangelio que proclamamos en el domingo anterior. Podríamos decir que la misión recibida de Jesús (“como el Padre me envió, también yo os envío”) se hace realidad, por primera vez, junto al mar de Tiberíades, en Galilea.

La manifestación de Jesús acontece al amanecer, o lo que es lo mismo, en el momento de trabajar. La escena recuerda que los discípulos vuelven a la rutina de la vida, a sus lugares de origen, a sus trabajos… Y, en este contexto, deben de realizar la misión recibida de Jesús. Y ahí aparece también un duro choque con la realidad: “no cogieron nada”. Este fracaso misionero se resuelve con la docilidad a la palabra de Jesús y con el posterior reconocimiento de su manifestación: ¡Es el Señor!…
Este episodio evangélico retrata perfectamente nuestra situación personal y comunitaria. La Pascua es la fiesta de la vida, pero experimentamos el peso de la rutina, del cansancio, del desencanto, de la resignación… Hemos de ser conscientes de que la misión recibida siempre supone un volver a empezar…, en un contexto de rutinas y de fracasos. Jesucristo resucitado no nos aparta de nuestro entorno natural, de las dificultades de cada día. Nuestra misión se realiza desde nuestra pobreza, y con medio sencillos y humildes. Nuestro único aval es la escucha (obediencia) de la palabra del Señor. Sólo en este contexto tendremos la fuerza suficiente para “obedecer a Dios antes que a los hombres”, y para seguir proclamando el mensaje central: “el Dios de nuestros padres resucitó a Jesús” (primera lectura)… Sólo así podremos resistir a los poderes del mal, tal como lo hicieron los primeros cristianos desafiando a los poderosos de la tierra, porque la alabanza, el honor, la gloria y el poder sólo les corresponden al “que se sienta en el trono y al Cordero” (segunda lectura). Si recorremos este camino, podremos sentir la alegría y el consuelo de encontrarnos con el Señor.
Pero la escena evangélica nos muestra un aspecto más. Los discípulos, vueltos a tierra (dejado el trabajo), se encuentran con una comida que el mismo Jesús ha preparado. El Señor atrae hacia sí a los discípulos y les da de comer. Es un momento de intimidad (como el evocado por la expresión “al atardecer” del evangelio del domingo pasado), de encuentro comunitario. De este modo se nos muestra que la misión cristiana se alimenta y se robustece en la comunión con Jesús en la eucaristía.
Como vemos, la Pascua de Resurrección y esta escena evangélica ponen de relieve que la eucaristía es un sacramento pascual. En ella Jesús se hace presente entre nosotros para alimentarnos, para cohesionarnos como comunidad. Él es el auténtico protagonista que nos preside, que da eficacia, por su Espíritu, a lo que celebramos… Una vez más, se nos muestra que no basta con nuestra buena voluntad, con nuestros estudiados proyectos, con nuestro posible buen hacer, con nuestras decisiones más o menos firmes y rectas… Nos es necesaria también la compañía y la ayuda de Jesús para sostenernos y apoyarnos.
Y esto se confirma cuando contemplamos cómo Pedro recibe su misión de “apacentar las ovejas”. En ese momento posterior a la comida, Pedro no puede presumir de nada ante Jesús. Él sólo puede ofertar al Señor su amor, pero un amor inseguro y débil… A Jesús le basta este amor. Y esta relación de amor entre Jesús y Pedro se convierte en fundamento de la misión de éste. El mandato recibido, “apacienta mis ovejas”, consistirá, por tanto, en hacer visible esta relación de amor que vincula a Pedro y a Jesús. Pero hemos de ser conscientes de que no se trata de dos amores homogéneos: el amor de Jesús a Pedro (y a cada uno de nosotros) es infinito; el amor de Pedro (y el de cada uno) es débil y vacilante… Este encuentro de Jesús con Pedro, en el contexto de la evocación de la misión de la Iglesia y de la celebración de la eucaristía, resulta especialmente sugerente en este Año Jubilar de la Misericordia. La misión de la Iglesia, nuestra misión, es ofrecer la misericordia recibida; es abrir las puertas de nuestra vida a los demás, porque antes el Señor ha abierto la puerta de su vida a todos nosotros…
Que en la eucaristía de hoy nos dejemos abrazar por el amor de Jesús, y que le repitamos muchas veces, como Pedro: a pesar de mi debilidad…, “Señor, tú sabes que te quiero”.
Carlos García Llata

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