Dos apariciones de Jesús resucitado a los apóstoles, el mismo día de Pascua y ocho días después, tal día como hoy. Ya que la primera será objeto de lectura la fiesta de Pentecostés, limitamos nuestro comentario a la segunda, 20,24-31. Nos interesa especialmente la figura de Tomás, porque su peripecia espiritual representa muchas crisis de fe en los “creyentes” de siempre. He aquí sus fases.
I. Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús. Tomás es uno de los DoceApóstoles, pero de forma destacada. Su adhesión a Jesús es vehemente. Está dispuesto a morir con él cuando decide volver a Judea, el lugar del conflicto con los dirigentes del pueblo (10,40; 11,7s.16). Sin embargo da muestras de incomprensión sobre el destino último del Maestro cuando éste se despide: No sabemos a dónde vas (14,5). No entiende que la muerte sea un encuentro con el Padre en lugar de un final irreversible. Por otra parte Tomás está ausente del grupo de los Once en la primera aparición del Resucitado. Separado de la comunidad está en peligro de perderse.
Su talante nos enseña dos lecciones: hay que sospechar de un entusiasmo piadoso demasiado emocional, que no se sostiene cuando llega la hora de la verdad; pero además no hay que rumiar a solas nuestro desencanto por un aparente fracaso, interpretado erróneamente como ausencia de Dios. Eso se remedia solamente participando en la experiencia comunitaria de la presencia viva y activa de Jesús. El testimonio de los demás puede contagiar la fe que nos falta.
II. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos,… no lo creo. En esos momentos Tomás se encuentra en la misma situación que nosotros; sólo recibimos la fe por el testimonio apostólico de los que han visto al Señor. Un testimonio que sin embargo no basta a los que chocamos con frecuencia ante el muro de la muerte, que representa en general la existencia en la historia delmal, real o aparente, justo o injusto. El hombre Tomás reclama una prueba empírica, individual y extraordinaria, que demuestre no sólo que Jesús está vivo, sino que revele además qué sentido tiene esa muerte y quién es Jesús para él. Por otra parte, la petición de señales indica la cerrazón, tantas veces reprobada por Jesús en la gente malvada e idólatra de su tiempo (Mt 12,38s; Jn 4,48). La fe no se apoya en milagros ni muere por hechos “negativos”;solamente responde libremente a la palabra de los testigos (Mt 12,39-41).
III. A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. El apóstol testarudo se ha integrado al grupo de los Once, pero sólo físicamente, porque no participa todavía de la fe común. El rechazo del testimonio de sus compañeros le ha privado durante siete días del gozo de la fe pascual. En la primera comunidad cristiana se da el caso de uno que, estandoentre los discípulos, sin embargo no es creyente.
Esta situación es un trasunto del fenómeno de la increencia en el seno de la Iglesia. En ella se detecta y se denuncia la presencia de muchos bautizados,pero pocos convertidos. Su vinculación con la comunidad creyente es puramente estadística, pero no práctica. A lo sumo se mantiene una práctica litúrgica rutinaria, pero carente de una experiencia personal y compartida de la presencia viva del Resucitado, que comprometa al testimonio misionero. ¿Estamos nosotros en esa situación?
IV. La nueva visita de Cristo glorificado: Llegó Jesús…, se puso en medio… y dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Durante su ministerio público Jesúsha velado por los suyos para que ninguno se pierda (6,39; 17,12). Ahora vuelve resucitado en busca del discípulo escéptico y desconfiado. Acepta su desafío y condesciende en ofrecerle la prueba táctil que había exigido: palpar las cicatrices de su martirio.
Jesús no puede pasar por alto el escándalo de la cruz que han sufrido sus amigos. Por eso, siempre que se hace presente entre los suyos ya resucitado, lleva en sí las marcas de su total entrega. Muerte-resurrección están unidas por un vínculo indisoluble. Detrás de ese paso está el designio del Padre. Resucitando al Hijo ha reivindicado el valor y la vigencia de un proyecto humano: la lealtad de un amor que no excluye la entrega de la propia vida. Eso es lo que hay que creer en el trance oscuro de una aparente ausencia del Señor.
V. La confesión de fe: Tomás contestó: ¡Señor mío y Dios mío! El Mellizo ya no se atreve a verificar la prueba palpando las cicatrices de Jesús; le basta verlas para comprender el sentido de su muerte. Los dos títulos que le da son la síntesis de una fe cristológica antigua, pero ya consolidada. El título de Señorrecuerda el tratamiento de cortesía otorgado al Jesús terreno, pero lo sobrepasa para expresar la soberanía mesiánica de Cristo sobre la historia humana, merecida en su resurrección. San Pablo describe las dos fases de este señorío: primero, obediente hasta la muerte de cruz, y por eso después exaltado por Dios con un Nombre sobre todo nombre, para que toda lengua proclame: Jesús, el Mesías, es Señor (Fil 2,6-11).
Por otra parte, en las comunidades cristianas primitivas, Jesús ha heredado del mismo Yahvé el título de Señor, con sentido por tanto de divinidad. Por eso no es extraño que Tomás añadiera el título de Dios mío. En ambos casos el posesivo mío expresa la intimidad de una experiencia personal vivida con intensidad.
La revisión de un torpe pasado a la luz de esa experiencia nos revela la congruencia de un designio providencial de Dios, que incluía el paso por la oscuridad y el dolor, para desembocar en la gloria de una fe fortalecida. Sólo entonces podemos reconocer que Jesús tenía razón y proclamar su señorío presente y activo en nuestra vida personal: Señor MÍO y Dios MÍO.
Sin embargo Jesús pronuncia al final una de sus bienaventuranzas: Dichosos los que crean sin haber visto. La visión extraordinaria de Cristo resucitado no es el fundamento de la fe, sino el abandono confiado en su palabra, que ilumina nuestra oscuridad y permite participar de su destino a través de una paradoja:por la muerte a la vida, por la cruz a la luz.
Fuente: Alforjas de Pastoral
Fuente: Alforjas de Pastoral
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