Érase una vez un zapatero ya muy anciano y muy cansado. Deseaba morir para ir con el Señor y deseaba también que el Señor lo visitara en su tienda. Un día mientras rezaba oyó una voz que le dijo: Mañana iré a tu tienda. Se puso a trabajar más feliz que nunca pero no pasó nada especial. Al rato entró una señora quejándose de unos niños que la insultaban y le habían robado parte de la compra. El zapatero habló con ellos y se lo devolvieron y prome- tieron no hacerlo más. Más tarde entró un forastero preguntando por una dirección y lo acompañó hasta el lugar indicado. Luego entró una niña que tenía el padre enfermo y juntos se fueron en busca de un médico para que lo visitara. Poco antes de cerrar la tienda llegó un mendigo que quería comer y lo llevó al bar y le pagó la cena. Cerró su tienda y se dijo el Señor no ha venido a verme. Ya en casa y antes de acostarse oró diciendo: Señor, he estado muy ocupado, hoy; espero no hayas venido a visitarme mientras estaba fuera. Y una voz dijo: “Vine a visitarte en cada persona que ayudaste. Sé que disfrutaste con mi presencia. Estoy muy contento del buen trato que me diste”. ¿No recuerdas: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber; fui peregrino y me hospedaste?”. Siempre que lo hiciste con uno de mis hermanos más pequeños, lo hiciste conmigo.
Entonces Martín se despertó, alegre y feliz como nunca.
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