09 diciembre 2015

Miércoles II de Adviento

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Hoy es 9 de diciembre, miércoles de la segunda semana de Adviento.
Hoy, una vez más, reconozco en mí el deseo de orar. Y al disponerme a este tiempo de oración, me voy haciendo consciente de aquello que mueve mis deseos. A lo mejor tan solo necesito serenarme. O busco un tiempo para mí. Quizás siento que lo que quiero es conocer mejor a Jesús o aprender a reconocerlo en la vida de cada día. Con tranquilidad y sinceridad, le voy poniendo nombre a lo que busco, a lo que me mueve. Me hago consciente de adónde voy y a qué y me preparo para recibir su palabra.
La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 11, 28-30):
En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
Hoy Jesús nos sale al encuentro de una manera un poco desconcertante. Podemos reconocer tres invitaciones muy concretas en las palabras de Jesús: venid a mí, cargad con mi yugo y aprended de mí.

Ven a mí, siempre, simplemente tal y como estás. Y yo te aliviaré los cansancios y los agobios. Puede ser que te resuene esta invitación. A lo mejor, a veces, te has descubierto buscando descanso. En distintas partes, personas o actividades. Y Jesús te dice de frente: ven, yo te alivio.
Lo que puede resultar desconcertante, es que no dice que nos quitará lo que nos cansa. Sino que dice: cargad con mi yugo. Pero cuando estamos cansados, justamente no queremos cargar con nada más. La promesa de fondo no tiene nada que ver con una vida sin agobios ni cansancios. La promesa es la oferta gratuita de un Dios que quiere hacerse compañero de camino. El yugo se lleva entre dos. El alivio no está en eliminar aquello que más nos cuesta, sino en reconocer a Jesús cargándolo con nosotros.
Al volver a leer el evangelio, pongo especial atención a lo que mueven en mí los verbos: ven, carga con mi yugo, aprende de mí. Dejo que surjan los deseos, las resistencias, los recuerdos.
Antes de terminar mi oración, converso con Jesús con palabras sencillas, sobre aquello que he ido sintiendo, reconociendo y deseando en esta oración. Dejo espacio para que también él pueda expresarme lo que quiera. A lo mejor me doy cuenta de que tengo que seguir ahondando en esta invitación. Quizás me brota agradecer el alivio que ya me da el encuentro con él. Todo lo pongo ante el Señor, que me conoce y que quiere hacerse mi compañero de camino.
Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis, a vos Señor lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esta me basta.

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