CARNE Y SANGRE
Hechos 9,1-20. Saulo había aprobado el asesinato de Esteban, pero el primero de los mártires había orado por sus perseguidores. La Iglesia ha abierto ya sus puertas a los samaritanos y a los etíopes; ha llegado el momento de que «se responda del Nombre ante las naciones paganas», y ésta será la obra de Pablo.
Jesús se aparece al perseguidor en el camino de Damasco, donde Saulo resulta iluminado y logra ver con claridad. Dios acaba de revelar en él a su Hijo. En un instante, Pablo ha comprendido las limitaciones de la Ley que tan ferozmente defendía. No es la circuncisión ni la observancia de los mandamientos lo que puede salvar al hombre, sino la gracia de Dios, la cruz de Cristo. La Iglesia abre sus brazos al convertido. Un discípulo de Damasco se presenta en la calle Recta, adonde ha sido llevado Saulo, e impone a éste las manos. Es como si a Pablo se le cayeran las escamas de los ojos. El Espíritu le quema con un fuego que ya no habrá de apagarse.
El salmo 116 es un himno típico que contiene una invitación a la alabanza universal y ofrece el motivo de la misma.
Juan 6,52-59. Con los versículos 51-59 se produce un cambio no sólo de tema, sino también de terminología. Ya no se trata de la fe, sino de «comer la carne» y de «beber la sangre» del Hijo del hombre para alcanzar la vida eterna. Es sumamente significativo el vocabulario que da soporte a la realidad del alimento y la bebida eucarísticos (ya hemos insistido suficientemente en el verbo trógein: masticar la carne). Los oyentes ya no son judíos, sino miembros de la comunidad cristiana que cuestionan el contenido y el valor de los sacramentos. El discurso «eucarístico» responde a una preocupación por la ortodoxia.
Pero los dos discursos forman un todo, y el redactor ha establecido una serie de notables paralelismos entre ambas unidades. Así, por ejemplo, la sustitución de la cita veterotestamentaria (cfr. Jn 6,31, que cita el Salmo 78,24) por la fórmula eucarística (Jn 6,51), y la réplica de los judíos de uno y otro lado; o también la semejanza entre las dos declaraciones de Cristo: «El que cree en la vida eterna…, el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna». El pan de vida es, a la vez, Jesús-Sabiduría y la carne eucarística de Cristo.
Dos expresiones deben centrar nuestra atención. Obsérvese la insistencia, típicamente joánica, en la actualidad de la unión con Cristo (v. 56). Por su parte, el v. 53 habla de comer «la carne del Hijo del hombre». Aunque afirme el realismo de la carne y la sangre eucarística, Jn 6 indica que no se trata de la carne material del Jesús terreno, sino de la persona del Señor glorificado.
Es un verdadero escándalo: los judíos están indignados ante lo que escuchan. «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Nosotros ya no nos extrañamos apenas: ¡estamos tan habituados a estas palabras…!
Sin embargo, el realismo de las palabras de Jesús tiene motivos para desconcertar. Se trata de pan, de carne dada como comida, de sangre vertida para apagar la sed. Se trata de comer e incluso, en el texto original, de «masticar». Nos hallamos muy lejos de ese alimento espiritual que no se podía tocar con los dientes, so pena de sacrilegio. Para nosotros ya no existe el escándalo, porque hemos desencarnado la Eucaristía: una hostia inma- culada muy distinta del grosero pan de cada día.
Pero nuestras asambleas eucarísticas deberían constituir verdaderos es- cándalos públicos. «¿Cómo puede ser eso?». Sí: los hombres deberían extrañarse al vernos tomar el grosero pan de nuestras vidas, la vida de todos los hombres, con sus miserias y sus esperanzas, y atrevernos a pronunciar sobre esas humildes realidades las palabras del Señor: «Esto es mi cuerpo». Porque ahí está el escándalo: Dios toma sobre sí la vida del mundo y, si nosotros hemos hecho del «símbolo» del pan el símbolo del símbolo, es porque ¡hemos deshumanizado a Dios! «¿Cómo puede ser eso?». No tenemos más testimonio que dar que el desconcertante anuncio de un Dios que ha dejado su casa para habitar el mundo de los hombres…
Comer es incorporarse, fusionar. «¡Te comería a besos!», dice la madre mientras estrecha en sus brazos a su hijo. Tomar el cuerpo y la sangre de Cristo es entrar en comunión de amor y de destino. Tomar el cuerpo y la sangre es, además, reconocer la vida del Espíritu en la carne y en la sangre de la humanidad de hoy. La humanidad que sufre, que busca, que da a luz al mundo con dolor; la humanidad que se regocija, que canta y que baila. Humanidad de ricos y de pobres, humanidad de pecadores y de santos.
Tenían razón para escandalizarse, porque en lo sucesivo, cuando unos hombres y mujeres, reunidos en el nombre del Señor, compartan el pan dando gracias, se producirá una y otra vez el advenimiento de la sorprendente novedad de Dios que toma carne viva, la carne de la existencia entera de los hombres.
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