06 septiembre 2015

¿Qué nos pasa? de Pedro María Zalbide

El elogio más bello y preciso de la actividad de Jesús lo encontramos en el evangelio de hoy, donde es vitoreado por aclamación popular: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.
Jesús, efectivamente, pasó por la vida haciendo el bien, curando enfermos y perdonando pecados. Pero no se limitó a sanar cuerpos, sino que también hacía revivir almas. Desenterraba la tristeza, devolviendo la alegría a personas sin consuelo: a la mujer adúltera, cercada por hombres pertrechados con piedras asesinas; a la Samaritana, sedienta de una agua que la hiciera feliz; a Zaqueo, a quien no le había llenado la riqueza acumulada; a la viuda de Naim, que había perdido a su único hijo… Y hoy contemplamos la escena en que Jesús cura a un sordo que, además, era mudo.
Ya dijo en alguna ocasión que son “dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. Y en otro momento puntualizó: “El que tenga oídos, que oiga”. Y yo me permito la licencia de añadir: “Y el que tenga ojos, que vea”, “Y el que tenga lengua, que hable”… Digo esto porque estoy plenamente convencido de que, a menudo, somos sordos, ciegos y mudos voluntarios: por comodidad, por pereza o por cobardía.

Sordos voluntarios. Escuchar atentos la palabra de Dios y decidirnos a ponerla en práctica requiere interés, atención y brío para que no se quede todo ello en meras palabras en medio de un desierto. Pero muchas veces preferimos la comodidad en el sofá de nuestra tibieza.
Ciegos voluntarios. Siempre resulta duro contemplar el mundo en toda su crudeza: las desgracias y calamidades que crecen en nuestro entorno. Ello exige un sutil espíritu de observación y una buena dosis de constancia y de esfuerzo. Pero casi siempre adolecemos de una pereza enfermiza que anula nuestra voluntad.
Mudos voluntarios. Una vez detectadas las necesidades y toda la problemática que angustia hoy a nuestra sociedad, es preciso poner manos a la obra: denunciar las injusticias que percibimos y comprometernos a tratar de solucionarlas, creando una sociedad más solidaria y fraterna… Pero para ello hace falta valentía, coraje y, muchas veces, preferimos escudarnos tras el parapeto cobarde de cualquier excusa
En definitiva, que Dios quiere de nosotros: que escuchemos la palabra de Dios y la pongamos en práctica; que miremos y analicemos la situación de nuestra sociedad; y que denunciemos las injusticias que detectamos y nos impliquemos en la tarea de ofrecerles solución.
Es por lo que me pregunto: Pero bueno, ¿qué pasa?, ¿es que no ha quedado claro en el evangelio?, ¿qué clase de cristianos somos?, ¿nos quedamos a medias como el estudiante díscolo que emprende una carrera y jamás determina?, ¿hemos hecho con la palabra de Dios un “traje a medida”, que nos permite vivir sin agobios y preocupaciones?… Es una pena. Porque quede bien claro que Dios nos quiere elegantes y lustrosos, pero no porque el traje se adapte a nuestros cuerpos sino porque son éstos los que se amoldan al evangelio.
Pedro María Zalbide

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