23 septiembre 2015

Domingo 27 septiembre: Para la homilía

Todos somos profetas
Profeta es aquel que ha recibido en su espíritu el “espíritu” de Dios para discernir la realidad según su inspiración (“inspiración” viene de “espíritu”) y la enjuicia para denunciar lo que se opone al sueño de Dios para el mundo o para comunicar esperanza en medio de las dificultades escrutando los signos de la realidad. El Espíritu de Dios es, sobre todo, misericordia y justicia.
Si Dios tiene algo que ver con nuestro mundo y actúa en nuestra vida personal o colectiva, no lo hace dando voces desde el cielo, sino inspirando a las personas su propio Espíritu.
No todos los que se dicen “profetas” lo son, sino sólo aquellos que viven una empatía profunda entre sus sentimientos y los sentimientos de Dios. Por eso, aunque todos podemos serlo, sólo lo consiguen quienes han realizado en su vida una transformación personal de sus sentimientos con los de Dios. Y lo reconocen humildemente como don, no como “posesión”. Por eso decía Jesús “por sus frutos los conoceréis”…
Moisés fue “profeta” (1a lectura) porque supo guiar a su pueblo, en su liberación, dejándose inspirar por Dios. Y ése era su deseo: que todos pudiesen serlo.
Nosotros, por el Bautismo, hemos recibido el Espíritu de Dios que habita en nuestros corazones. Pero no siempre le dejamos ser y hablar en nosotros. Más bien, generalmente, lo suplantamos y hablamos nosotros, no Dios. Nuestros prejuicios, nuestra lógica, nuestras manías, nuestros criterios, nuestras ideologías, son más fuertes que el Espíritu. Y muchas veces lo que hacemos es “dar gato por liebre”. Hay profetas “asalariados”, que tienen demasiados “intereses creados”. Hay profetas “de calamidades”, como decía el santo Juan XXIII…

Nadie tiene e monopolio del Espíritu
Es la lección que nos da Jesús en el Evangelio de hoy. Jesús no es ególatra ni celoso. No “posee” el espíritu, sino que se dejaba llevar por Él. Por eso “pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el diablo” (Hech 10, 38), porque su hacer misericordioso y justo era desinteresado y gratuito: “el Espíritu estaba con él” (Hech 10, 38).
Jesús se alegra de que otros “profeticen en su nombre” porque eso significa que el Espíritu de Dios está actuando en otras gentes tanto como en él, para bien de los demás. Y si es ese mismo Espíritu, estamos caminando todos en la misma dirección, en contra de lo que impide el Reino, el sueño de Dios para el mundo y la gente: “sean de la nación que sean” (Hech 10, 34-35).
Por eso, Jesús nos dice que nadie tiene el monopolio del Espíritu. Que el Espíritu es libre y hay que saberlo reconocer, sea donde sea, aunque piense distinto que nosotros: en no creyentes que, sin embargo, son justos y misericordiosos; en cre- yentes de otras religiones, que son justos y misericordiosos: ¡también en el Islam, también en judíos!; en creyentes de otras confesiones cristianas, que son justos y misericordiosos “en su nombre” porque han recibido el mismo bautismo que nosotros…; en los fieles tanto como en el párroco, los obispos o el mismo papa… Lo nuestro será siempre ¡sumar!, no restar: Evangelii Gaudium, nn. 98-101.
El Espíritu está en contra de la riqueza injusta
He ahí un criterio de “discernimiento” por boca de Santiago (2a lectura): «Vuestro oro y vuestra plata (la idolatría del dinero”: papa Francisco, EG 55-56) […] será un testimonio contra vosotros» (Sant 5,3). Es imposible poner de acuerdo el sistema neoliberal de mercado, que nos domina y es nuestro modo de vida, y el evangelio, el Espíritu de Dios. El papa Francisco no lo puede decir más claro (EG 53-54; 202-208): «no a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata» (n 53). Es imposible poner de acuerdo el sentido absoluto de la propiedad privada y el Evangelio (Doctrina Social de la Iglesia).
La carta de Santiago habla bien claro, también, de la acumulación de riquezas (idolatría del dinero), de quien defrauda el salario justo (¡“flexibilidad del mercado laboral” y derecho a un “trabajo decente”…!), empobrecimiento progresivo del mundo rural y la agricultura…
El “profeta”, si lo es de verdad porque se ha dejado llevar por el Espíritu de Jesús, tiene que denunciar la injusticia, venga de donde venga, y anunciar la esperanza a los pobres y excluidos de todo tipo. Si no es así, es sólo un “profeta asalariado”, un falso profeta. La Iglesia entera ha hecho una “opción por los pobres” (EG 198).
José Luis Saborido Cursach, S.J.

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