09 mayo 2014

Hoy es 9 de mayo, viernes III de Pascua.

Hoy es 9 de mayo, viernes III de Pascua.
Me acerco un día más a este rincón de mi vida. Me reservo para encontrarme con el Señor en este tiempo de búsqueda y de encuentro. Un espacio para descansar y encontrarme con él, para salir renovado en mis fuerzas e inundado por su presencia.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 52-59):
En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
A Saulo, el gran enemigo y perseguidor de los cristianos que soñaba encarcelar a todos los que seguían el nuevo camino, le sale al encuentro Jesús, ilumina su corazón, y Saulo se convierte en el gran amigo de Jesús, el gran predicador de su amor. ¡Es el poder de la gracia! El que antes respiraba amenazas de muerte contra los seguidores de Jesús, en adelante  respirará amor y alabanzas a su Señor. Señor Jesús, sal a nuestro encuentro también. También nosotros necesitamos que nos derribes del caballo  de nuestra  tibieza espiritual y medianía de vida cristiana. Cambia nuestro corazón, como cambiaste el de Saulo. Conviértenos, si no de perseguidores, sí de indiferentes a ser grandes amigos tuyos. Y que sintamos, Señor, como Pablo, la imperiosa necesidad de proclamar a todos el gozo de conocerte y de sabernos hijos de Dios.
Hoy meditamos el final del “Discurso del Pan de Vida.” Jesús les ha dicho que el pan que va a darles a comer es “su carne para la vida del mundo”. Al escuchar estas palabras, la gente se pregunta escandalizada: “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?” Eran días cercanos a la Pascua, en la que comerían la carne del cordero pascual, por eso interpretan las palabras de Jesús al pie de la letra, y piensan que Jesús habla de un comer material y antropofágico, y se niegan a creer en él. Duros para creer eran aquéllos, pero duros lo somos también nosotros. Si lo que el Señor nos dice no cabe en nuestra pequeña cabeza, nos negamos aceptarlo. Y pedimos explicaciones, y lo recortamos, y lo rebajamos y lo empequeñecemos hasta hacernos un evangelio, un cristianismo y un Dios a la medida, no de nuestra cabeza, sino de nuestra soberbia, de nuestro egoísmo, de nuestros miedos a comprometernos. Y, sin embargo, nos “tragamos” sin poner ningún reparo lo que cualquier propaganda o teoría de moda nos ofrece. ¿Hasta cuándo, Señor, seremos así? ¿Hasta cuándo temeremos fiarnos de ti? Conviértenos, Señor, conviértenos, que si tú no nos conviertes…
Jesús continúa hablándoles, sin disminuir sus exigencias: “Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día”. Comer su carne es aceptar a Jesús como el nuevo Cordero Pascual que nos libera de la esclavitud. La sangre, en la Biblia, significa la vida. Por eso, beber su sangre es asimilar su mismo estilo de vida entregada. La vida no la da el maná del desierto, la vida –y vida eterna- la da este Pan que es Jesús mismo. Para ello, en la eucaristía nos da el Señor a comer su cuerpo y nos da a beber su sangre. ¡Qué gran bondad la del Señor! Toma la forma humilde del alimento material más común para unirnos íntimamente a él y comunicarnos su misma vida,  y saciar así esa hambre de Dios, que tan profundamente sentimos. Gracias, Señor, por tanto amor. Gracias por el regalo maravilloso de la eucaristía, regalo que sólo a un loco de amor, como tú, se le podía ocurrir. Señor, que nuestras eucaristías no sean celebraciones rutinarias, sino que cada eucaristía nos una cada vez más profundamente a ti, que habitemos cada vez más en ti y tú en nosotros, hasta que podamos decir lo que san Pablo:  Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20),  y que tu vida de amor y de entrega se manifieste cada vez más pujante en los que celebramos la eucaristía. Si no es así, ¿de qué nos sirve participar en ella?
De nuevo vuelvo a escuchar a Jesús invitándome a participar de la eucaristía con él. Me hago consciente de que esta invitación me la hace a mí personalmente. Me tiende el pan y el vino en su mano. Su cuerpo y su sangre. Su deseo de que mi vida sea plena.
Puedo dedicar unos minutos a hablar con Jesús. Quizás sea el tiempo de sólo callar. Mirarle a los ojos y acoger su invitación. Quizás sea el momento de agradecerle esa entrega total que es para él darnos su carne y su sangre. O a lo mejor, prefiero hablarle de mis miedos, de lo lejos que me siento de esa eucaristía hecha vida. Le hablo con confianza, su mano siempre está tendida.
Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

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