08 septiembre 2015

Homilía de la Natividad Santísima Virgen María

por Montemar » Dom Sep 08, 2013 8:14 am
Mateo da comienzo a su Evangelio con el abolengo de Jesús, comprobando con esto que El, por su padre adoptivo, San José, desciende legalmente en línea recta de David y Abrahán, y que en El se han cumplido los vaticinios del Antiguo Testamento, los cuales dicen que el Mesías prometido ha de ser de la raza hebrea de Abrahán y de la familia real de David. La genealogía no es completa. Su carácter compendioso se explica, según S. Jerónimo, por el deseo de hacer tres grupos de catorce personajes cada uno (cf. v. 17). Esta genealogía es la de San José, y no la de la Santísima Virgen, para mostrar que, según la Ley, José era padre legal de Jesús, y Este, heredero legal del trono de David y de las promesas mesiánicas. Por lo demás, María es igualmente descendiente de David; porque según San Lucas 1, 32, el hijo de la Virgen será heredero del trono “de su padre David”. Sobre la genealogía que trae S. Lucas, y que es la de la Virgen, véase Lc. 3, 23 y nota. Según los resultados de las investigaciones modernas hay que colocar el nacimiento de Jesús algunos años antes de la era cristiana determinada por el calendario gregoriano, o sea en el año 747 de la fundación de Roma, más o menos. Al no hacerlo así, resultaría que Herodes habría ya muerto a la fecha de la natividad del Señor, lo cual contradice las Sagradas Escrituras. Ese hombre impío, murió en los primeros meses del 750.

  1. Tamar. Aparecen, en esta genealogía legal de Jesús, cuatro mujeres: Tamar, Racab, Betsabée y Rut, tres de las cuales fueron pecadoras (Gén. 38, 15; Jos. 2, 1 ss.; II Rey. 11, 1 ss.) y la cuarta moabita. S. Jerónimo dice al respecto que el Señor lo dispuso así para que “ya que venía para salvar a los pecadores, descendiendo de pecadores borrara los pecados de todos”.
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18. Entre los judíos los desposorios o noviazgo equivalían al matrimonio y ya los prometidos se llamaban, esposo y esposa. 


  1. No habiendo manifestado María a su esposo la aparición del Ángel ni la maravillosa concepción por obra del Espíritu Santo, San José se vio en una situación sin salida, tremenda prueba para su fe. Jurídicamente S. José habría tenido dos soluciones: 1o. acusar a María ante los tribunales, los cuales, según la Ley de Moisés, la habrían condenado a muerte (Lev. 20, 10; Deut. 22, 22 – 24; Juan 8, 2 ss.); 2o. darle un “libelo de repudio”, es decir, de divorcio, permitido por la Ley para tal caso. Pero, no dudando ni por un instante de la santidad de María, el santo patriarca se decidió a dejarla secretamente para no infamarla, hasta que intervino el cielo aclarándole el misterio. “¡Y qué admirable silencio el de María! Prefiere sufrir la sospecha y la infamia antes que descubrir el misterio de la gracia realizado en ella. Y si el cielo así probó a dos corazones inocentes y santos como el de José y María, ¿por qué nos quejamos de las pruebas que nos envía la Providencia?”. (Mons. Ballester). Es la sinceridad de nuestra fe lo que Dios pone a prueba, según lo enseña San Pedro (I. Pedr. 1, 7). Véase S. 16, 3.
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23. Es una cita del profeta Isaías (7, 14). Con ocho siglos de anticipación Dios anuncia, aunque en forma velada, el asombroso misterio de amor de la Encarnación redentora de su Verbo, que estará con nosotros todos los días hasta la consumación del siglo (Mat. 28, 20). Será para las almas en particular y para toda la Iglesia, el “Emmanuel”: “Dios con nosotros”, por su Eucaristía, su Evangelio y por la voz del Magisterio infalible instituido por El mismo.
ACI Digital

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