18 mayo 2014

Homilías 2-VI Domingo de Pascua 25 mayo

1.- EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

Por Gabriel González del Estal

1. - Cristo les dice a sus discípulos que ellos sí conocen al Espíritu de la verdad, porque vive con ellos y está con ellos. El mundo, en cambio, no puede recibirlo porque no lo ve, ni lo conoce. Del contexto se deduce, fácilmente, que aquí, en la terminología de San Juan, Jesús llama “mundo” a los que no aman a Cristo, ni guardan sus mandamientos. Sus discípulos sí le aman y guardan sus mandamientos, por eso ellos sí podrán recibir el Espíritu de la verdad.
La palabra “verdad” no se refiere aquí a la verdad filosófica, matemática o científica, sino a la verdad de la vida, la que nos enseña a vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. En este sentido, podemos dar aquí a la palabra “verdad” el mismo valor que tiene cuando Cristo les dice a sus discípulos que él es el camino, la verdad y la vida. Cristo es la verdad, por tanto vivir de acuerdo con la verdad es vivir al estilo de Cristo. La pregunta, entonces, que debemos hacernos ahora cada uno de nosotros es esta: ¿yo vivo al estilo de Cristo? Los valores y las verdades que mueven y gobiernan mi vida ¿son los mismos valores y verdades que defendió siempre Cristo en su vida terrena y por los que estuvo dispuesto a morir? Yo no voy a escribir aquí un catálogo de los valores y verdades por los que Cristo vivió y murió. Pero, evidentemente, basta abrir cualquiera de los cuatro evangelios para comprobar que los valores del amor y de la fraternidad universal, el valor de la justicia, de la paz, de la compasión hacia los más pobres y necesitados, son valores auténticamente evangélicos. ¿Son estos mis valores, mis verdades? ¿El Espíritu de la verdad habita en mí?

2.- La ciudad se llenó de alegría. La ciudad de Samaría se llenó de alegría al comprobar los signos que hacía Felipe. Eran signos de liberación: curaba a los enfermos y les liberaba de los espíritus inmundos que les tenían esclavizados. También las personas a las que los apóstoles imponían las manos y recibían el Espíritu Santo, se llenaban de alegría, porque se sentían curadas y liberadas. Es este un bello mensaje para nosotros, los cristianos: Dios quiere que vivamos una religión liberadora, una religión que viene a salvar al mundo, no a juzgarlo, ni a condenarlo. Así vivió la religión nuestro Maestro, así quiere que la vivamos también nosotros, sus discípulos.

3. - Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza. Nuestra esperanza es, evidentemente, una esperanza cristiana: creemos y esperamos que a través de esta vida podemos llegar a otra vida mejor. Para eso, tenemos que saber aceptar el sufrimiento y la lucha, si tal es la voluntad de Dios, y hacerlo siempre con mansedumbre y respeto y en buena conciencia. Esto es lo que nos dice el apóstol Pedro en su carta, animándonos a glorificar así en nuestros corazones a Cristo Señor. La esperanza cristiana es una virtud necesaria para aspirar en esta vida, sin desfallecer, a una vida eterna y feliz. Sin esperanza, la vida se ve como un camino que termina inexorablemente en la muerte y en la nada. La esperanza cristiana llena de luz el camino de la vida.

4.- Al que me ama, lo amará mi Padre y yo también lo amaré y me revelaré a él. Se trata de un amor eficaz, a imagen del amor de Cristo, un amor que se manifiesta en las obras, en una vida entregada al servicio de los demás. El que ama así a Dios vive en comunión con el Padre, y Cristo se manifiesta, se revela, en él. Esta es la misión de los cristianos, ser imágenes de Dios, portadores de Cristo, en sus pensamientos, en sus palabras y en sus obras. Mientras vivamos así no viviremos huérfanos, porque Dios vive en nosotros y camina con nosotros. Podemos sentirnos muchas veces incomprendidos de los hombres, desacompañados y hasta perseguidos, pero si amamos al Padre como Cristo le amó, haciendo de nuestra vida un servicio y un regalo para los demás, viviremos con esperanza, porque sabemos que Dios nos anima, Cristo vive con nosotros, habita en nosotros el Espíritu de la verdad.

2.- DULCE HUÉSPED DEL ALMA

Por Gustavo Vélez, mxy

“Dijo Jesús: No os dejaré huérfanos. Yo pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. San Juan, Cáp. 14.

1.- Poco sabemos del papa Inocencio III, quien gobernó la Iglesia a comienzos del siglo XIII. Pero la tradición le atribuye un armonioso himno, que adorna la liturgia de Pentecostés: “Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo…gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”, dice en su traducción castellana.

El Maestro, al despedirse de los suyos, les asegura que continuará acompañándolos, aunque en forma distinta: “No os dejaré huérfanos. Yo pediré al Padre que os dé otro Defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. Algo entenderían los discípulos en relación con la orfandad que presentían. Pero sin captar la manera como el Señor podía remediarla. Más tarde, cuando los evangelistas organizaron sus textos, la comunidad cristiana ya había experimentado esa presencia del Resucitado. Y san Pablo había explicado en sus cartas la acción del Espíritu de Cristo en los creyentes.

2.-Pero después se dieron variadas formulaciones sobre el tema. Vino también el arte, no siempre fiel al Evangelio, las devociones populares, el folklore religioso. Cada quien procuró presentar a su modo a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Pero mientras tanto, el Defensor prometido por Jesús, el Espíritu de la verdad, continuó siendo libre. Sin dejarse alinear por los conservadores, o los progresistas. Siguió impulsándonos al bien de una manera fuerte, pero igualmente respetuosa. Tanto que en la mayoría de los casos la ignoramos. El Espíritu de Jesús saltó además las barreras de la Iglesia, para abrazar y amar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No es muy amigo de apariciones o de fenómenos extraordinarios. Se parece más a la luz del sol que madruga serenamente a cobijarnos, que a ciertas explosiones nucleares, a favor o en deterioro de unos pocos.

3.- A cierto payaso muy famoso le preguntaron una vez:

--¿Qué opinas tú de los católicos?

-- Me ponen muy nervioso, respondió, porque teniendo tanta grandeza dentro, en

 repetidas ocasiones, juegan sucio. 

¿Y de los hermanos separados? 

--Muchos de ellos manosean las conciencias. 

--¿Y los ateos? 

--Me aburren porque siempre hablan de Dios. 

Valdría entonces descubrir ese tesoro interior, ese “Huésped del alma”, como reza también aquel himno. Sentir su inasible compañía, que a todas horas nos dirige y consuela.

Una leyenda provenzal cuenta de un príncipe encantado, que acompañaba desde su vetusto castillo, a los habitantes del contorno. Sin embargo, nadie lo había visto. Pero diversos signos garantizaban su presencia: El canto de un pájaro en la noche, un discreto perfume junto al muro exterior, una luz misteriosa en la ventana.

4.- Así ocurre en la vida del cristiano. El Espíritu del Señor se manifiesta cuando procuramos esperar, contagiando esperanza. Cuando anunciamos a Jesucristo, antes de satanizar los males que nos hieren. Cuando tratamos de confirmar en la fe a los hermanos, en vez de condenar su yerros. Cuando valoramos las personas, antes que analizar sus actos, desde nuestra propia moral. Todo esto y mucho más, comprueba que el Espíritu de Dios nos acompaña, porque el Maestro cumple su palabra: “Yo no os dejaré huérfanos”.

3.- LA GRAN PROMESA DE CRISTO.

Por Antonio García-Moreno

1.- Nuevas fronteras.- Las fronteras estrechas del judaísmo se van rompiendo. El círculo iniciado por Cristo se va ensanchando de modo paulatino, pero inexorable. Ahora son los samaritanos quienes reciben el mensaje de Jesús de Nazaret, la Buena Nueva, el Evangelio del amor y de la alegría: "En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo" (Hch 8, 5). Aquello era inaudito para los judíos que jamás pudieron imaginar que los samaritanos recibieran la palabra salvadora del Mesías y mucho menos que habrían de responder con aquella generosidad, con aquella profunda fe en Cristo.

La ciudad se llenó de alegría, nos dice el texto sagrado. Era lógico llenarse de gozo al saber que Dios había bajado a la tierra para salvar a los hombres, y que los había salvado con su muerte y resurrección. Júbilo de saber que también ellos, tan despreciados por los judíos, tendrían parte en el Reino de los cielos.

Y es que Dios no tiene acepción de personas, no escoge a unos y rechaza a otros. Para Él sólo hay una raza, la de los hijos de Dios. Todos están llamados a la salvación, todos caben en su mansión de eterna felicidad. También los samaritanos, también los hombres que otros desprecian y olvidan.

NO obstante, Jerusalén sigue como el centro de la Iglesia. Allá están los Apóstoles velando por el rebaño de Dios, ese pueblo de creyentes que cada vez se hace más numeroso. Al oír lo ocurrido deciden ir a visitar a los nuevos hermanos para confirmarlos en la fe, para imponerles las manos, transmitiendo la fuerza del Espíritu Santo a través de esos ritos sacros que comienzan a perfilarse en la vida de la Iglesia.

Y allá van San Pedro y San Juan. Columnas de la Iglesia los llamará luego el Apóstol de los Gentiles. Cefas, Piedra, llamó Jesús a Simón, Roca sólida sobre la que descansaría inconmovible el edificio de la Iglesia. Paulatinamente, conforme van surgiendo las necesidades, se van fijando las normas que regularán la vida y la organización del Pueblo de Dios. Un derecho primitivo que se irá enriqueciendo con los siglos, unos canales justos y razonables por donde transcurra en paz el devenir de la Iglesia; unos cauces que garanticen la justicia y el amor mutuo; unos límites que hagan posible la libertad de todos los hijos de Dios y que eviten la anarquía y el confusionismo.

2.- Obras son amores.- Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Esta frase del Señor en el evangelio de hoy, podría formularse también al revés y decir que el que guarda los mandamientos de la ley de Dios es quien le ama realmente. Esto es así porque obras son amores y no buenas razones. Afirmar que amamos a Dios y luego no cumplir con sus mandatos es un absurdo, algo que no tiene sentido, un contrasentido, una mentira. Lo enseña el Maestro en otra ocasión al decir que no el que dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino aquel que cumple con la voluntad de Dios. Estemos, por tanto, muy alertas, pues resulta fácil que nuestra caridad se quede en palabras y promesas, sin pasar a la realidad de una entrega responsable y constante al querer divino.

Jesús nos promete en este pasaje evangélico que pedirá por nosotros al Padre, a fin de que nos envíe el Espíritu Santo y sea nuestro defensor para siempre. En Pentecostés se cumpliría plenamente la gran promesa de Cristo. Desde entonces el Espíritu de la Verdad está presente en la Iglesia, para asistirla e impulsarla, para hacer posible su pervivencia en medio de los avatares de la Historia. También está presente en el alma en gracia, llenándola con su luz y animándola con su fuego. Sí, el Espíritu sigue actuando, y si secundamos su acción en nosotros, será posible nuestra propia santificación.

"No os dejaré desamparados, volveré”. También estas son palabras textuales de Jesús en la última Cena, en aquella noche inolvidable de la Pascua. Hoy, después de tantos años, podemos comprobar que el Señor cumplió, y sigue cumpliendo, su palabra. Él está presente en medio de nosotros, nos perdona cuantas veces sean precisas, nos ayuda a olvidar nuestras penas, nos fortalece para no desalentarnos a pesar de los pesares. Nos favorece una y otra vez por medio de los sacramentos que la Iglesia administra con generosidad y constancia.

No estamos solos, aunque a veces así pueda parecerlo. Dios está muy cerca, a nuestro lado, dentro del alma. Es preciso recordarlo con frecuencia, descubrir su huella invisible en cuanto nos circunda, advertir sus mil detalles de cariño y desvelo. Y tratar de corresponder a su infinito amor, ya que el amor sólo con amor se paga.

4.- NUNCA ESTEREMOS SOLOS

Por José María Maruri, SJ

1.- La Madre Teresa Calcuta y sus seguidores y seguidoras, los mejores misioneros, los que están dando verdadera credibilidad a la Iglesia, no van con la manga de riego en ristre bautizando a todo aquel que cae en sus manos. Ya lo sabéis: la Madre Teresa se sentaba junto al enfermo y moribundo, y le acompañaba y le daba cariño. Así lo hacía ella y así lo siguen haciendo los continuadores de su obra. Los bautizan en amor, los cristianizan en compañía y cariño. Y es que ser cristiano esencialmente es ser amado y acompañado por Dios… “No os dejaré solos, mi Padre le amará y yo lo amaré”

2.- Dios es amor y cuanto hace lo hace por amor y por ese amor existe el universo y existimos nosotros en él. ¿Es esto muy egoísta? ¿Es egoísta el niño porque recibe la vida y el cariño de su madre? Es que no puede ser de otra manera.

Un amor sin motivo en nosotros… No nos quiere Dios porque seamos buenos, nos quiere porque Él es bueno. Y las personas buenas destilan bondad y amor, como los pinos resina, sin poder dejar de hacerlo. Esto es lo mismo que decir que el amor de Dios a nosotros en totalmente gratuito.

Y es una especie de amor el saber aceptar el amor, no ser puercoespín cuando nos toca el amor de Dios, no ser como esos niños ariscos que cuando les dan un beso apartan la cara.

3.- El Señor sabe muy bien que no hay peor sufrimiento para el hombre que sentirse solo y por eso se nos ha dado como compañero perpetuo. “Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos, vendremos a él y haremos en él nuestra morada, morada de ese Espíritu Santo de que nos habla el evangelio de hoy. Donde quiera que vayamos nunca estaremos solos, en nuestras horas de soledad, en la soledad de nuestros cansancios, de nuestras lágrimas, de nuestras penas, nunca esteremos solos.

Ven dulce huésped del alma

descanso de nuestro esfuerzo

tregua en el duro trabajo

brisa en las horas de fuego

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos

Y aquí en los sagrarios de nuestras iglesias, está ese mismo Señor Jesús que acompañó por los caminos de Galilea a los discípulos y que hoy se hace compañero de cada uno de nosotros y nos espera como esperó a la samaritana sentado en el brocal del pozo, como esperó a la adúltera y la perdonó sin juzgarla, como salió al encuentro de la viuda de Naín rota por la muerte de su hijo. Buscó al paralítico de la piscina de Siloé, pasó junto al ciego Bartimeo.

3.- Ser amado y acompañado, y amar y acompañar porque ya nos dice San Juan que el que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso. Tagore lo pone de otra manera: “Mira, sí, la luz de las estrellas, pero no te olvides de atizar el fuego de tu estufa porque las estrellas no darán calor a nadie y tu hogar sí.

Mirar a Dios y amarlo en las alturas, sí, pero dando calor humano a los que nos rodean. Y eso es lo que el Evangelio de hoy nos dice: “cumplir mis mandamientos”, que Él ha reducido a uno sólo: “Este es mi mandamiento que os améis unos a otros.

No nos quedemos en el platónico amor a las estrellas, bajemos a echar leña a las estufas con que nuestros hermanos tienen que calentarse.

5.- ¿DEMOSTRAMOS NUESTRO AMOR A JESÚS?

Por José María Martín OSA

1.- La fe cristiana no consiste en un código de normas morales sino en la adhesión a una persona: Cristo. Pero no se trata de una adhesión cualquiera sino la que nace de un amor radical y total hacia él, hasta no querer otra cosa más que su voluntad. Hoy nos dice Jesús: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. La medida del amor que debe tener alguien para merecer ser llamado "discípulo de Cristo" la definió el mismo Jesús cuando dijo: "Si alguno viene donde mi y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío" (Lc 14,26). Es claro que Jesús no exige "odiar" a los padres y hermanos; el sentido obvio es, sin embargo, que para ser discípulo suyo es necesario amarlo a El más que al padre y a la madre, más que a la mujer, hijos y hermanos y más que la propia vida. Una interpretación viva de este texto lo ofrece el gran mártir San Ignacio de Antioquía, cuando es conducido a Roma, camino del martirio y suplica a los cristianos de Roma que no muevan influencias para liberarlo: "Os lo suplico, no os transforméis en benevolencia inoportuna para mi. Dejadme ser pasto de las bestias, por medio de las cuales me será posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y seré triturado por los dientes de las bestias para transformarme en pan inmaculado de Cristo... cuando el mundo no vea más ni siquiera mi cuerpo, entonces seré realmente un discípulo de Cristo" (Carta a los Romanos, IV). Pedro recomienda en su Primera Carta dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos lo pida. Esto supone afrontar las persecuciones, calumnias..... Pero es mejor padecer haciendo el bien, que padecer haciendo el mal.

2.- Ser discípulo de Cristo significa obedecer su voluntad sobre todo, es decir poner en práctica sus mandatos. Significa obedecer su voluntad incluso cuando cueste, incluso cuando está en contraste con la voluntad de los hombres, aunque sean el padre, la madre, la mujer, los hijos, los hermanos, los amigos o los poderes de este mundo. Pedro y los apóstoles demostraron amar a Cristo cuando dijeron con valentía ante el tribunal judío que les prohibía predicar a Cristo: "Hay que obedecer a Dios ante que a los hombres" (Hech 5,29). Y la historia demuestra que siguieron predicando, aunque les costara la vida. Esto significa ser cristiano. ¡Qué lejos está de ser un código de normas morales! Este es el sentido del criterio que nos da Jesús en el Evangelio de hoy para poder discernir un verdadero amor hacia él. Y lo formula de dos maneras, al comienzo y al final del Evangelio de hoy: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.... el que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama". Se trata de dos puntos de vista complementarios.

3.- Jesús no nos deja solos. Difícil le resulta a Jesús la despedida de sus amigos. Les hace sus últimas recomendaciones y promesas. Hasta se muestra maternal con ellos y como deseoso de aliviarles el desgarro de la separación, de llenarles el vacío de su ausencia física y de facilitarles el futuro. Se refieren estas recomendaciones a la palabra y al amor. El que ama, guarda la palabra del amigo y la cumple. El que ama, será amado; el que es amado, amará más. Las promesas se refieren a su vuelta y al Don del Espíritu. Así no se sentirán huérfanos. En la lectura del evangelio de Juan, el Señor promete a sus discípulos el envío de un "Paráclito", un defensor o consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios, que es la verdad en plenitud, no un concepto ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino, que ha dado la existencia a todo cuanto existe y que conduce a la historia humana a su plenitud. Cristo permanece en su Iglesia de una manera personal y efectiva: por medio del Espíritu divino, que envía a los Apóstoles y que no deja de alentar a los cristianos a lo largo de los siglos. Por eso, puede decirles que no les dejará solos, que volverá con ellos, que por el Espíritu establecerá una comunión de amor entre el Padre, los fieles y El mismo. El mundo de la injusticia, de la opresión contra los pobres, de la idolatría del dinero y del poder, de las vanidades de las que tanto nos enorgullecemos a veces los seres humanos, no lo puede recibir. En ese mundo no puede tener parte Dios, porque Dios es amor, solidaridad, justicia, paz y fraternidad. Esta presencia del Señor resucitado en su comunidad ha de manifestarse en un compromiso efectivo, en el cumplimiento de sus mandatos por parte de sus discípulos, única forma de hacer efectivo y real el amor que se dice profesar al Señor. No es un regreso al legalismo judío. Sabemos que en el evangelio de Juan los mandamientos de Jesús se reducen a uno solo, el del amor: amor a Dios, amor entre los hermanos. Amor que se ha de mostrar creativo, operativo, salvífico.

Y oramos:

"Gracias, Padre, porque te has quedado con nosotros. 

Te necesitamos y te queremos. 

Ayúdanos a escuchar y guardar tu Palabra. 

Así nos sentiremos amados por Ti 

y por amor nos entregaremos a los excluidos,

como hizo el diácono Felipe 

curando a los enfermos y poseídos”.

6.- NECESITAMOS UNA BUENA DEFENSA

Por Javier Leoz

Como toda empresa familiar o corporativa que, después de un tiempo de seguridad y bonanza, es confiada a segundas manos, se enfrenta a muchos riesgos e incertidumbres: nuevas manos, otras personas, distintas visiones e, incluso, posibles conflictos.

1.- La “empresa” de Jesús, que no era ni es otra que la expansión del evangelio para que el mundo conozca el rostro y el corazón de Dios, también estaba y está sujeta a contradicciones, persecuciones y bandazos de distinta índole.

Jesús, aún estando en comunión y sintonía perfecta con el Padre, tenía los pies muy bien puestos en el suelo. Conocía de antemano el futuro que les esperaba a aquellos en los cuales depositaba todo su legado espiritual y su testamento: ¡Amaos! ¡Predicad! ¡Id por el mundo! ¡Perdonad! ¡Devolved bien por mal! ¡Sed justos! Etc.

La debilidad del ser humano es tan cierta como la gran capacidad que tiene para llevar y sacar adelante iniciativas y proyectos. Pero, los caminos de Dios, su pastoreo, su Verdad, su Vida, son más exigentes y más difíciles de alcanzar que cualquier objetivo de una mediana o grande empresa.

*El Espíritu Santo sería el garante y el acompañante de aquellas primeras comunidades cristianas. Se convertiría, por deseo de Jesús, en el asesor puntual, espiritual y hasta material de la misión de aquellos colaboradores de Cristo.

*El Espíritu Santo, enviado por voluntad del Padre, sería invocado y –lo sigue siendo- para que nos convoque a la reunión, a la unidad, a ser un solo pueblo y un solo rebaño.

*El Espíritu Santo, como indicador de los caminos que hemos de elegir para alcanzar buenos resultados evangélicos, fue y lo sigue siendo el mayor responsable de todo lo que se nos ocurre y de todas las dinámicas que contribuyen a la expansión del Reino de Dios.

*El Espíritu Santo, en los momentos de prueba, cuando las cosas no funcionan bien, cuando “nuestra empresa” se ve sitiada y acechada por mil dardos que intentan destruirla, es el mejor defensor que nos hace fuertes ante cualquier contrariedad y enemigo.

2.- Sí, amigos. ¡No estamos solos! ¿Por qué tanto temor o miedo cuando no se nos entiende? ¿Pensamos acaso que nuestros primeros hermanos en la fe lo tuvieron mejor? En la tormenta, todos lo hemos experimentado, solemos abrir el paraguas o nos cobijamos a la sombra de cualquier edificio. El cristiano, por el contrario, lejos de recurrir al paraguas de la vergüenza, de la timidez o de la desazón…ha de desplegar la razón de su esperanza. La valentía que le confiere el Espíritu. La seguridad de que, Dios, pondrá en sus labios la palabra oportuna.

3.- Aquello de “no hay mejor defensa que un buen ataque” no es válido ni aconsejable para levantar y construir el Reino de Dios en la tierra. Ante un ataque (no precisamente bueno pero si orquestado por muchos medios) lo más valioso es recurrir a la ayuda del Espíritu. A la lectura de la Palabra que nos lleva al asombro de cómo vivían y cómo aguantaban los embistes las primeras comunidades cristianas.

En nuestro buen hacer, sacerdotes y laicos, no jugamos en solitario. Nos acompaña la fuerza de la fe. Nos anima la Palabra de Jesús “yo estaré con vosotros”. Nos sopla un Espíritu que nos hace renacer de las cenizas del desencanto y del pesimismo.

4.- Recientemente, el Papa Benedicto XVI, a las comunidades religiosas les invitaba a recuperar el carisma original de sus fundadores. Esto no es nuevo; ya Jesús –en el evangelio de hoy por ejemplo- nos lo recuerda: “si me amáis; guardaréis mis mandamientos”.

5.- En cierta ocasión, un gran empresario, orientó toda su empresa en manos de sus obreros con una condición: que los objetivos y los fines de la misma fueran los de su fundador. El, por otra parte, se comprometía a echarles una mano a cambio.

Pero, poco a poco, disimuladamente, el equipo directivo y algunos obreros, desvirtuaron los fines y los proyectos y se alejaron del pensamiento de aquel directivo. Con el paso de los años, la empresa fue fracasando, el equipo responsable se dirigió al viejo empresario: ¿no decías que ibas a estar siempre con nosotros? ¿Cómo es que hemos llegado a esta situación? El anciano empresario les contestó: yo os ayudaré siempre y cuando, vayáis por el camino que yo emprendí; pero no os puedo empujar en la dirección que, ni quiero, ni nunca pensé para mi empresa.

Pidamos al Espíritu Santo la fuerza y el consejo oportuno y necesario para llevar a buen fin los sentimientos y la obra de Jesús de Nazaret. El es nuestro defensor y nuestra defensa en todo combate.

6.- PIDE, POR NOSOTROS, SEÑOR

En tiempos de claridad,

dame Señor la humildad para reconocer tu presencia

En momentos de oscuridad,

alarga tu mano y nunca me sienta sólo ni abandonado.

¡Sí, Jesús!



Necesitamos de tu auxilio en un mar revuelto,

en un mundo de tanta palabra hueca y sin contenido

En una realidad, donde lo bueno, es dado por malo

y, lo nefasto para el hombre, es exaltado.

¡Si, Jesús!



Llénanos de tu alegría y envíanos tu Espíritu

para que, la llama que tú encendiste hace siglos

siga ardiendo con el mismo calor

con idéntica leña divina y con igual resplandor.

¡Sí, Jesús!



Enséñanos la órbita por la que se mueve

ese Espíritu Santo que es defensor de todo lo tuyo

Ese Espíritu que, al invocarlo, vence la tiniebla

Ese Espíritu que, al llamarlo, es baluarte

ante toda desesperanza, desencanto o pesimismo.

¡Sí, Jesús!



Porque tememos a quedarnos a mitad de camino

malinterpretando tus designios

¡Pide por nosotros!

Porque tememos no cumplir tus deseos

dejándolos de lado

¡Pide por nosotros!

Porque tememos creer a nuestra manera

y pensar además, que es justo y bueno

¡Pide por nosotros!

Porque tenemos la sensación de caminar solos

cuando de Ti nos alejamos

¡Ampáranos y pide por nosotros!

Porque miramos hacia lo alto

y vemos que retrasas tu llegada

¡Pide por nosotros y vuelve pronto!

¡Pide, Señor, por nosotros!

¡Pide al Padre, pero…vuelve pronto, Señor!

Amén.

7.- NUESTRAS TIBIEZAS E INFIDELIDADES

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Es Felipe, el diacono, a quien menciona el fragmento de los Hechos de los Apóstoles y que predica con tanto éxito en Samaria. Eso supone la ampliación de los “efectivos” de la primera Iglesia. No es Felipe, el Apóstol, y sorprende tal éxito en Jerusalén. Y por eso acuden dos auténticos puntales de la Iglesia, Pedro y Juan a comprobar que está ocurriendo allí. Felipe bautizaba con agua. Pedro y Juan, con la imposición de las manos, metían en el corazón de esos recién conversos la fuerza del Espíritu. Todo el relato de los Hechos de los Apóstoles es precisamente la historia prodigiosa de esos primeros éxitos de la Iglesia de Dios con logros verdaderamente espectaculares. A partir de ahí la transmisión de la fe por todo el ámbito del imperio romano fue muy rápida, extraordinariamente rápida. Por supuesto, también con dificultades y persecuciones pero de una rapidez impensable.

Y esa fue la función del Espíritu que el Señor Jesús había prometido. La pregunta que nos podríamos hacer en estos momentos, aquí y ahora, es porque nuestras cosas van tan despacio, las de España por ejemplo, pero también ocurre lo mismo en muchos otros países. La gente no aumenta alrededor de la Iglesia, casi disminuye. Se está perdiendo entusiasmo. Pero, probablemente, faltan personajes como Felipe y, asimismo, pueblos ávidos de conocer la novedad de la Palabra de Dios. A nosotros, ahora, “todo nos suena”. Conocemos una gran parte del relato evangélico pero no vibramos. Tal vez, ni siquiera hacemos el menor esfuerzo, para que el mensaje de Cristo esté bien dentro de nosotros y de ahí –como fuentes de agua viva—puedan llegar a los demás. No se trata de ser catastrofistas pero si se aprecia esa tibieza generalizada. Y que no cesa.

2.- El evangelio de Juan es muy claro. Define el problema de todas nuestras tibiezas e infidelidades. “Si me amáis guardareis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro defensor que esté siempre con vosotros…” Estamos recorriendo la Pascua en sus últimas semanas. El próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor y al siguiente es Pentecostés. Hemos afirmado varias veces en estos comentarios que no podemos desaprovechar el tiempo. Y que, asimismo, no es posible perder la oportunidad que nos dan estas fechas para avanzar en nuestra conversión. Se repite tanto esto que, a veces, nos parecen palabras sin sentido. Pero nuestro déficit debe ser de amor. Si verdaderamente, nuestro amor a Dios y a los hermanos prevaleciera sobre todo lo demás nuestra tibieza no existiría.

3.- Pedro en su Carta nos habla hoy del milagro de la resurrección de Jesús y de su sacrificio salvador que permanece. Pedro, además, nos pide un comportamiento fraterno entre todos. Estas primeras encíclicas del primer Papa guardan, sin duda, un perecido evidente con todas las que siglo tras siglo, en toda la historia de la Iglesia iban a venir después. Y es que ya Pedro pide que ayudemos a los hermanos, incluso a aquellos que nos calumnian. Y así, como veis, los textos de este domingo nos marcan un camino y, como decía antes, no debemos desaprovecharlo. Es posible que nos sintamos mal pero en eso hemos de confiar en nuestros hermanos, en aquellos que están cerca de nosotros en la parroquia. Ciertamente no podemos hacer este camino solo. Dios está con nosotros que nos envía su Espíritu, y Él nos acercará a los hermanos. Y todos juntos saldremos adelante. No olvidemos las promesas de Cristo. No las dejemos pasar. Él nos espera y nos pide que hagamos del amor nuestra forma de vida.

4.- Hay dos conmemoraciones, hoy, que no debemos olvidar. Se celebra la Pascua del Enfermo, el Día del Enfermo. En muchas de nuestras parroquias se administra comunitariamente el sacramento de la Unción de los Enfermos. Participemos o acompañemos que esperan mejoría de sus dolencias. La Iglesia siempre ha tenido el don de curar. Los oleos sagrados, la imposición de las manos, se han utilizado para este camino de sanación. No pensemos que es, solamente, un rito. En todos los Sacramentos está Dios y su fuerza ayuda y cura. Con esa idea debemos, hoy, asumir esa cercanía al que sufre y quiere mejorar.

La otra conmemoración, pontificia y universal, está dedicado al clero nativo y a sus vocaciones. Hay todavía muchos países de misión donde es muy necesario ampliar el número de pastores, nacidos allí, que podrán atender a sus hermanos con mayor conocimiento y fuerza. También debemos apoyar esa idea con nuestras oraciones y nuestra generosidad. Y como os decía antes: ¡no perdamos el tiempo el tiempo, por favor!

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

PREPARADOS Y BIEN DISPUESTOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El tiempo de Pascua o, en la época apostólica el que transcurrió entre la Resurrección del Señor y la efusión abundante del Espíritu, es una especie de noviciado de la Iglesia. Un novicio es aquel que está aprendiendo a conocer y practicar lo que cuando profese deberá vivir y testimoniar en plenitud. De alguna manera, ya se ha metido dentro del grupo al que aspira. Después, desde dentro y pasado un periodo, recordara aquella etapa, relacionándola con su vida posterior. Os digo esto, mis queridos jóvenes lectores, porque la liturgia de este domingo mezcla enseñanzas de Jesús, en su época de predicación por Galilea, junto con enseñanzas de los Apóstoles, añadiendo experiencias de la primitiva Iglesia.

2.- En la primera lectura se nos cuenta alguna andanza de Felipe por tierras samaritanas. Se trataría de la antigua ciudad de Samaria, capital de la región del mismo nombre, llamada posteriormente Sebastiye, hoy ya en ruinas, a unos once kilómetros de la actual Nablus, o de sus entornos. Lo que pretende enseñarnos el fragmento es que el mensaje cristiano, nacido en el seno de una sociedad judía, no podía restringirse a ella, debía extenderse fuera. A la evangelización iniciada por Felipe, le siguen los grandes apóstoles Pedro y Juan, confirmando su obra y sellando la operación el Espíritu Santo, que se hace presente. Por más que los samaritanos fuesen considerados inferiores en religiosidad y cultura, no se les debe excluir de la Gracia, lo proclama la acción de Dios. Todos deben ser objeto de los desvelos del cristiano, por muy inferiores que se crea son ellos. El Paráclito les llegará igual. En Samaria reciben los mismos dones que los de Jerusalén, la ciudad santa y capital del territorio.

3.- Más que llevar insignias o enseñar carnés de cristianismo, lo que se trata es de que el comportamiento del discípulo del Señor sea “provocativamente cristiano”, es decir, que su manera de vivir, estudiar, trabajar, comer, jugar, sorprenda en su entorno y que al preguntarle el porqué de su obrar de esa manera, sin ninguna prevención, manifieste que si vive, piensa y habla así, es para ser consecuente con su adhesión a Jesús. No debemos nunca ser reservados y pensar que la Fe pertenece a la esfera de la intimidad, en la que nadie debe penetrar, ni inmiscuirse. Que por la osadía de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, y el encanto, alegría y audacia de vosotras, mis queridas jóvenes lectoras, sepan los demás, que si sois así, se debe a que queréis ser fieles seguidores del Señor, sin esconder a nadie la razón de vuestra Fe y Esperanza. Vividas ambas, acompañadas las dos, del Amor-Caridad.

4.- Nuestro encuentro con Dios se realiza en Jesucristo. Él, su vida, su doctrina, su testimonio, nos deben encantar, entusiasmar, atraer. Pero no se trata de sentir la admiración que pueda suscitar por ejemplo un artista, un músico o un deportista. Ellos pueden captar nuestra atención, pero la mayoría de las veces nos es imposible imitarles, ni ellos lo buscan. Un cantante, por ejemplo, lo que puede pretender es gustar y nada más. Que le pidáis un autógrafo, que tengáis un póster, aunque no tengáis oído musical o no sepáis tocar ningún instrumento, eso a él no le interesa para nada. La Fe nos incorpora a Cristo. Ahora bien, si es necesario que no nos callemos, también lo es que sepamos que es imprescindible que seamos consecuentes en nuestro obrar.

Si tenéis dinero, debéis pensar en los que no tienen. Cederles algo de lo vuestro, para que haya entre vosotros, entre compañeros o entre antípodas, que para la solidaridad, como en Internet, no existen distancias, algo más de igualdad. Comportamientos tales, suponen no gastar inútilmente en ropa que no se precisa, no tirar nunca comida, pensando en los que pasarán hambre en aquel momento, tratar de que lo que tenéis sea útil también para los demás. Podría ir alargando la lista y no resultaría completa.

5.- Nuestra condición cristiana nos exige esta solidaridad con nuestros contemporáneos. Exige que huyamos de lujos, del confort, del presumir. Pero exige también que nos sublevemos y luchemos, cada uno a su manera y según sus posibilidades, ante las injusticias que muchos poderes públicos o fácticos someten a los pobres. En razón de nuestra Fe debemos obrar así, no simplemente por querer ser “rebeldes sin causa”. Es difícil ser cristiano, no lo dudo. Ni lo ignora Jesús, de aquí que nos anuncie que vendrá su Espíritu. Dejándonos empapar de Él, nos incorporaremos a la intimidad de Dios. Nos lo van desvelando los textos litúrgicos de estos días, preparándonos para la efusión de Pentecostés, que debemos esperar con ilusión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario