07 diciembre 2015

Para la homilía (Inmaculada Concepción de María)

LA MISERICORDIA DE DIOS ES MÁS PODEROSA QUE EL PECADO DEL HOMBRE
Situación
Nos gustaría un mundo sin pecado, sin males, una sociedad en la que “todo el mundo es bueno”… pero lamentablemente las cosas no son así. El mal existe y se manifiesta brutalmente; los estragos que provoca el pecado están a la vista.
Frente a la presencia ostentosa del mal, no sabemos qué hacer. Lo más frecuente es el endurecimiento de las leyes y las penas. Para cada mal posible ya contamos con una ley… pero mientras tanto el mundo se desangra.
¿Será suficiente el endurecimiento de las leyes? ¿Habrá que contar también con la misericordia? ¿Y si nos abriéramos a la lógica del don?
AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA
«Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.

El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Esta esta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la esta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza»
“El rostro de la misericordia”
Bula del Jubileo de la Misericordia, 3.
«En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus de ciencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo» (Santo Tomás de Aquino, citado por el papa Francisco en EG 37).
«¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamos de la misericordia como signo del reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros» (Papa Francisco, El rostro de la misericordia, 5).
«En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia» (Papa Francisco, El rostro de la misericordia, 12).
La luz de la Palabra de Dios
El ser humano es sorprendente, capaz de lo mejor y de lo peor; es capaz de colaborar generosamente con Dios y es capaz de enfrentarse radicalmente con él.
Hay un feroz combate planteado entre Dios y el demonio, entre la gracia y el pecado, entre el don y la conquista…
La vida es libertad. El hombre tiene que elegir a quién quiere servir, qué bandera quiere defender. Ante el mal presente, el hombre se pregunta una y otra vez por qué, qué puede hacer para corregir las consecuencias del pecado.
Frente al pecado del hombre, Dios apuesta por la misericordia. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.
La misericordia puede llegar al corazón del hombre, allí donde no puede llegar la más dura de las leyes. Lo propio de Dios es la ternura, la misericordia entrañable, la lógica del don. Dios siente ternura por sus hijos.
Lucio Arnaiz Alonso

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