09 noviembre 2015

Comentario al Evangelio de hoy, 9 noviembre



Fernando Torres Pérez, cmf
       Hoy delebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán en Roma. A lo largo y ancho de la cristiandad hay iglesias de todos los tipos. Grandes y solemnes. Pequeñas y recoletas. Antiguas y modernas. Sucias y limpias. Con grandes torres y cúpulas y escondidas en locales que parecen garajes. Podría seguir poniendo muchos más adjetivos. Pero todas esas diferencias no rompen ni lo más mínimo la común identidad. Una iglesia, todas las iglesias, son el lugar donde la comunidad cristiana se reúne, escucha la Palabra de Dios y comparte el pan y el vino de la Eucaristía. La Iglesia entera se simboliza en esa comunidad que ora, escucha y canta agradecida. La Iglesia entera se hace presente en ella. Da lo mismo que los que forman la comunidad canten mejor o peor –no nos salvamos por la calidad artística de nuestros cantos–. Lo importante es esa presencia misteriosa de la misericordia y el amor de Dios que se expande en la comunidad y que a través de ella, llega fuera de sus paredes y muros hasta todos los hombres y mujeres. 

      Conocí una iglesia parroquial –estaba en un país tropical– en que no había materialmente muros. Apenas las columnas que sostenían una gran cúpula. Cuando celebraba allí la Eucaristía tenía la sensación de estar en medio de la calle. Al principio, reconozco que me sentí un poco molesto. Pero luego fui pensando que era genial aquella presencia abierta. ¡Una iglesia  en medio de la gente! ¡Abierta a los cuatro vientos, a las lluvias y temporales! Porque el agua de la vida, del que habla la primera lectura, no se puede encerrar entre cuatro paredes. 
      La iglesia, cualquier iglesia, se convierte así en un signo sacramental del reino. Es lugar de reunión abierto a todos los hijos e hijas de Dios. En la iglesia no se excluye a nadie porque todos estamos amparados por la misericordia de Dios. ¡El que esté libre de pecado que tire la primera piedra!
      Por eso hay que tener cuidado con los que quieren convertir la iglesia en un negocio, un lugar donde se va a comprar y vender, a chalanear y regatear con Dios. Te doy media hora de oración a cambio de la salvación o de aquel favor. ¡Grave error! Eso es no haber comprendido la inmensa, la enorme, la inagotable, la incalculable, la desmedida, la infinita, misericordia de Dios. 
      La iglesia-edificio, la Iglesia-comunidad, es, pues, ante todo, lugar de acción de gracias, lugar de vida, lugar de acogida, lugar de familia, de perdón y reconciliación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario