10 agosto 2013

La fe como camino abierto a la sorpresa

Cuando la fe se nos convierte en rutina, perdemos capacidad para dejarnos sorprender. Vivimos distraídos. La fe verdaderamente vivida y fresca nos abre siempre a la novedad de Dios y nos devuelve la capacidad para descubrir al Dios de las sorpresas en el camino diario de la vida.
UN TEXTO
“Para que el sujeto llegue a este grado de realización de sí mismo necesita en primer lugar superar formas inauténticas de vida, esas «formas de vida desperdiciada» (S. Kierkegaard) que le impiden ser él mismo.
La primera consiste en superar la tendencia malsana del ser humano al «divertimiento», a la diversión como forma de vida que conduce al olvido de sí mismo. Este paso ha sido señalado por todas las tradiciones espirituales: el camino hacia la identificación con Brahman, el Absoluto en el hinduismo, comienza por la superación de la situación de maya, de ilusión, en la que el hombre mundano vive establecido. Para poder vivir espiritualmente, los estoicos recomendaban: Oblivionem fugite, “huid del olvido”. Pascal describió con todo detalle la alocada búsqueda del «divertimiento» y sus peligros. Kierkegaard se refirió a ella como la forma por excelencia de vida desperdiciada: «La del hombre que nunca se decidió con una decisión eterna a ser consciente en cuanto espíritu, en cuanto yo; o, lo que es lo mismo, que nunca cayó en la cuenta ni sintió profundamente la impresión del hecho de la existencia de Dios y de que "él", él mismo, su propio yo, existía delante de Dios» .
La escucha de la llamada de la Presencia requiere pasar de la superficialidad de la vida a la recuperación del centro de la persona; de la dispersión a la unificación interior en torno al verdadero centro; de la disipación de sí mismo en un activismo desaforado a la simplificación de la vida en torno a lo único necesario”
Juan Martín Velasco, “Ser creyente hoy”, en Fijos los ojos en él, Ed. PPC, Madrid 2012, págs. 27-28. 
UN POEMA
Llega de día, llega de noche.
Se le espera por la puerta,
llega por la ventana.
Le buscamos con alegría, llega con su cruz.
Estamos de guardia, nos llama de dentro.
Rastreamos huellas,
llega por senderos nuevos.
Llega en abundancia
y todavía más en la pobreza.
Llega cuando triunfamos
y nos acompaña en los fracasos.
Llega cuando es deseado
y se presenta cuando no se le espera.
Llega en el silencio
y en el áspero y abrasador viento.
Llega también en la multitud y el ruido.
Llega para dormimos y para despertamos.
Llega a través de todas las caras
que encontramos
a lo largo del día en nuestro camino.
Llega en el desierto
de manantiales inciertos,
en las estepas de desconocidos pozos,
en los bosques frondosos
en que nos perdemos,
en las altas cumbres que hollamos,
y en los valles que nos dan vértigo.
Llega a cada instante. Llega en cada lugar.
Allí donde estamos, está.
Fiel a tu palabra ya estás esperándonos.
Florentino Ulibarri, Al viento del Espíritu, Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra) 20123, pág.21
UNA CANCIÓN
En lo profundo
(Luis Guitarra, Álbum Desaprender) http://www.youtube.com/watch?v=KQu38Ms2PnY(Previsualizar)
En lo profundo no hay nada que sea sorprendente
y, sin embargo, bajamos tan a poco y pocas veces.
Acomodamos el pulso a la presión de la rutina,
nos distanciamos del fondo y del origen de los días.
Y no bajamos. Y no bajamos. Y no bajamos.
Nos olvidamos del sentido de la vida,
del propio barro, del primer atardecer.
Y amontonamos un sinfín de tonterías
buscando en lo que creer...
En lo profundo no hay nadie que no sea diferente,
pero a menudo mostramos sólo aquello que no duele,
desdibujados detrás de multitud de vanidades,
tristes, sin sueños, ajenos al amor, superficiales.
Y no bajamos. Y no bajamos. Y no bajamos
Nos olvidamos del sentido de la vida,
del propio barro, del primer atardecer.
Y amontonamos un sinfín de tonterías
buscando en lo que creer...
En lo profundo no hay nada que no sea sorprendente
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UN SÍMBOLO
En el mismo sitio preferente del domingo anterior, o en otro, fuera del altar, colocamos este domingo una lámpara de barro, un candil encendido. Es la luz con la que iluminamos la opacidad de la vida en la que Dios se hace presente de modo sorpresivo, sin que casi nos demos cuenta de su paso. Podemos tenerla encendida desde el comienzo de la celebración o encenderla durante la homilía, en el momento oportuno en el que hagamos alusión a ello, depositándola entonces en su sitio.
Fuente: Alforjas de Pastoral

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