14 septiembre 2015

Nuestro seguimiento a Jesús

El evangelio de ayer nos presenta un momento en que Jesús debe plantear a sus seguidores, a los que le han quedado, su verdadera identidad, quién es él, ¿a quién siguen? ¿a dónde van?. Iban ya de camino a Jerusalén, con todo lo que ello significaba para Jesús.
A Pedro le ha confiado la responsabilidad del grupo, pero le ve aún confuso, está lejos de comprender a Jesús y sigue discutiendo con sus compañeros quiénes van a ocupar los primeros puestos en el Reino, quién va a ser el primero. A los discípulos les resultaba atrayente seguir a un candidato al Reino Mesiánico aclamado por las masas, pero otra cosa es aparecer como discípulos de un condenado a muerte de cruz. No estaban dispuestos.
Pedro ha hablado en nombre de los discípulos, Jesús quiere esclarecerles en qué consiste el seguimiento a él. El reproche a Pedro es uno de los más duros del evangelio, porque “su mentalidad es como la de todos los hombres y no como la voluntad de Dios”. Jesús le dice: “Quien quiera seguirme, tome su cruz y me siga”. 
Seguir ahora a Jesús, lo entendieron perfectamente los discípulos, era ir al encuentro de la cruz que le esperaba a Jesús en Jerusalén. Es lo que Jesús pide a los que le seguían, para los que triunfar era una obsesión. 

Este relato no puede tener entre nosotros un carácter de lectura histórica, de descubrimiento de lo que sucedió entonces, Jesús nos dirige hoy a nosotros la misma pregunta: “¿quién soy yo para ti?” y nos interpela a cada uno con las mismas palabras: ”si quieres seguirme has de tomar tu cruz”. 
Tomar la cruz siguiéndole a Él, nos lo dice Jesús, es estar dispuestos a seguirle tomando nuestra cruz, él explica el significado de esa cruz; dar la vida por los demás.
Dar la vida, es evidente, estar dispuestos a darla hasta perderla, es dar lo más precioso que tenemos, el vivir: perder la vida, para que otros vivan, significa estar dispuestos a darlo absolutamente todo, y Jesús nos dirá, que esto solamente se aprende y se consigue realizar con la ayuda del Espíritu de Dios que Jesús nos comunica sin medida. 
No es posible manipular estas palabras de Jesús. Es un mensaje irrenunciable. hemos de aceptarlas en su verdadero sentido. El discípulo suyo, deberá cargar con su propia cruz. Es el mensaje que cada uno escuchamos hoy. Reflexionemos en él.
Jesús, hombre como nosotros, proclamó el sentido de su vida con toda claridad: “he venido a cumplir la voluntad del Padre”. Y fue fiel. Hoy nos lo dice, “hasta la cruz”. 
Nuestra vida ni es, ni debe ser una copia de la de Jesús, ni acabar forzosamente en una cruz o en un martirio. Tampoco el practicar el masoquismo, ni andar buscando sufrimientos sin otro sentido que el sufrir. Será cumplir la voluntad de Dios, hasta lo que Dios nos pida. 
Dios no puede imponer nada que no tenga sentido. Nuestra cruz será “cargar”, asumir la realidad de nuestra vida, realidad que pesa sobre nuestros hombros, será el sufrimiento que acarrea el poner nuestra vida en servicio a los demás, ir aceptando las pequeñas, o grandes cruces de cada día, pueden ser parcelas de nuestro vivir: solidaridad, servicio, realizar la verdad, disponibilidad, que vendrá a ser el signo de identidad del verdadero seguimiento de Jesús. La cruz de Jesús es ayudar a vivir, esta ha de ser nuestra espiritualidad.
Jesús nunca habló de que hay que buscar la cruz porque el sufrir sea bueno. Lo que Jesús dice es que seguir su palabra, cumplirla, el ayudar a vivir, podrá llevar consigo persecuciones e incluso la muerte. Así fue para él.
Su vida fue proclamar el amor de un Padre hacia todos los seres humanos, hijos suyos, que envía a su Hijo para comunicarnos su propia vida, para ayudar a los más necesitados, atender a los excluidos, liberarles de una religión pervertida que les confundía en sus buenos deseos de descubrir a Dios, favoreciendo a los poderes dominantes. Jesús se enfrentó a los que imponían esta religión y le costó la muerte. 
La enseñanza y la vida de Jesús nos dice, que la plenitud humana no podemos entenderla como disfrutar en esta vida pasando por encima de las necesidades de quienes no alcanzan a tener lo suficiente para vivir. La salvación viene de quienes arriesgan su comodidad, sus intereses, su prestigio y hasta su vida, por hacer que este mundo resulte menos inhumano y más justo, por que todos los hijos de Dios vivan con la dignidad de personas.
No podemos en modo alguno olvidar la crisis económica, social, la crisis en que estamos sumergidos, no podemos olvidar a quienes la sufren con un rigor sobrehumano y responder con toda nuestra generosidad, con nuestros bienes y con las acciones sociales, que entendamos es deber nuestro. Seguir a Jesús, bajo ningún pretexto nos permite hacer daño a otro ser humano, ni permitir que nadie sufra por las decisiones que yo pueda tomar para mi propio bienestar. 
La invitación de Jesús a negarnos a nosotros mismos y a cargar con la cruz, tiene indudablemente una dimensión solidaria, no puede haber un fin más bello y generoso, se trata de la cruz que lleva consigo el vivir para los demás. La cruz que nos vendrá dada en función del seguimiento que hagamos del mensaje de Jesús, del evangelio.
Si nos cuesta comprender y aceptar que esta palabra bienhechora, que Jesús proclama de ayudar a vivir, de amar con él ama, pensémoslo, que Jesús ha prometido darnos su Espíritu, que es la fuerza de Dios que ama. Jesús está presente, junto a nuestra vida. 
Una vez más, lo que Jesús exige a sus seguidores, es seguir el camino del amor, el camino del servicio a los demás, aunque en ese camino aparezcan sufrimientos e incluso la muerte misma. La salvación viene de quienes arriesgan su comodidad, sus intereses, su prestigio y hasta su vida, por hacer que este mundo resulte menos inhumano y más justo. 
En nuestras manos está dar sentido a nuestra vida o malograrla, vivir como verdadero ser humano. Lo que demos de nosotros mismos, se convertirá en vida. Lo que guardemos se convertirá en triste pérdida.
Jesús, como hombre, nos marcó el camino de la plenitud humana, ayudar a vivir, nos invita hoy a seguirle.
Él sigue su camino, busca también la soledad, el silencio para comunicarse con el Padre, así templa su espíritu para estar siempre dispuesto a poner su vida. Así dijo la víspera de morir: “Padre hágase tu voluntad”.
José Larrea Gayarre

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