Hoy es 4 de diciembre, viernes de la primera semana de Adviento.
Poco a poco, dejándote llevar por la música dispón, tu corazón para un rato tranquilo de encuentro con Dios. Tú y Dios a solas. Todo lo demás, ahora no importa. Repite pausadamente: ven, Señor Jesús. Y llénate de su presencia.
La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 9, 27-31):
En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David.» Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?» Contestaron: «Sí, Señor.» Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe.» Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!» Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.
Los ciegos del evangelio sabían de qué necesitaban ser curados. Y dejaron que Jesús tocara esa parte herida, les tocó los ojos. Contemplo la escena. Imagino la mezcla de desesperación y esperanza de estos hombres. Me fijo en Jesús y con qué delicadeza toca sus ojos. Intuyo la alegría con que empiezan a ver la luz.
Tal vez ahora pueda ser un momento de gracia para poner nombre a alguna de mis heridas. O para dejar que el Señor Jesús toque con sus manos esa que más me duele y que yo sólo, por más que lo intento no puedo curar.
Leyendo el evangelio de nuevo, veo que los ciegos de ser discípulos pasaron a ser apóstoles. Para hablar con Jesús no se necesitan ni largos años de estudio ni ser personas perfectas. Sino un corazón agradecido a Dios como el de estos hombres. Si se lo pido con fe, el Señor Jesús me lo dará.
Al final de la oración me acuerdo de María. Ella supo como nadie, esperar en Dios y agradecer la obra que él iba haciendo en su vida. Al terminar este rato de oración, hago mías sus palabras. Su fe, su agradecimiento. Proclama mi alma la grandeza de Dios, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Porque ha hecho obras grandes en mí.
Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.
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