Domingo XXV del Tiempo Ordinario (ciclo B)
- Sabiduría 2, 12. 17-20
- Sal53,3-4.5.6y8
- Santiago 3, 16-4, 3
- Marcos 9, 30-37
Es curioso caer en la cuenta del despiste generalizado de los discípulos de Jesús. Siendo personas que lo han dejado todo, que caminan con su Maestro, y que con Él conviven y comparten, llama la atención cómo no se enteran a penas de nada.
La semana pasada vimos, no solo la incomprensión de Pedro cuando Jesús anunció su destino como Mesías, sino su rechazo. Hoy, vuelve a pasar algo similar.
UNOS DISCÍPULOS ¿DESPISTADOS O ALEJADOS?
Jesús estaba «instruyendo a sus discípulos», dice el evangelio. Es decir les estaba transmitiendo algo que ellos debían retener, asimilar… y, como algunos chicos en el colegio y en la universidad, los discípulos «no entendía aquello».
Cosa normal cuando uno está aprendiendo. No tan normal es quedarse con las dudas. ¿Por qué —me pregunto—, los discípulos tendrían miedo a preguntar? ¿Sería por miedo a poner al descubierto su ignorancia? ¿Por no disgustar o entristecer a su maestro?
En cualquier caso, lo que está detrás de esto, es que entre los discípulos y su Maestro había una distancia que hacía imposible el auténtico discipulado, pues eran incapaces de hacerse cargo del camino y del destino a seguir. Bien podríamos preguntarnos sobre las distancias que tenemos —o marcamos— , con Jesús. Si tenemos la suficiente cercanía para entender lo que nos dice y, como buenos alumnos, aprender sus lecciones. Si entre Él y nosotros existe la suficiente confianza como para poner en sus manos nuestra dudas, incomprensiones e ignorancias.
UN JESÚS QUE ACORTA DISTANCIAS
Ante esta distancia de los discípulos respecto a Jesús, es paradójica la preocupación de Jesús hacia ellos. Jesús se habría quedado «tranquilo» después de anunciar su pasión. Los discípulos callaron, no como expresión de asentimiento, como hemos visto. El camino siguió y ellos se pusieron a hablar de sus cosas. La despreocupación de los discípulos respecto de lo que dice Jesús, contrasta con el interés de éste hacia aquellos. Jesús, como en tantas otras ocasiones, no solo instruye, sino que pregunta, se interesa por las preocupaciones de los suyos. Es bueno caer en la cuenta de ello. Por muy alejados que estemos de Jesús, el sigue queriendo enterarse de nuestra vida, compartirla, formar par de ella. Muy cerrados debemos estar para no contar con un Dios que se interesa por nosotros.
UNOS DISCÍPULOS VANIDOSOS PORQUE INDIFERENTES
Ante la respuesta silenciosa de los discípulos ¿¡qué cara se le debió quedar a Jesús!?. Ellos ya sabían que su tema de conversación no sería del agrado de su Maestro. Por eso callaron. Signo que indica, no tanto la ignorancia de los discípulos —sabían de qué iba o debía ir la cosa—, cuanto su indiferencia. Su vida, sus preocupaciones, sus metas, eran bien distintas a las de Jesús. Tenían otros intereses, eran unos completos indiferentes a la propuesta de Jesús. Pensaban más en los puestos, en compararse, en ocupar el primer lugar. El caso es que no hubiesen tenido esas dudas, si hubiesen caído en la cuenta del significado de lo que les había querido decir durante el camino.
UNA OPORTUNIDAD MÁS
Pese al fracaso del Maestro en su instrucción, no cejó en su empeño y les dio la oportunidad de aprender la lección. No por la vía del discurso, sino por la del testimonio ejemplar.
¿Queréis ser los primeros? Poneros a servir, aunque sea al que menos pinta en casa, aunque sea a un niño, del cual ningún beneficio se puede obtener, por que los niños no tiene nada.
Y dando un giro inesperado, Jesús da un paso más, que eleva a categoría teológica el tema del servicio. El que se pone a servir a alguien que no tiene nada que ofrecer, el que acoge a un niño, está acogiéndole a Él y, en Él, al mismo Dios. Servir a quien nada tiene, es ser auténtico discípulo de Jesús, porque el que sirve acoge la vida del otro, no siendo indiferente a sus preocupaciones.
Santi García Mourelo, sdb
Domingo XXV del Tiempo Ordinario (ciclo B)
- Sabiduría 2, 12. 17-20
- Sal53,3-4.5.6y8
- Santiago 3, 16-4, 3
- Marcos 9, 30-37
Es curioso caer en la cuenta del despiste generalizado de los discípulos de Jesús. Siendo personas que lo han dejado todo, que caminan con su Maestro, y que con Él conviven y comparten, llama la atención cómo no se enteran a penas de nada.
La semana pasada vimos, no solo la incomprensión de Pedro cuando Jesús anunció su destino como Mesías, sino su rechazo. Hoy, vuelve a pasar algo similar.
UNOS DISCÍPULOS ¿DESPISTADOS O ALEJADOS?
Jesús estaba «instruyendo a sus discípulos», dice el evangelio. Es decir les estaba transmitiendo algo que ellos debían retener, asimilar… y, como algunos chicos en el colegio y en la universidad, los discípulos «no entendía aquello».
Cosa normal cuando uno está aprendiendo. No tan normal es quedarse con las dudas. ¿Por qué —me pregunto—, los discípulos tendrían miedo a preguntar? ¿Sería por miedo a poner al descubierto su ignorancia? ¿Por no disgustar o entristecer a su maestro?
En cualquier caso, lo que está detrás de esto, es que entre los discípulos y su Maestro había una distancia que hacía imposible el auténtico discipulado, pues eran incapaces de hacerse cargo del camino y del destino a seguir. Bien podríamos preguntarnos sobre las distancias que tenemos —o marcamos— , con Jesús. Si tenemos la suficiente cercanía para entender lo que nos dice y, como buenos alumnos, aprender sus lecciones. Si entre Él y nosotros existe la suficiente confianza como para poner en sus manos nuestra dudas, incomprensiones e ignorancias.
UN JESÚS QUE ACORTA DISTANCIAS
Ante esta distancia de los discípulos respecto a Jesús, es paradójica la preocupación de Jesús hacia ellos. Jesús se habría quedado «tranquilo» después de anunciar su pasión. Los discípulos callaron, no como expresión de asentimiento, como hemos visto. El camino siguió y ellos se pusieron a hablar de sus cosas. La despreocupación de los discípulos respecto de lo que dice Jesús, contrasta con el interés de éste hacia aquellos. Jesús, como en tantas otras ocasiones, no solo instruye, sino que pregunta, se interesa por las preocupaciones de los suyos. Es bueno caer en la cuenta de ello. Por muy alejados que estemos de Jesús, el sigue queriendo enterarse de nuestra vida, compartirla, formar par de ella. Muy cerrados debemos estar para no contar con un Dios que se interesa por nosotros.
UNOS DISCÍPULOS VANIDOSOS PORQUE INDIFERENTES
Ante la respuesta silenciosa de los discípulos ¿¡qué cara se le debió quedar a Jesús!?. Ellos ya sabían que su tema de conversación no sería del agrado de su Maestro. Por eso callaron. Signo que indica, no tanto la ignorancia de los discípulos —sabían de qué iba o debía ir la cosa—, cuanto su indiferencia. Su vida, sus preocupaciones, sus metas, eran bien distintas a las de Jesús. Tenían otros intereses, eran unos completos indiferentes a la propuesta de Jesús. Pensaban más en los puestos, en compararse, en ocupar el primer lugar. El caso es que no hubiesen tenido esas dudas, si hubiesen caído en la cuenta del significado de lo que les había querido decir durante el camino.
UNA OPORTUNIDAD MÁS
Pese al fracaso del Maestro en su instrucción, no cejó en su empeño y les dio la oportunidad de aprender la lección. No por la vía del discurso, sino por la del testimonio ejemplar.
¿Queréis ser los primeros? Poneros a servir, aunque sea al que menos pinta en casa, aunque sea a un niño, del cual ningún beneficio se puede obtener, por que los niños no tiene nada.
Y dando un giro inesperado, Jesús da un paso más, que eleva a categoría teológica el tema del servicio. El que se pone a servir a alguien que no tiene nada que ofrecer, el que acoge a un niño, está acogiéndole a Él y, en Él, al mismo Dios. Servir a quien nada tiene, es ser auténtico discípulo de Jesús, porque el que sirve acoge la vida del otro, no siendo indiferente a sus preocupaciones.
Santi García Mourelo, sdb
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