Lucas 19, 11-28
Cuando Jesús se dirigía a Jerusalén fue enseñando acerca de lo que significa ser discípulo suyo. Su obra en Jerusalén sería el acto más trascendental que ha conocido la historia humana. Por eso, la forma en que reaccionemos ante la Persona de Cristo y su obra será lo que determine si lo que nos espera en la eternidad será la vida o la muerte.
La parábola de Jesús que leemos hoy permite tres posibles respuestas. Una sería reaccionar con incredulidad y rechazar el Señor; otra sería reconocerlo, pero por miedo u otra razón, no aceptarlo sinceramente ni dar el fruto que él desea recoger; la tercera sería aceptar de corazón la majestad de Jesús, trabajar con dedicación para contribuir a propagar su Reino, y dar los frutos espirituales para los cuales hemos recibido los dones y talentos que Dios nos ha dado.
Si queremos llevar una vida fructífera, tenemos que aceptar a Jesús, invitarlo a entrar en nuestro corazón, unirnos a su muerte y resurrección mediante el Bautismo, y dejar que actúe libremente en nuestra vida. Sólo así podremos subordinar nuestros planes a la voluntad perfecta de Dios, con toda la abundancia de sus bendiciones. Cuando nos hayamos sometido del todo —espíritu, intelecto, emociones y voluntad— al Espíritu Santo, seremos capaces de rendir un buen “interés” espiritual para Dios. Esta actitud de fidelidad y obediencia a Cristo genera en nosotros un cambio de prioridades, objetivos y acciones personales que nos permiten servir auténticamente a Dios. Nuestra capacidad, inteligencia o situación en la vida no son, en último término, las que van a determinar el resultado; todo dependerá de lo que hagamos con lo que Dios nos haya confiado, porque las acciones concretas son las que demuestran cuáles son las motivaciones del corazón.
Cristo inauguró el Reino de Dios y hoy vive majestuoso y victorioso en medio de nosotros, aunque no siempre nos demos cuenta. Por el Espíritu, ahora mismo estamos teniendo parte en los primeros frutos de ese Reino. Si bien no vamos a conocer la plenitud de la promesa hasta que Jesús regrese nuevamente, confiamos que su promesa se cumplirá sin falta.
“Señor Jesús, enséñame a aceptar de corazón el plan que tienes para mi vida, de modo que, bajo tu reinado y señorío, yo pueda participar en la plena cosecha que se avecina.”
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