El reinado de Dios tiene una extraña lógica que no casa con la mentalidad de los discípulos de Jesús. Estos, al lado de un Jesús que coge fama entre las gentes, se creen alguien en la sociedad y comienzan a discutir quién de ellos es el más grande.
Sin embargo, en el camino hacia Dios, Jesús, en lugar del autoensalzamiento, propone el abajamiento. Lo que acerca a Dios es el servicio a los pequeños, a los pobres, a los niños. Tres son, al menos, los mensajes.
En primer lugar les va preparando sobre lo que viene. Él no será Mesías como un nuevo David, rey de Israel, sino como Siervo sufriente en la cruz. En segundo lugar, el modelo de liderazgo, en la lógica del reinado de Dios, no es el del poderío y las relaciones de dominio, sino el servicio y la donación de sí. Quien quiera ser el primero que se haga el último, el servidor de todos. Aquí el evangelista está dando un mensaje ante los conflictos de poder que se dan ya dentro de las primeras comunidades cristianas. Finalmente, nos habla también de cómo es Dios. Le identifica no con la omnipotencia y la majestuosidad, sino con la debilidad y la pequeñez. Quien acoge a uno de esos a mí me acoge y acoge a quien me envía.
Así, un niño acogido y acariciado por Jesús, en medio de sus discípulos, ejemplificará no sólo cómo debe ser el liderazgo en la comunidad de los seguidores de Jesús, sino que les hablará de cómo él será Mesías y, más aún, de cómo es Dios.
Pensemos un poco en esta imagen. Un niño acogido y acariciado por Jesús. Tengamos presente que así como ahora los niños son los reyes de la casa, en aquél tiempo no pintaban nada. Eran otro más de los grupos sociales que quedaban marginados de la sociedad. La acogida, con afecto, a quien socialmente es marginado es una característica del reinado de Dios. Si algo representa es un reconocimiento que pone en el centro al otro y lo saca de la invisibilidad a que lo somete la marginación.
¿Quién pondríamos hoy en el centro de la comunidad cristiana? Sin duda alguna a la persona inmigrante. Recordemos, por un momento, el niño que vino plegado en el trolly. Al ser descubierto y salir de la maleta dijo: “Je suis Abou”. No es difícil imaginar a Jesús diciendo, ven Abou, siéntate conmigo. Y desde allí, en una rueda de prensa, decir a todos los medios europeos. “Quien acoge a uno de estos a mí me acoge, y acoge al mismo Dios que me envía”. Y oyendo las palabras del mismo Jesús, millones de cristianos europeos abrirían las puertas de sus casas, queriendo ser los primeros acogiendo al inmigrante, al niño, al joven, a la mujer, al hombre. “No se puede tolerar que el Mediterráneo se convierta en un gran cementerio” decía el papa Francisco, ante políticos más temerosos de ciudadanos irritados que prestos a ser los primeros en el servicio a los pobres. Si, el reinado de Dios se juega en la calidad de la acogida de Europa a quienes huyen del fanatismo y de la miseria.
Carlos García de Andoin
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