Jesús cura a un sordomudo, es el relato del evangelio de Marcos, que nos presenta una vez más su bondad, su cercanía ante quienes sufren apartados de la convivencia social y nos acerca a una de las realidades sociales más apremiantes, a la necesidad de la comunicación para la realización de nuestra persona y de la vida social.
El sordomudo de nacimiento, triste en su silencio, solo, contempla a Jesús que se acerca a él, que le toca, que le dice con emoción: ”ábrete”, le cura restableciéndole en su dignidad, abriéndole a la comunicación, a poder participar en la vida con los suyos.
Existe una sordera física, personas que no oyen ni pueden hablar, que viven tristemente incomunicados, y también existe otra sordera, sordera del espíritu, cuando la persona queda aislada, excluida de la vida social, cerrada interiormente al perder el encuentro verdadero consigo mismo y con los demás.
Para Jesús, la señal de que el Reino de Dios ha llegado, decía que es que “los cojos andan, los ciegos ven, los sordos oyen y los pobres son evangelizados”. Él, con esa actitud para con los excluidos, está haciendo presente a Dios en este mundo, así lo aseguró. Jesús quiere que se erradique la miseria, que nos preocupemos eficazmente por que todos los seres humanos vivamos con dignidad, que todos, como hermanos, podamos encontrarnos en el Reino de Dios. Hoy sabemos que la curación de la sordomudez tiene que venir del desarrollo de la tecnología y de la medicina. Es la versión moderna del milagro de Jesús.
El Reino que Jesús presenta consiste en que los que se sienten excluidos, a pesar de sus limitaciones, puedan llegar a participar plenamente del desarrollo de su persona, del desarrollo social. Siguiendo a Jesús, no podemos pensar que el reino de Dios consiste en deseos compasivos ante los pobres que sufren las injusticias de nuestro mundo, no podemos entender el seguir a Jesús sin colaborar activamente en las soluciones de los problemas reales que padecen los que más sufren, no podemos aceptarlo ni como personas, ni como Iglesia. Parece que los cristianos no hemos aprendido aún la lección de lo que significa amar. Todo afán de ayudar al ser humano a abrirse y a comunicarse es auténtica espiritualidad. Jesús no remedió solo una enfermedad física del sordomudo, le encumbró como ser espiritual llamado a buscar y encontrar a Dios.
Este episodio del sordomudo podemos verlo como una señal de lo que representa en nuestra vida la incomunicación. En el acercamiento al excluido de la sociedad Jesús asume el problema de la incomunicación humana.
La actualidad del relato es evidente. El poder comunicarnos es una de las posibilidades más ricas y nobles de la persona humana, es una de las exigencias fundamentales para nuestra existencia civilizada. Vivir abiertos a los demás, en verdadera comunicación, es vivir sensibles a las necesidades del otro, poniéndonos profundamente en su lugar.
Sin la comunicación apropiada se dificulta a la persona el acceso a su mundo interior, a la verdadera identidad personal, puede llegar un momento en que no se acierte a encontrarse uno consigo mismo, ni con Dios. El buscar y fomentar el control de la comunicación, de la información, es provocar el aislamiento de la persona a niveles que cada vez pueden llegar a ser más profundos. La incomunicación inhumana.
Comunicarse significa entenderse, escuchar, trasmitir mensajes, responder, esperar. Vivir abiertos a los demás en verdadera comunicación, es vivir sensibles a las necesidades del otro, poniéndonos profundamente en su lugar. Es poner en común algo de uno mismo, compartir lo que somos y pensamos y tenemos y queremos. Es conocer los verdaderos poderes que dirigen y manipulan en gran manera nuestras sociedades. Es la posibilidad de poder influir que en nuestro mundo sea realidad la justicia, la verdad, el bienestar colectivo.
Al tener más medios de comunicación que nunca, creer que hoy tenemos más información que nunca, es una ingenuidad increíble. La información que se oculta es posiblemente la que más nos interesa, es la información que suele explicar los verdaderos intereses que se imponen en la vida social, política; se nos da la información que interesa a los que detentan el verdadero poder en nuestras sociedades. En contra de lo que pudiéramos pensar, vivimos aislados, y levantado cada día más fronteras, más muros de separación, que nos separan y marcan nuestras intolerancias y minan nuestro verdadero poder de humanizar nuestro mundo. Es nuestra realidad. Vivimos en una sociedad que podemos llamar de la“incomunicación”, de la “desinformación”.
Pensemos en nuestras relaciones comerciales, económicas, laborales, políticas. Conocemos la comunicación que existe en nuestra sociedad. Ante el deseo generalizado de vivir asentados en la verdad, la facilidad con que se trasmiten noticias contradictorias sobre una misma realidad, los filtros y censuras cargados de interés. Qué decir de la comunicación que trasmiten los “medios”, ¿quién puede asegurar qué se trasmite, cuándo se trasmite la verdad? . Existe un cultivo deliberado y morboso de la mentira, una voluntad muy extendida de engañar, de someter la información y el diálogo a los intereses de los grandes dirigentes de la economía. Los que dirigen nuestro mundo, son conscientes de la importancia que tiene el controlar la comunicación, de que quienes carecen de la información necesaria, si no existen medios de comunicación adecuados, no serán capaces de influir en la vida social. Saben todo esto y ellos establecen sistemas de comunicación para ejercer el poder sin que existan interferencias que les perjudiquen, reservándose la información necesaria para gobernar.
Jesús ha dicho “la verdad os hará libres”, si viviéramos abiertos, si escucháramos y respetáramos la voz colectiva de los ciudadanos que se ha venido en llamar “opinión publica” tendríamos mayores garantías de vivir en una sociedad en la que el respeto a la persona, los derechos fundamentales estarían mejor protegidos, en la que los ordenamientos institucionales responderían a las necesidades de los ciudadanos convenientemente expresadas, en que las injusticias, nepotismos, tendrían más dificultad de existir, en la que la paz se restablecería con mucha más facilidad, el bienestar estaría compartido entre todos, la justicia sería justa. Dios quiere todo esto y lo espera de nosotros, para eso nos da su Espíritu.
En nuestras relaciones familiares, difícil a veces la comunicación. Sabemos que en la familia la comunicación se ha resentido por el intenso cambio cultural, por el progresivo distanciamiento entre generaciones. Hemos de preguntarnos si hacemos todo lo posible por establecerla, por preparar un diálogo amistoso, por conocer a fondo las necesidades, el pensamiento, las inquietudes, la vida de quienes conviven con nosotros en proximidad tan estrecha.
¿Renunciamos a gustos, a lo mío, a imponer mis criterios, vivimos con generosidad? la comunicación es el mejor cultivo que genera y mantiene el afecto, el amor. Cuántas rupturas evitaríamos, cuánta violencia desaparecería. Nuestras familias serían el gran apoyo para una sociedad verdaderamente civilizada.
Nosotros podemos saber por experiencia que es difícil, duro, comprometido, arriesgado, hablar con verdad, trabajar por la verdad, cuánto más cómodo a veces callarnos. Por eso necesitamos dejarnos iluminar por el Espíritu, que nos fortalezca y escuchar su voz que nos impulsa a abrirnos a una comunicación más sincera. En la medida en que tengamos responsabilidades en la sociedad y en la Iglesia debemos creer en la eficacia humanitaria de la verdad y empeñarnos en su búsqueda y en su difusión con honradez, sinceridad y valentía. Son condiciones para vivir como hermanos.
Jesús en esta curación soluciona a este pobre hombre el problema de su incomunicación. Él, agradecido, no sabe ya qué decir y qué hacer por Jesús.
Hemos de pensar que esta palabra de Jesús, ”ábrete”, se pronuncia hoy sobre nosotros ante nuestros silencios y sorderas culpables, cuando callamos u ocultamos la verdad y nuestra palabra hubiera podido servir de ayuda a quienes la necesitan y se la negamos, cuando nuestra palabra no condena injusticias sangrantes existentes entre nosotros; por los silencios que sufrimos al no conocer aquello que necesitamos y a lo que tenemos derecho como miembros de nuestra sociedad, por la incomunicación generalizada existente entre grupos y personas, al guardar silencio por vivir más seguros en los privilegios de que disfrutamos, sin que nos inmuten los que viven a nuestro lado.
Jesús nos dirige hoy el mismo grito: ”abríos”, despertad a la vida, abríos en una comunicación positiva, digna de una sociedad civilizada, digna de quienes queremos ser seguidores suyos, abríos a la verdad del vivir humano; es una palabra que nos interpela desde la lectura de Marcos, exigiéndonos amar y ayudar a tantos necesitados.
Por todo ello, nuestro encuentro con Jesús con esta eucaristía es una llamada a nuestra responsabilidad. Jesús nos da toda su ayuda comunicándonos su Espíritu.
José Larrea Gayarre
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